lunes, 4 de diciembre de 2017

Una vida poética o una reflexión acerca del narcisismo de los poetas





Parque Rodó en Montevideo




Publicado en Aladar, El Correo de Andalucía, el 2/12/2017

La experiencia me dice que hay algo que no se puede lograr con la poesía cuando la necesidad primordial de quien se pone a escribir pasa por el reconocimiento inmediato, porque una cosa es escribir y otra esperar que por cada libro el mundo reconozca tu excelencia. La poesía huye de todo eso. Hubo un tiempo que aceptaba entrar en el juego y he llegado a escribir poemas dedicados porque me parecía una delicadeza y un juego. Ahora sé que no. Como decía Gil de Biedma, la vida va en serio. El narcisismo de quienes escribimos poesía es real aunque nadie quiere confesarlo.  No puedo dejar de pensar en aquellos poetas de otros tiempos y no los imagino en esta vorágine de premios y castigos, de poses en recitales con voz impostada, de guiños, de segregación por sexo o por comunidad autónoma. Echo de menos la vida poética, la libertad de salir a la calle y mirarlo todo como si lo viese por primera vez, la generosidad de dar tu tiempo para escuchar a otros y planear con amigos lecturas sin más proyección que el placer de estar juntos.
Hay prisa, mucha prisa por publicar, nos hemos contagiado de un tiempo veloz para colmar una carencia que arrastramos desde nuestra  infancia. No es nada nuevo lo que digo, sabemos que el discurso capitalista juega sobre la falta estructural, el deseo no se puede colmar y ofrece objetos para calmar esa falta.  Los franceses le llamaban a esa falta el mal de vivre, y  estos tiempos de velocidades sorprendentes, están provocando que la lentitud y el silencio, bienes no consumibles masivamente, sean todavía lugares soñados para algunas personas.
Se ha publicado en Buenos Aires un libro colectivo titulado “Hierba sobre un mundo castigado” (Hilos editora) , coordinado por las poetas María Mascheroni y Teresa Arijón. Se trata de un texto colectivo compuesto de poemas,  y en ciertos casos,  poemas completos, de 56 poetas argentinos. El nombre de los autores se reserva para el final. Dice Mascheroni: “Éramos poetas que veníamos de una tradición donde la visibilidad no era un valor, donde se prefería no publicar de inmediato un libro terminado, dejarlo madurar… Una época en la que se quería una vida “poética”, un poco de bohemia… esa palabra tan pasada de moda, tan desjerarquizada. Modos estos que también originaron la poca preocupación o el escaso interés por publicar de inmediato lo que se iba escribiendo”.
Me imagino  un libro de esas características en este país,  donde el nombre sea lo menos importante,  porque el nombre lo llevamos como un imperativo categórico que por nada del mundo queremos hacer desaparecer;  quizás por eso se convocan tantos premios financiados por el erario público, o en el mejor de los casos por fundaciones privadas. Me imagino algunos postulantes llamando por teléfono a los jurados, desesperados por abrirse paso entre sus adversarios, llegando a imponer su nombre a base de promesas o réditos. Abrirse paso entre los premios no apaga la sed de reconocimiento, el colmo del narcisismo se halla entre aquellos que en vida ya tienen su nombre en una calle de su localidad de nacimiento, y  pasean por su población como si estuviesen ya muertos. Éste era un honor que se hacía en el pasado para recordar al poeta que había nacido en un lugar,  y por lo tanto el mismo ayuntamiento  reconocía los logros que el escritor o escritora había aportado a la humanidad una vez concluida su vida y obra. Otra cuestión más razonable es  la entrega de las llaves de la ciudad o las distinciones como Doctor Honoris Causa, que se hacen en  vida como distinción honorífica a una obra o una trayectoria. ¿Qué pensarán las personas que cada día pasan por la calle del paisano a quien se encuentran comprando en la frutería?

