jueves, 29 de marzo de 2012

Presunción


El hombre  tiende generalmente a considerar que el orden en que se vive es natural. Las casas que ve cuando va a trabajar le parecen más bien unas rocas que han surgido de la misma tierra que una obra de la mente y las manos del hombre. Las actividades que lleva a cabo en su empresa o en su oficina las juzga importantes y considera que son parte del funcionamiento armónico del mundo. La ropa, tanto la que él lleva como la que ve a su alrededor, es en su opinión la que debería ser, y pensar que tanto él como sus amigos podrían llevar igualmente túnicas romanas o armaduras medievales le provoca risa. La posición social de un ministro o del director de un banco le parece algo importante y digno de envidia, y considera que poseer una considerable cantidad de dinero es una garantía de seguridad. No cree que en una calle que no conoce bien, en la que duermen los gatos y se divierten los niños, pueda aparecer un jinete con un lazo y que empiece a perseguir a los transeúntes y los arrastre hasta el matadero donde los matarán al acto y los colgarán de unos ganchos. También está acostumbrado a satisfacer sus necesidades fisiológicas, que se consideran íntimas, de la manera más discreta posible, lejos de las miradas de la gente, sin pararse a pensar demasiado en esa costumbre que no es en absoluto propia de todas las sociedades. En una palabra, se comporta un poco como Chaplin En la fiebre del oro, que trajina en su cabaña sin sospechar que está al borde de un precipicio.

 Occidente (fragmento).  Czeslaw Milosz (trad. Xavier Farré)


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