sábado, 20 de agosto de 2016

La herida narcisista

 




Cualquier persona puede ser amada. El ser más estrafalario del mundo es objeto de devoción para el amante fervoroso. El amor es una experiencia compartida pero no tiene por qué ser la misma para ambos. Existe el amante y el amado. Según Carson McCullers, (Columbia, Georgia 1917-Nyak,  Nueva York, 1968) ,  en su inolvidable relato La balada del café triste escrito en el año 1951, es mejor ser amante porque “muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante”. La teoría del amor que nos transmite la escritora norteamericana parece penetrar en Amelia Evans la protagonista alta y morena “con huesos y músculos de hombre”. Una mujer con el pelo corto hacia atrás que de repente se enamora de un jorobado tísico. ¿Qué descubre esa mujer en alguien tan adverso físicamente? No sabemos qué le da. Tampoco sabemos si hace el amor con ella, ni si tiene conversaciones interesantes, ni de donde viene, ni qué pretende. Sabemos, eso sí,  que aparece en la más absoluta pobreza y sin embargo, es capaz de seducir. “El valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante”. Ella de pronto descubre en ese ser que su necesidad de amar carece de un destino. Probablemente el hecho de que sea extranjero le predestina como objeto de  su amor porque lo nuevo y lo no convencional le atraen ya que son un reto para ella porque es una persona que necesita luchar. Parece decirnos Carson McCullers  que la calidad del amor es la misma siempre que el amante invente a su amado, y no importa demasiado el aspecto. Sólo el deseo permanente de amar para sentirse transformada. Y claro, es el amante quien posee la palabra y por lo tanto dota de sentido al amado. Quien puede articular el discurso del deseo está en posesión del poder del lenguaje. McCullers elabora una teoría del amor que sin duda está latente en nuestra manera de mirar el mundo mediante el papel que nos otorgamos cuando amamos: elegir nosotros. La maravilla probablemente se encuentre en la ductilidad de los papeles, en saber que éstos pueden intercambiarse y de pronto sorprenderte con que eres la amante.
También existe otra medida del amor y es la que Jeanette Winterson, (Lancashire, Inglaterra, 1959), plasma en Escrito en el cuerpo ( 1992). Tenemos una voz narradora que no desvela su género.  Comienza diciendo: “¿Por qué la pérdida es la medida del amor? Esta es la historia de un trío –recurrente situación en la obra de Winterson- . El narrador ama a Louise, mujer casada con un médico judío, éste juega a que quiere a su esposa. Es un juego con matices porque ¿Cómo se puede seguir jugando cuando las reglas cambian constantemente? Un amor no se puede escudar dentro del matrimonio “patético con muchos sentidos” nos dice la escritora inglesa. Antes  de conocer a Louise, otra amante del narrador de la novela de Winterson, después de dejar la relación con una mujer llamada Bathsheba, también felizmente casada, rememora aquella felicidad al recordar otros amores porque “la naturaleza es fecunda, pero voluble. Un año deja que te mueras de hambre, y al año siguiente te mata de amor”. Wintersson en su obra se ríe de las coordenadas tiempo-espaciales convencionales y su personaje salta de alma en alma intentando encontrar aquello que realmente merece la pena: el despertar del amor dormido.  Pero el amor tiene tiempo de caducidad a no ser que la pérdida sea su medida. Louise se pierde y la búsqueda de la amada ocupará el tiempo real e imaginario de la amante. El cuerpo  manda. “¿La deseas cuando la miras? ¿La ves cuando la miras?”.  Consiste sobre todo en no tener en cuenta los clichés y parecer lo menos sensato posible. “Nadie puede legislar el amor; no se le pueden dar órdenes, ni engatusarlo para que se ponga a tu servicio. El amor pertenece a sí mismo, sordo a las súplicas, inmutable ante la violencia. El amor no es cosa que se pueda negociar”. Los personajes de esta autora inglesa sienten el deseo suspendido en un cuerpo que se echa de menos porque no se ha disfrutado del todo.
No importa quien narre, Winterson da textura y espesor al amor y lo sustrae de la pareja convencional. Su literatura enlaza con la tradición no realista que dejaron otras escritoras como Wolf y Stein y desmonta una política sexual dominante y basa su  ideología en la reivindicación del placer. . Nos enseña, sobre todo, que en cuestiones de amor, no manda nadie y en su efímera esencia radica todo su encanto. Es la ausencia del ser amado lo que construye el deseo y la pérdida del mismo aquello que potencia el amor. Imposibilidad y goce se materializan en la misma persona porque mientras dura el deseo todo es posible y será el cuerpo de los amantes quienes den la medida del amor. Miradas poco convencionales articuladas alrededor de un discurso que se aparta de los modos conservadores de poseer a otro, esos que derivan en la indisolubilidad del matrimonio, o lo que es lo mismo, en la quimera de sostener que el amor y el deseo deben ser eternos.
En El bosque de la noche (1936) la obra maestra de Djuna Barnes,  (Nueva York 1982-1982), donde se relata la pasión de la escritora neoyorquina por Thelma Wood. Centrada en el París de los años veinte y focalizada en la vida nocturna de algunos personajes que fingen una ascendencia aristocrática o una profesión de artista. La figura de Robin está inspirada en Thelma. Es esa mujer que seduce por su físico y su animalidad tanto a hombres como a mujeres. Despreocupada y pasional su destino parece ser el de conquistar su lugar como amada. Nora, el alter ego de Barnes, quedará seducida por esta mujer y construirá a partir de su experiencia amorosa con ella un discurso basado sobre todo en la pérdida. Porque El bosque de la noche es un libro que parece estar escrito con rabia. “Ella era una de esas personas que nacen sin recursos, salvo el recurso de sí mismas”, piensa Nora cuando conoce a Robin en un circo comparándola con una leona. El animal es inocente y por lo tanto Robin  tiene el don de la falta de culpa porque su inconstancia le salva de tener una conciencia obsesiva.  La novela refleja la impotencia de la amante que ve como la amada no se inscribe en el destino que tenía preparado para ella, o lo que es lo mismo, reconocer que la posesión es un asunto que una misma establece con sus fantasías. El vagabundeo de su amante de bar en bar y de cama en cama no es una metáfora de la libertad, sino de la inocencia:  “El mundo y su historia eran para Nora como un barco en una botella; ella se mantenía fuera, sin identificarse, interminablemente absorta en una preocupación sin problema”. Pero a la vez esta conducta disoluta pone de manifiesto la condición humana en la que la satisfacción de cualquier deseo parece ser un objetivo imposible. Los parlamentos del ambiguo doctor O’Connor, que en realidad dan voz a la conciencia de Nora,  iluminarán las zonas oscuras de este apasionante texto que también dice la verdad sobre nuestra naturaleza porque “la pena del hombre va cuesta arriba. Cierto, es muy pesada de transportar, pero también es pesada de conservar. (...) No existe la pena pura”. Es un continuo vagar de amor en amor para que se cure la herida de la existencia porque todo deseo es insaciable y absolutamente narcisista.

