domingo, 11 de marzo de 2012

Fez




Las más de nueve mil callejuelas de la medina no puedes recorrerlas porque la mayoría están vedadas por la miseria. Sin embargo, entre las arterias principales abarrotadas de objetos y de gente se siente la vida en su dimensión más real. Pasar entre tantísimas almas durante toda la mañana;  los burros cargados abriéndose paso, los vociferantes cargadores arrastrando carretillas llenas de mercancías, la mirada bondadosa y resignada – adjetivos que mi pensamiento pone. No sé si son verdad-  de quienes piden sentados casi a ras de suelo;  el repiqueteo de los martillos de los hojalateros, las cabezas de animales sacrificados para el guiso con garbanzos que se comen tras los diminutos mostradores que guardan en una vitrina mugrienta otras carnes sazonadas, el olor de las especias y el del perfume denso que se ponen las mujeres, y los baños, en cada barrio,  separados por sexo. La mercancía no acaba de terminarse nunca y por mucho que camines esta se extiende a lo largo de los dédalos de calles custodiada por expectantes vendedores. Una parada para tomar un té con Mohamed en la Foundouk Al Attar, en la linde del barrio andaluz, donde no llegan los turistas. Habitaciones con un camastro maloliente y sin ventilación albergan cada noche a seres casi espíritu. La llamada al rezo sagrado del Mulhacín desde los altavoces de las mezquitas donde nadie que no sea musulmán puede entrar. Una emoción roza lo sagrado.  Regreso a la vida que perdí. Mi cuerpo tiene el mismo dibujo venoso de la medina. Las arterias principales llevan la sangre a las venitas minúsculas para que sea posible el pálpito. Siento una profunda vergüenza ante tal realidad. Miro hacia arriba y las ventanas me muestran otro mundo. Un muchacho pela una gallina en agua hirviendo sin observar a nadie. Yo lo miro intensamente sin desear estar en su lugar. Esa es la cuestión.

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