miércoles, 9 de noviembre de 2011

Un paseo entre tumbas





 


Montevideo tiene tres cementerios. Sin duda el cementerio Central es el más hermoso, construido en el siglo XIX todavía conserva algo espectral que sin duda no se apreciaría en ninguna otra ciudad porque dicho espacio está integrado al espacio urbano con absoluta fidelidad. Fue planificado en dos fases por dos arquitectos de apellido italiano: Zucchi en 1938 y Poncini en 1858. En su tiempo se convirtió en un paseo jardín en torno a un eje central rodeado de verdes arboledas e importantes monumentos funerarios. Situado  cerca del  Río de la Plata, la entrada se realiza a través de arcos romanos ornamentados por figuras de ángeles. Si no fuese porque parece que está abandonado en medio de un barrio que también sufre del mismo deterioro,  el encanto que le otorga dicha situación desaparecería ante el lustro impostor.
Alrededor de las doce del mediodía de un día laborable un taxi me dejó en la puerta. No había ni un alma. A lo largo de la calle vi algunos solitarios miserables pidiendo limosna apostados junto a la tapia. Yo iba buscando la tumba de Mario Benedetti  que había fallecido dos semanas antes. Me adentré no sin ciertas cautelas por el pasillo central  mirando en derredor la presencia de cualquier ser humano que tranquilizase mi paseo. Llegué hasta una Rotonda de estilo neoclásico donde se ubica el Panteón Nacional pensando que allí encontraría la buscada tumba del poeta uruguayo. Pero nada. Los pájaros estaban alegres y un suave rumor de las hojas de los árboles me acompañaba. Sabía que en dicho panteón estaba enterrada Delmira Agustíni pero no pude acceder al mismo puesto que no encontré ni un alma que me indicase los horarios. Más asustada que curiosa di una vuelta para contemplar diversos grupos escultóricos con símbolos que me causaron gran admiración:  relojes alados, yelmos, anclas, trompetas y antorchas, pero sobre todo ángeles en distintas posiciones con una rigidez  que no dejaba de impresionarme. Me llamó la atención un monumento de un hombre de pie que contemplaba el cadáver yacente de su amada. Su realismo me impresionó hasta el punto de observar absorta los detalles de tamaño monumento al desconsuelo. Se trataba de la tumba de Manuela Mussio. Conmovida por el llanto de su esposo que la observaba impotente parecía que ese hombre todavía la estaba llorando.
Bajo la sombra de unos amenazantes ángeles estaba valorando quedarme más tiempo para disfrutar de aquella quietud implantada en el sur de Montevideo cuando veo a dos mujeres de más de setenta años entrar por la puerta principal. Me preguntaron si sabía donde estaba la tumba de Benedetti a lo que yo les contesté que también estaba buscándola. Tranquilizada por la compañía de aquellas mujeres fuimos a preguntar a una destartalada oficina situada en el fondo del cementerio. Una mujer de mediana edad con el pelo muy negro nos atendió amablemente, pero parecía perdida en sus pensamientos. La tumba de Benedetti está en el cementerio del Buceo,  dijo sin más comentarios. Nos alejamos juntas del solitario lugar y me invitaron a compartir su auto para alejarnos hacia otra parte de la ciudad situada en lo alto del barrio del Buceo, llamado así porque en 1782 se rescató el cargamento de un navío naufragado creando una estación de buzos para rescatar el tesoro. Hoy es un hermosísimo lugar cuyas aguas cambian de color en función del tiempo y de las estaciones del año.