CONCHA GARCÍA

 Publicado en ABC Cultural, 15/07/2000















viernes, 22 de julio de 2016

Las proximidades







Vista desde la ventana del hotel

Se separó la calle de la ruta,
al bordearla, vi de lejos
una secuencia que evocaba
la coherencia sentida
tres días antes, junto a ti,
en el edificio de 1870
estabas retratada y me figuré
que las aceras coloniales
abrían paso a una nueva
memoria de instalarnos.


 (de Las proximidades, en prensa, Editorial Calambur)
Concha García

viernes, 8 de julio de 2016

Patagonia: Las aldeas y los mundos en la poesía contemporánea.





En la Sala Maria Aurelia Campmany, del Pati Llimona (Barcelona), dictó su conferencia –magistral, sin necesidad de un solo papel-, Luciana Tani Mellado bajo el título inspirado en José Martí:  “Las aldeas y los mundos en la poesía contemporánea de la Patagonia”. Era viernes, 1 de julio, unas 18 personas, entre ellas bastantes caras conocidas.
La profesora, acompañada de su compañero y profesor Andy Maldonado, comenzó hablando del paisaje patagónico que es donde ella vive, en Comodoro Rivadavia, frente al Atlántico: la meseta asciende pero se achata, no hay grandes diferencias en las alturas. Habló de Pigafetta, que en 1520 nombró por primera vez la Patagonia y dijo que ese mito hiperbólico no es falso del todo. Los patagónicos eran hombres muy grandes y cuando los europeos los vieron se sorprendieron del tamaño de sus pies. Esa es una de las leyendas. Hay más.
A 380 kilómetros se halla la población más cercana de su ciudad: la ciudad de Trelew.  En medio no hay nada. Sí que hay. Hay cielo, tierra,  seres vivos, pero no hay gente. Dijo que la poesía es un modo de mirar desautomatizado, que en la Patagonia el campo de la mirada es relevante, que la mirada desnaturaliza. Habló de Edward Said, autor de Orientalismo, el escritor palestino decía que la poesía es la patria de la afiliación. Tani habló de la diferencia entre filiación: yo soy de aquí, tengo estos ojos, y soy hombre o mujer, la filiación nadie la elige. La afiliación sí.  Tani y yo nos hemos afiliado por la poesía, nos hemos elegido. Hacemos puentes. Habló no solo del espacio en la Patagonia, ese espacio vacío e infinito. Pero vacío ¿de qué?  No tan vacío. Mencionó el poema de Juan Carlos Moisés:

EL QUERIDO

Según el último censo 
nacional,
mi pueblito, el querido,
el natal, tiene más o menos la misma 
cantidad de habitantes 
que cuarenta años atrás; 
eso porque no contaron árboles, 
sueños, pajaritos, nubes, aguaceros, 
todo lo que respira
y queda para siempre.