El fetichismo no es solo patrimonio español ni es un fenómeno de los últimos siglos. Ya las civilizaciones prehistóricas tenían sus monumentos, hay bellísimos ejemplos de esculturas a lo largo del tiempo y en todos los países. Siempre me llamaron la atención las ecuestres y las dedicadas a los poetas, de ello escribo en mis diarios de Montevideo: La lejanía.  Ya los romanos comenzaron con las ecuestres, y hay verdaderas obras de arte del Quattrocento italiano. Sin duda me gustan más las dedicadas a poetas u escritores que las de los militares. Volviendo al tema. El mito de Narciso lo escribió Ovidio en el año 43 a.C. en su libro Las Metamorfosis. Se basa en la fantasía de un joven llamado Narciso que se enamora de su imagen reflejada en el agua, provocando grandes pasiones entre hombres y mujeres, mortales y dioses, a los cuales no respondía por su incapacidad de amar y reconocer al otro. Si pensamos atentamente,  la incapacidad de reconocer al otro es una enfermedad que se extiende en esta sociedad narcisista, ya sea entre creadores, ya sea entre poblaciones que se sienten diferentes y mejores que otras. 

CONCHA GARCÍA


martes, 28 de noviembre de 2017

Escena (presentación de un poemario)









Llegan al reducto donde el poeta se explaya acerca de sus debilidades y otros aspectos pusilánimes. Laten pocos corazones alrededor del evento lleno de mucha gente. Un poeta que confiesa haber tenido cinco novias antes de encontrar a su mujer ideal es mirado por una señora de mediana edad a la que le gustan los poemas tristes. El presentador, un antiguo escritor que dice que ya no cree en los vestidos largos ni en las ojeras de los maldurmientes, enfatiza los aspectos más sórdidos de su existencia haciendo un curioso paralelismo con el libro que presenta. El editor se quita la chaqueta y carraspea. Dice que nunca había publicado poesía tan excelente y que está realmente impresionado porque el orden de los poemas no altera la calidad del libro, son tan intercambiables como las cifras de una suma. El poeta termina leyendo durante una media hora una ristra de versos donde habla del silencio, de las locomotoras antiguas, del bar donde conoció a su tercera novia, del nacimiento de su hijo y posterior comunión y del dolor de la existencia. A la señora que le gustan los poemas muy tristes la distrae la poeta de moda que acaba de entrar en la sala. Su poesía es un manto de experiencias que cubren desde lo más terrorífico hasta lo más banal. Sus yoes son como puntadas de una aguja que cose y cose sin parar sobre los heridos tejidos del pasado y del presente. Los aplausos forman un estallido que provoca que la sala de actos de la librería se llene de esporas cosa que fastidia bastante al auditorio.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Poética (una posible)







Decidí que la protagonista de mis poemas sería una mujer. Esa mujer recorre también las calles de esta ciudad y es anónima. Vive las sensaciones que puede albergar cualquiera, por eso las describe. Es una mujer de la multitud, esa multitud que le produce muchas veces repugnancia y rechazo cuando simboliza la deshumanización. Baudelaire escribió en 1851: “Sea cual sea el partido al que se pertenezca, sean cuales fueren los prejuicios que le hayan alimentado a uno, no conmoverse ante el espectáculo de esa multitud enfermiza que respira el polvo de los talleres (…) esa multitud suspirante y lánguida a la que la tierra debe sus maravillas y que siente correr por sus venas una sangre purpúrea e impetuosa, lanza una mirada larga y cargada de tristeza al sol y a la sombra de los grandes parques”.
Y como dice Walter Benjamin, en aquella población estaba el perfil del héroe, verdadero sujeto de la modernidad. Desconocidos rostros cuyas vidas nadie idealiza. La heroína de estos poemas sube al autobús, o llega a su pequeño apartamento después de un día de trabajo, o mientras pasea, rememora su vida atrapada por las imágenes de todos los balcones que encuentra en la calle.
(Lectura poética. Mayo 1995)

Ese otro día
Ese otro día

Yo antes vivía en una vivienda abalconada.
Luego viví en otra vivienda abalconada. Tuve tres.
Tres viviendas. Los taxis no eran demasiado caros.
Girarme para mirar otra calle no resultaba
peculiar. En cada una de las viviendas
tuve un amante y amé como nunca.
Amé tanto que no podía soportar los balcones
a solas, y tuve que recordar balcones, tuve
que crear con balcones, tuve que cambiarme
a otra vivienda sin balcones. Y no deseo
amar a nadie, mi deseo se cansa. Mi deseo
ya no soporta viviendas abalconadas.
Estoy sentada en una silla. Tengo enfrente
la televisión. La miro. No la observo. La miro.

