jueves, 26 de enero de 2012

Estampas barcelonesas


angelopoulos.-9

Entro a un  bar entre Hospital y Junta de Comerç, es de los pocos que quedan “de los de antes”. No es de una multinacional ni de los chinos (a los que admiro por su afán). Frente al ventanal hay un espacio en obras que agujerea el suelo para dar espacio,   en un futuro próximo, a los coches. Estamos en una zona de la ciudad que pide todavía más espacio para ellos. La radio del establecimiento tiene el volumen muy alto y me quedo sin voluntad escuchando cosas que no me interesan. Los pájaros vuelan a ras de las grúas. Podría ser poético pero no lo es. Algo se desmorona deshaciéndose lentamente. Están los gestos, las idas y venidas de los jóvenes excluidos y parapetados en sus auriculares, al margen de todo tipo de ruido ciudadano. Están las ventanas que respiran quejándose. Leo en una de ellas: “Barcelona es un model que exclou els qui no s´hi adequen”. El volumen de la radio me echa del  lugar y cambio de bar. Espero a una amiga y todavía es temprano. Voy al Café de la Ópera. Está vacío, (¿y la gente?) Me agrada estar casi sola, pero los camareros miran impacientes tras la puerta acristalada. No hay ni turistas. Suspiro pensando en que quizás, el modelo, se desmorona y si así fuera habría que volver a empezar. Un cosquilleo alegre me invade. Y de repente, el aleteo de otros pájaros negros cuya sombra se pone sobre el diario. Me detengo hacia la noticia de que acaba de morir el director griego Theo Angelopoulos.  Estaba paseando por el extrarradio ateniense, buscando inspiración para su última película sobre la crisis griega. Lo atropelló un motorista cuando atravesaba la carretera por un túnel prohibido para los peatones. Con su muerte, deja inacabada su última reflexión sobre la sociedad, la política, la crisis. Tres amenazantes sustantivos cuyo significado ha ido mutando hasta llegar a un oscuro velo, casi maldito. Sus películas no eran una representación teatral de la realidad sino que convertían en poesía esa realidad de la que formamos parte todos. En sus imágenes, los movimientos captaban los sinuosos impulsos de la emigración sucesiva, porque era un dios de los viajes hacia adentro, donde está la verdadera poesía. Salí del Café con una gran pesadumbre. Quizás los demonios están demasiado cerca.

3 comentarios:

  1. De acuerdo contigo, los demonios están demasiado cerca. La poesía es una de las artimañas para espantar al diablo.

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  2. El vuelo debería ser poético; pero la situación actual
    sólo nos hace tener miedo ¿a qué...?.
    No deberiamos tener miedo a volar, ni a proyectar
    nuestras sombras sobre paredes blancas...

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    1. El miedo paraliza, eso es cierto, por eso, ponerse en movimiento aleja todos esos miedos. Las ciudades ya no generan vida social, todo lo contrario, en ellas el paseante no se detiene a observar lo que le rodea, sino que va de un lado a otro en un fugaz anonimato que les oculta. Esa invisibilidad, que no puede reaccionar, permite progresar al demonio capitalista.

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