sábado, 26 de noviembre de 2016

Noni Benegas



Los últimos poemarios de Noni Benegas giran en torno a dos temas imbricados : la familia (y el peso de sus consecuencias para el individuo) , y la costosa carga que dejan las secuelas de la infancia cuando la idea de lo familiar se ha dispersado pero continúa latente en la escritura,   causando por ello una especie de identidad disuasiva (disuadirse precisamente del ideal familiar para transformarlo en errancia).
 Hablo  de una manera de nombrar  el mundo que no se basa en la conciencia de una  identidad fija y por ello obra en consecuencia,  andamos pensando que sólo tenemos una de cédula de identificación, aunque en muchas ocasiones nuestra identidad  se muestre tambaleante o acabe diluyéndose en una amalgama de otras identidades. “Soledad a la manera de Dickinson,/ de Lispector,/ sin un tiro ni una queja”  (Animales sagrados).  De ahí que la tendencia al aforismo en esta poesía encaje como espuela al talón del calzado.
Justo en el punto que disuade al lector de si quien escribe es hombre, o mujer  es donde se sitúa  esta poesía. No en la fisura, ni en el borde, ni en el extremo, ni en el fragmento, palabras tan de moda que se aplican a alguna poesía contemporánea y que muchas veces no quiere decir absolutamente nada
¿Qué es eso de  experimentar el dolor en la fisura del ser?,  ¿qué significa deambular entre los bordes sin acercarse al centro?  ¿ Y no resulta ridículo decir que lo fragmentario destaca en la obra de tal o cual poeta?  No somos fragmentos de nada, la vida lo es todo, el pensamiento corta realidades y eso sí,  las fragmenta, pero están en permanente contacto con las que se seccionaron. “De todo sólo uno: / taza/ copa/ cuenco/ y cuando alcanza el par,/ falta.” (Lugar vertical)
En la poesía de Noni Benegas se corre el peligro de pensar en todo eso y menos mal que no acabas aplicándolo. También es cierto que es poco amiga de metáforas complejas, alguna que otra imagen, y un rodar  de palabras que en sí guardan todo el significado,  haciendo posible que la mayoría de estos poemas, sobre todo lo más breves y que no están pensados para “nadie” en concreto,  acaben siendo pura metáfora de esa identidad que se disuade en el lugar vertical: desde lo simbólico recorre la existencia, dando saltos entre objetos o sensaciones que significaron y otros que dejaron de representar, y ella lo expresa muy bien comparando el paso del tiempo  a “un enjuagarse las manos día a día”,  o centrándose en esos animales sagrados (la familia) , irónicamente nombrados , para atravesar con un ojo crítico y dolorido el sentido de la existencia: “Y no descubrir/ las cosas que vencieron,/ cosas ahora triunfantes/ desordenadas/ en un nuevo orden”. (Lugar vertical). El lugar de su escritura navega entre los sueños y la reflexión sobre la propia escritura y el arte.
En la interrogación está la respuesta, en la duda, se resuelve la pregunta. Los poemas son punteos que deja el pulso de la memoria grabados. Dan saltos entre palabras y conceptos, realidades tomadas al sesgo, vividas en el sueño de la memoria. Y la huella de la infancia así como el dolor de perderla, como he dicho antes, es un tema constante en esta poesía. “El niño crápula observa/ y pronto aprende/ que los adultos están dementes./ También hubo una vez una niñita,/ pero esta fue ahogada entre almohadones” (Lugar vertical).
Recordemos el poemario publicado en 2007,  dedicado a la memoria de su madre,   cuyo sangrante título: “De ese roce vivo”  quiso conjurar una pérdida que ya había perdido.  Disuadirse de la realidad en la ficción que el poema levanta para así poder reelaborar dichas pérdidas. La poesía, además de crear belleza y verdad, también nos reconforta la existencia y nos la explica una vez se ha procesado y metabolizado, con cierto sentido del humor del que no carece Noni Benegas.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Me parte





Desamor

Me parte. Que no me olvide
si me partiera más
dentro de unas veladas
cuando cuaja la risa

y es porvenir casi todo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

del Diario




2 de enero.