Suspicacia


Una vez concluido el día asegura el rito:
dar la vuelta a la llave de la cerradura
desabrocharse la falda, bostezar
dirigirse al cuarto. Es todo por ahora.
Se ehca en la cama con la blusa puesta
y palpa el otro lugar, huele a cuerpo,
a un extraño amasijo de lejanos aromas
que le inquieta. Un vecino abre el armario
y ella lo escucha, cuchichea con su mujer
algo referente a los hijos.
Pasea los dedos entre las sábanas,
y cuando se imagina el presente,
no el pasado, que también es voluble.
ni el futuro que se puede falsificar.
Cuando se imagina el presente
ve varias casas con ventanas encendidas
en su oscuridad.

Titubear

Después de sentarse sobre el único asiento libre
del autobús. Después de sacar el diario,
de guardar en el bolso el monedero
mira por la ventanilla. O sería mejor
decir que mira a través de la ventana,
o acaso, seria mejor decir que quisiera
que al mirar algo se revelase: una verdad
un acontecimiento, una sensación.
Pero agacha la cabeza. Recuerda la noche anterior,
un sólo asiento vacío en el cine
en primera fila. También miraba hacia la pantalla
buscando ago revelador, una emoción,
un rostro. Inquieta, comprime el diario
y deja los ojos cerrados mientras aprieta
con mucha fuerza los puños.





Incongruencia

Nuevas palabras para viejos contenidos.
Cómo decirlo: no me turba
que una calle sea transversal a otra.
En los pequeños instantes descubrir
que balancearse equivale a nada, y
que una intuición es sólo eso, no proyecta
más que varias verdades. Pasear
para limitar este ansia
levemente transtornada por la falta
de inquietud. De una acera
a otra. El contenido del zigzagueo.



jueves, 2 de noviembre de 2017

Hilda Doolittle Poema

`

Así, a nuestro modo, furtivo y sigiloso,
discretamente, estamos

orgullosos de vuestra compañía, los que sois
mejores que nosotros, los que insinuáis

que pronto seremos arrumbados,
andrajos inservible hasta como banderas,

ni siquiera aprovechables como vendas;
pero cuando las rejas silbaban

bajo una lluvia de bombas incendiarias,
otros valores nos fueron revelados;
nos cubrió un ala de extraño tejido

y, a pesar del zumbido y el fragor ahí en lo alto,
más alto se oyó una Voz,

aunque fuera su tono más tenue
que un susurro.

(Traducción Natalia Carbajosa)