El cementerio se ubica en un pequeño promontorio y es mucho más grande que el Central. Los nombres de las calles son tan cotidianos como las de la cuidad: calle Río de la Plata por ejemplo. Buscamos la oficina para que un funcionario nos indicase la tumba. Un joven muy amable nos dijo que Benedetti estaba enterrado en un nicho municipal junto a otro cuerpo del que constaba su nombre: Oribe Rodríguez da Silva nacido en 1923 y fallecido en 2008. Pero el de Benedetti  no figuraba en lado alguno. Había unos pocos ramos de flores frescas. El anonimato nos llamó la atención y regresamos a la oficina indignadas pidiendo explicaciones. El joven nos dijo que no éramos las primeras personas que preguntaban las razones de un hecho tan insólito, pero que ni el cementerio ni la municipalidad podían hacerse responsables de,  al menos,  una placa que indicase que allí estaba el cuerpo del poeta. Tiene que estar dos años en ese nicho hasta que el cuerpo se reduzca para poder ser enterrado en Panteón Nacional, nos aclaró.  Problemas con la familia de su fallecida esposa impedían que ambos cuerpos yacieran juntos. Al verdadero entierro de Mario Benedetti  fue sólo un grupo muy reducido de personas, Daniel Vinglietti y algunos amigos y familiares. El acto de homenaje que se transmitió en televisión en realidad fue una farsa representada en el Cementerio Central. Nos quedamos perplejas.
No hay un país que haya dado tan buenos poetas teniendo en cuenta que de tamaño es como Bélgica y que tiene poco más de tres millones de habitantes, además de tan sólo dos siglos de historia “occidental”.   Pregunté si allí estaba enterrada Juana de Ibarborou y el joven funcionario nos indicó la tumba. Una lápida de granito bastante vulgar albergaba el cuerpo de la poeta uruguaya fallecida en 1979. Curiosamente sobre la lápida había una foto de la madre de la autora de Las lenguas de Diamante. Regresamos a dicha oficina con cuyo funcionario ya habíamos tomado algunas confianzas. Sonriente nos mostró un boceto de una guía del cementerio que en sus horas libres diseñaba, con la ayuda de un programa informático, con todos los ilustres allí enterrados. Me llamó la atención un cuarto semioscuro situado tras la mesa del funcionario. Le pregunté si sabía donde estaba exactamente el cuerpo de Delmira Agustíni. Me movía  una extraña curiosidad algo morbosa. ¿Quién es?  -me dijo- ¿Familia suya?  -me preguntó-. En cierta forma sí, le contesté. Dígame el año de su muerte. Murió en 1914. Rastreó por internet y dijo sorprendido que no sabía que Delmira Agustíni era poeta y menos que había sido asesinada por su marido. Cuentan que el día del entierro ambos féretros, el de ella y el de su joven esposo,  que después de matarla se suicidó,  fueron conducidos por calles distintas al mismo cementerio. El joven sacó del cuarto en sombras un enorme libro en la tapa del mismo estaba anotado el año de 1914 y el número diecisiete. Allí estaban registrados todos los fallecimientos de ese año en la ciudad de Montevideo. Miré uno por uno pero no encontré el de Delmira. Mucha gente moría de tuberculosis y pocos llegaban a los ochenta años. Suspiré acongojada recordando uno de sus versos:  Ceños
de los reconcentrados horizontes
 aletazos de fuego del relámpago
 Deshielo de las nubes
 Fantásticos tropeles
 Desmelenados de los huracanes
 Pórticos esmaltados de los iris
 Abiertos a las fúlgidas bonanzas:
 Pasad!... Yo miro indiferente y fija
Indiferente y fija como un astro!.


Concha García
Publicado en Quimera, septiembre 2009


1 comentario:

  1. Disfrute mucho tu entrada,vivo en Uruguay y tu valoracion de nuestros escritores nacionales es emocionante,tambien visite la tumba de Juana y me asombro sobremanera tu relato acerca del joven que no conocia a Delmira, he recordado mucho a Benedetti estos dias a causa de la cancion de Serrat y Sabina "Hoy por ti,mañana por mi" que concluye con un verso suyo,mis años de librera me hicieron segudora de tantos y asi halle tu blog.
    Saludos,Concha,sigue escribiendo....

    ResponderEliminar