Paso el día leyendo el diario de Ángel Crespo. No sé por qué lo he tomado de la estantería, supongo que es la lectura que más me gusta últimamente, la del diario. Intenté leer una traducción de Hélène Cixous, Ser dos, pero no puedo con ese lenguaje tan intrincado y poco luminoso. Crespo, a juzgar por su diario –que leo por segunda vez en el transcurso de 16 años- era un hombre muy exigente, conservador, elitista... y no tenía en cuenta a las mujeres, tan solo su compañera Pilar a la que se refiere continuamente. De Rosa Chacel comenta que su literatura es autorreferencial;  de Martín Gaite que fue consentidora del régimen y con ello le pagaban favores;  de Agustina Bessa Luis que vivía en una mansión. Ni un comentario acerca de la poesía de su tiempo. Estamos hablando de finales de los setenta. 
Muchas referencias a su trabajo, a los comentarios que la prensa hacía de su obra y de sus traducciones. Muchas reflexiones acerca de lo inculta que es la gente, cierto desprecio a Miguel Hernández y a Antonio Machado por encontrarlos poco cultos;  también a García Lorca,  del que dice que escribe dando tumbos y a veces acierta. Me sorprende, ahora que se han cumplido veinte años de su muerte, que se vayan a editar tantos libros sobre él. A mi su poesía siempre me ha resultado muy fría, un témpano. Su trato era cordial, le gustaba hablar y mostraba su amplia cultura en las ocasiones que coincidí con él. 
Coincidí con Pilar, su mujer, hace unos años en el autobús después de una de las tertulias de Carena en el desaparecido café Nostromo, en Barcelona. Me dijo que mi poesía le parecía cubista. La idea es muy buena. Pero volviendo a Crespo, me sorprende la imposición de toda la tarea que se impuso,  entre traducciones, prólogos, reseñas, estudios y contestar cartas. Su propia poesía estaba en el mismo listado. Crespo observa ante un terremoto en la ciudad donde vive en Puerto Rico que los desmanes de la naturaleza le parecen poco dignos de atención como todas las manifestaciones de barbarie y fuerza bruta. 

viernes, 21 de octubre de 2016

Andrea Blanqué






Nació en Montevideo en 1959. En 1981 comenzó sus estudios de Literatura y ese año obtuvo una beca para viajar a Barcelona, Málaga y Madrid. Ha escrito poesía, relatos, novelas y artículos sobre literatura.
La primera novela que leí de Andrea,  la conseguí en Montevideo; me causó gran sorpresa que,  habiendo publicado en Alfaguara,  en España no hubiese ninguna edición de sus novelas. Puede suceder y sucede que muchas veces la literatura no pasa fronteras físicas, pero acaba llegando porque su transmisión corre de voz en voz. A me consta que la obra de Andrea Blanqué bien puede equipararse a la de la mismísima Carmen Laforet o Rosa Montero. En la actualidad no soy muy lectora de novelas, lo confieso, pero cuando he tenido entre las manos las de Andrea Blanqué no he podido dejarlas.

La pasajera (2003) fue su primera obra. El tono desenvuelto en un registro coloquial, a modo de diario,  me gustó mucho. La historia es la de una mujer que cría sola a sus dos hijos,  está divorciada de un hombre que vive en Israel. La manera de fragmentar en 216 párrafos una historia que va dejándote una sensación de familiaridad , aunque no compartamos más que haber nacido en los años cincuenta y ser mujeres, que es bastante.
El tono es el que he utilizado para mis diarios y la única novela que he escrito hasta ahora, es un tono cortante, que desmenuza los hechos cotidianos a una velocidad de lentitud. La protagonista muchas veces menciona que está en lugares donde yo también he estado o he deseado estar. Hay una misteriosa y mágica familiaridad:

Estoy en la  Terminal Tres Cruces y espero mi ómnibus en dirección a Piriápolis. Otra vez Piriápolis.
Tomé un taxi hasta el enorme hotel, cuya mole clara había divisado desde la ventanilla. Una masa de aire caliente me recibió al dejar atrás las escalinatas y traspasar las puertas giratorias (…) Pronto el clima de un gran hotel me ganó y me llenó de entusiasmo. (Las fundas de las almohadas tenía bordadas las iniciales del Argentino Hotel de Piriápolis. Apoyé allí la mejilla e inmediatamente quedé dormida” (La pasajera)