sábado, 21 de octubre de 2017

Tirana



La ciudad de Tirana se expande bajo las faldas de los Alpes Dináricos que enmarcan la ciudad ofreciendo a la visitante una espectacular visión a medida que te vas acercando desde el aeropuerto,la avenida se llena de cafés, de mercadillos, de hoteles de todos los tamaños y de gente. La primera extrañeza  es la ausencia de turistas. No hay restaurantes de moda nitiendas de Inditex que te hacen sentir en cualquier ciudad como en la tuya porque el consumo no muestra radicales diferencias en parte alguna. Otra sorpresa es la cantidad de hombres que,  a las nueve de la mañana,  ya están sentados en el café, transmiten tranquilidad y el tiempo no parece correr para ellos. Algunos juegan al ajedrez o a las damas apiñados en las plazas en cuyo centro se levantan estatuas de partisanos, aquellos que en 1944 la liberaron de la ocupación italiana y más tarde alemana. Aquí no hay reyes ni santos. Aunque hubo un rey, pero ya no reina.
La renta per cápita de los albaneses es muy baja, uno de los países más pobres de Europa y sin embargo hay algo en el ambiente que hace muy acogedora la ciudad, aunque el tráfico sea una locura y haya tantos ciudadanos de un lado para otro. Un albanés puede estar cuatro horas sentado ante su taza de café turco o jugar sobre el capó de su taxi Mercedes Benz a las cartas.
El gobierno que tomó el mando en 1944 utilizó una mezcla de terror nacionalista y comunista. Enver Hoxha aisló el país para seguir en el poder después de que los demás regímenes comunistas europeos hubiesen caído. Quedan señales de aquellos tiempos como los búnkeres repartidos por todo el territorio, casi un millón. Cuando murió, en 1985, fue enterrado en el búnker pirámide  del Boulevard de los Héroes, justo al lado de su residencia, ahora ambas edificaciones están derruidas, la pirámide que ordenó construir la hija del dictador está pintarrajeada, algunos adolescentes trepan por sus paredes inclinadas. Apenas detectas gente con los ojos puestos en el teléfono móvil. Albania ha sido el único estado en la historia en declarar la inexistencia de Dios. Fue ateo desde 1967 hasta 1990. Se destruyeron mezquitas e iglesias, pero la religión no se puede decretar inexistente porque suele renacer con más fuerza. En las pocas mezquitas que quedan, los muecines oran a viva voz cinco veces al día con ayuda de megafonía. Te detiene el canto. Te detienen los autos que pasan sin hacer caso de los pasos de cebra. Te detiene el hermoso cielo y las fachadas de muchos edificios sin revocar. Pero la extrañeza no te deja en paz y camino por calles cuyos nombres no puedo retener porque la lengua albanesa de origen indoeuropeo (tiene además tres dialectos) proviene del antiguo ilirio y en la actualidad sus raíces se reparten entre lenguas como el turco. Es una de las lenguas anteriores al latín,  junto con el griego y el vasco. Aunque no pueda recordar sus nombres porque soy incapaz de retener la grafía, puedo ver los diminutos comercios invadiendo las aceras;  en algunos casos se estrechan tanto que desparecen en la calzada. Te encuentras con pequeños colmados donde se ofrece fruta del tiempo, una fruta poco lustrada, ya lo largo de las aceras decenas de ropa colgando, hay tanta que no me explico quién la compra. A veces parece que paseas por un barrio de Atenas para trasladarte a algunas calles de Fez, ese aire entre oriental y europeo hace que Tirana sea tan particular. Una mujer de mediana edad vigila las brasas de un fuego que reaviva, en su comercio caben apenas tres mesas frente a un mostrador deslucido y viejo, el local no tiene más de veinte metros cuadrados, rezuma tiempo y abandono. La mujer prepara unos pinchos que algunos viandantes consumirán. Unos metros más adelante me introduzco por un callejón que me lleva a una serie de bloques con ladrillos a la vista, los primeros pisos tienen rejas, cada una de una forma, algunas son trozos de somieres, otras parecen no ajustar del todo. Una joven sale de uno de los departamentos, una mujer me mira sentada desde un banco, algunos balcones parece que se vayan a caer. Padecieron años de aislamiento tras la dictadura comunista y la crisis de 1997 a causa del colapso de unos sistemas financieros regulados por el gobierno de Sali Berisha.  Se trataba de depósitos que generaban intereses muy altos y casi toda la población invirtió en ellos, el colapso llegó casi a descomponer el país, fueron asesinadas más de dos mil personas y diez mil albaneses iniciaron otra emigración masiva. Las huellas de la miseria son siempre visibles en las clases más vulnerables y casi toda Tirana fue vulnerada, lo que no impide que te vuelvas a sorprender en el trayecto que lleva al centro de la ciudad, arquitectura de moldes fascistas por la amplitud donde te imaginas a las masas vitoreando al dictador. También hay muchas tiendas de vestidos de novia. Las bodas forman parte de la tradición y hay vestidos para elegir, en algunas calles tienes que levantar la vista para descubrir en el primer piso una cristalera ocupada por maniquíes de novias. Hay tiendas donde venden aceites esenciales para el cuerpo, unos aceites que te perfuman y hacen deseable a la mujer que se los unta. Cerca de las estaciones de autobuses surgen decenas de gomerías que me recuerdan las existentes en Montevideo, un cruce de imágenes familiares une a las dos ciudades por un instante. La percepción del tiempo también se ocupa de lo que no es real y sin embargo nos envuelve. Por ello no puedo concluir este artículo sin prometer continuarlo en la próxima entrega.

Concha García



 (Publicado en Aladar, el Correo de Andalucía)