martes, 15 de noviembre de 2011

Escenas barcelonesas

La  mujer de la carnicería ha doblado con sumo cuidado  el envoltorio y se lo ha ofrecido. Doce euros,  ha dicho a la joven que adelanta la  mano hacia el  alimento.  Le dice que no puede, que son varios los días en los que no llega nada,  y que si  le fía los bistecs le hará  un infinito favor.  La mujer  retira con un gesto brusco la mercancía. Abre  la  bolsa y saca los dos trozos de carne que deja a un lado del  mostrador, desmayados y solitarios.  Mientras  tanto, un poco más allá, la  dependienta de la fruta ha visto la escena. Del dorado cierre del bolso se refleja el brillo de neón del establecimiento. Y la mujer de negra cabellera,  de sangre Chiloé,  arremete contra la ciudad,  y se le  asoman unas lágrimas, unas lágrimas que sus hijos también derramarán, los destinatarios de aquella imposible vianda.

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