Después del poema, la profesora abrió la extensión a lo temporal. Lo importante que es el prestar atención al tiempo en la Patagonia. No por el horror al vacío, sino porque se tiene más tiempo. La imaginación puebla con más intensidad la mirada de imágenes de la Patagonia, donde no hay casi gente. ¿Quién dijo que el viento mueve cosas invisibles? Habló de los poetas: de Graciela Cros, de Maky Corbalán, de Juan Carlos Moisés, de Julio Leite, de Liliana Ancalao, mapuche, a quien le robaron la lengua, tuvo que aprenderla de mayor.  Habló de José Martí, en el libro  Nuestra América "cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea". De la metáfora del embudo inventada por el poeta residente en Tierra del Fuego Julio José Leite mencionó su idea: “Nosotros,  en el sur del sur miramos con la parte más estrecha del embudo y la vista es panorámica, quienes miran desde la parte más ancha contemplan una vista focalizada y disminuida, así son quienes piensan que su aldea es lo mejor del mundo”.
La poesía es un domicilio existencial, no solo la poesía, sino quienes creemos en ello. Por eso nos desplazamos. Qué necesidad tenemos de ir de aquí para allá, esos son nuestros domicilios.
Le gusta el concepto de Deleuze: lengua menor. Somos hablantes en una lengua menor. Graciela Cros toma voces de otros lugares, se contagia, es etnolingüística:

Mi hija escribió que yo nací en el huevo de un río
y por eso soy un pez.
Para mi padre era un caracol
entonces debo ser lo que él creía
porque el huevo vino de él.
Sin embargo, mi hija dice que también fui yegua
y que siéndolo parí un hijo de algodón
y a otro que está loco y lejos (…)

Maky Corbalán escribía desde dentro del huevo.  Liliana Campazzo con el cuerpo. Miradas que van de lo máximo a lo mínimo. La exagerada cercanía distorsiona la mirada por eso el aprendizaje de las distancias nos amplía la conciencia;  no es lo mismo la vista focal que la panorámica. Cuando uno solo ve su tierra, su ombligo, su yo, está focalizando demasiado. Rodolfo Kusch, filósofo argentino, investigador del pensamiento indígena y precolombino –no tienen otra palabra para precolombino, decía Tani-, arguyendo la enorme uniformidad que pone la etiqueta a culturas tan diferentes. Kurch y Arlt, los grandes cronistas argentinos del expolio que se hizo con los indios primero, y con los obreros después. Mencionó la película que narra los hechos acontecidos en Trelew en 1972, el asesinato de dieciséis obreros presos en la cárcel de Rawson. (En youtube se puede ver la película La Patagonia Rebelde). La Patagonia no es solo una marca, claro está, la Patagonia está cubierta de una sangrienta historia.
La campaña del desierto del general Roca, ministro de guerra de Avellaneda, provocó el exterminio de los habitantes originarios entre 1879 y 1884. Hace tiempo que la población de General Roca no quiere que su ciudad tenga el nombre de un genocida y piden que se nomine como antes: Fiske Menuco.  Todo eso es lo que también late en la Patagonia. Quieren que no haya calles con ese nombre.
Tani nos recordó que fueron los ingleses quienes colonizaron aquellas tierras con la invasión de ovejas, los territorializaron, por eso no tienen plazas donde haya una iglesia y  ayuntamiento, al estilo español. En el norte argentino sí las hay. En la Patagonia no; además,  en Comodoro el viento te arrastra. Tani ha sentido en Barcelona que el rodillo compresor del turismo, aniquilador y devorador, cada vez hay más turistas, es otra manera de colonizar, aunque sea la mayor fuente de ingresos para la ciudad.
Para llegar hasta el Pati Llimona, en pleno barrio gótico, atravesamos ríos de gente, sobre todo, turistas;  pero la gente no entra en las salas de conferencias. No se es más rico por tener más dinero. En Comodoro, donde el petróleo sale en algunas viviendas de los conductos de las tuberías, explotan a los petroleros. Se gastan el dinero en grandes televisiones, y otros objetos de consumo, beben mucho, hay mucha prostitución, todo queda en la casa del amo. No se invierte en escuelas ni en cultura, para qué.  Mapudungun es la lengua de los mapuches, que quiere decir lengua de la tierra. En el sur de Chile se habla más mapuche porque no los exterminaron con la misma saña. Hay producciones de poesía en su lengua, la lengua de la tierra y el imaginario es opuesto al nuestro. La naturaleza está más presente y el yo ni se nombra. Es la mirada, sobre todo, la mirada la que hace confluir los mundos poéticos. La que hace sentir extrañamiento, como si vieses las cosas por primera vez.