Fui a Piriápolis en 2004,  después de haber visto en Montevideo la película Whisky de Juan Pablo Revella y Pablo Stol. Se trataba de la  triste historia de una trabajadora que pasa sus días laborables en  un taller de confección de calcetines cuyo dueño era judío asentado en Montevideo, residente en el barrio de Pocitos, uno de los mejores de la ciudad del Río de la Plata.
En aquella película vi por primera vez el hotel Argentino,  y al día siguiente me fui a la estación de ómnibus de Tres Cruces, tomé un autobús que en menos de tres horas me dejó en Piriápolis. Allí me alojé durante dos días en dicho hotel. Como era octubre, apenas había tres o cuatro familias en un hotel de más de 500 habitaciones. Recuerdo aquella canción que era también el fondo musical de la película.  Leonardo Favio repetía el escribillo… Hoy corté una flor, y llovía,llovía… que resonaba en mis quince años. Las calles vacías de Montevideo…

La segunda novela fue Fragilidad, se publicó en  2008. Otra afinidad con Andrea, u otro encuentro. La novela comienza con unos versos de Emily Dickinson:
Yo no soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Eres-Nadie-También?
¿Ya somos dos entonces?
¡Ni una palabra! ¡Lo pregonarán, ya sabes!

Se trata de un relato apoyado en la amistad de dos amigas treintañeras:   Anya, casada, cada noche, en la soledad de su cocina, se pone a beber vino barato. Poco a poco la paulatina visibilización del problema –que es lo que me parece tan logrado en su narrativa- va haciéndome entrar en la historia.  Una mujer que se interna en la noche y va a parar a los peores bares. Anya irá descubriendo placeres como el de tocar la guitarra y cantar,   en una historia oscura que se desvela poco a poco embotando la situación vital de la protagonista.
Andrea Blanqué logra hundir el cuchillo en un Uruguay embotado y detenido. Aparece la ciudad desplegada en su deterioro, se notan las resistencias al cambio –lo que me fascinó tanto  y di cuenta de ello en mi Diario de Montevideo- .
Hay muchas fragilidades en el texto y en todas aparece un sub-relato que toca lo real, guiños de malestar polarizados en las incursiones de la protagonista en sus escenas cotidianas, casi al margen de ella. El relato se hunde en las calles de Montevideo y una va reconociendo sus singulares venosidades donde transcurre la historia.
En Atlántico, será la ciudad de Barcelona la que transita la protagonista. Lucía, una becaria que llega de su Montevideo natal a Barcelona ilusionada con una beca para el Conservatorio de Música y que suspende. La novela empieza con la protagonista deambulando entre las calles Bruch y Valencia y una siente su perplejidad porque las calles en realidad son arterias que nos llevan de un lugar a otro de la memoria.
La cualidad de su narrativa es que no solo te perfila los personajes y ambientes donde parece que estás dentro,  sino que los vives, como si tú también estuvieses implicada en la historia. La trama, escrita a dos tiempos, nos hace viajar de un tiempo a otro. En uno,  es Lucia quien escribe el diario. La desolación de la muchacha que deja una hermana en una casona antigua en la ciudad de Montevideo, ambas huérfanas. La historia paralela es narrada en tercera persona. El ambiente de la ciudad de Barcelona: el barrio gótico, el Raval, el Ensanche, la Travesera de Dalt,  cerca de Lesseps, el Parque Güell… y desde su diminuto apartamento de Poble Sec, ella mira desde un ventanuco donde se divisa “el campanario de una Iglesia y más allá,  El Tibidabo”. Ese ventanuco es el espacio vital donde se moverá la protagonista.
Al principio de la novela dice: “Estoy en Barcelona pero no estoy aquí”. En este relato resuena constantemente la novela de Carmen Laforet, Nada. Recordemos que la narración se ubica en un piso de la postguerra española en la calle Aribau, cerca de la plaza Universidad.
No voy a explicar la novela, solo punteo lo que me ha llamado la atención como el inicio y quizás el recorrido de una ruta que amparándose en ciudades como Barcelona y Montevideo, me une a la escritura de Andrea Blanqué por sus recorridos vitales desde la más extrañada mirada. Novelas como las de Andrea Blanqué no dan soluciones para ser más feliz, ni dejan un aroma a romance; tampoco relatan los grandes acontecimientos del pasado explicados por una protagonista desdeñosa. Son experiencias vitales que nos afectan, porque eso es la literatura.

Concha García