lunes, 21 de noviembre de 2011

Escenas barcelonesas



Estoy en la estación. Tomo una copa de coñac que me ha costado un euro y medio. Frente a mí hay un hombre con el cabello blanco,  recogido en una delgada coleta,  que escribe en las páginas de un grueso cuaderno con un bolígrafo barato. ¿Qué estará escribiendo? Una se imagina las hazañas de una mente torturada y bélica;  azares explicados con largas frases subordinadas;  desencuentros matizados en una suerte de páginas que rodean el mismo tema. Está absorto y tan atento como yo a la escritura. Quizá anota lo mismo que yo, que ve a una mujer escribiendo en un delgado cuaderno con lomo de espiral. A mi derecha,  una pareja de mujeres peculiares toman una comida compuesta de carne, habas, patatas, ensalada y pasta. Una de ellas debe tener casi noventa años y es la dueña de la voluntad de la otra. La compañera tendrá unos cuarenta y tantos. Sus grandes ojos se abren asustados. Escribiendo tan cerca de ellas  -debo estar a un metro y medio de distancia-  siento que inundo la intimidad de ambas. La anciana es la que come la carne y un buen vaso de cerveza ¿Qué harán cuando se vayan? Se me antoja pensar que tienen un puesto de baratijas cerca de la estación y ahora descansan. El escritor se ha levantado, parece un cowboy ¿Será un autor de novela negra? ¿Un poeta desconocido? La anciana come con gran apetito y no deja de moverse, de imperar su presencia ante la otra. La edad no tiene edad.

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