martes, 24 de abril de 2012

Escenas barcelonesas





“Paseemos cerca del mar”, le digo a M.  esta tarde, “disfrutemos del azul intenso y de las nubes chocantes”. Llegamos en coche hasta la zona de restaurantes de la Avenida Icaria y vemos que no podemos aparcar si no dejamos unas monedas en el tragadero que pone el ayuntamiento señalizando la zona en color azul. Si quieres pasear debes pagar. Han alargado la zona hasta los confines. Continuamos avanzando buscando un hueco libre de pago, por suerte hay un partido entre dos equipos rivales y la gente ha dejado algunos huecos, así que cerca del Paseo de Pueblo Nuevo dejamos el coche. Estamos cerca del cementerio. Del viejo barrio apenas quedan cuatro paredes tapiadas de las que todavía se lee que hacían “bocatas” hace unos años. Nos adentramos en una cervecería vacía y consumimos un par de cervezas a precio de oro. Mientras tanto, comienza a llover. Es un placer pasear por el barrio casi vacío. Advertimos  que han vuelto a cambiar los antiguos chiringuitos y en su lugar hay dos uniformados locales exactamente iguales a unos metros regulados de distancia, según la normativa. El césped de los alrededores está tan verde y recortado que parece irreal. La normativa dice que aquí debe estar el banco donde sentarse y allí la escultura que forma una vieja popa oxidada, tan bien colocada que hace daño. A lo lejos los hoteles muy caros. Durante el paseo me he sentido atropellada por una horda de patinadores rubios que gritaban felices. Un poco más de caminata y decenas de ciclistas se cruzaban con nosotras a menos de cuarenta centímetros, sin duda su habilidad me ha causado cierto estupor.  Han desaparecido los ciudadanos para dar paso a los turistas. Ya no hay hombres maduros mirando furtivamente los cuerpos de jóvenes, ni viejas prostitutas solitarias ensimismadas en sus pensamientos, tampoco nos hemos cruzado con quienes residen en el barrio. Ni olor a pescado frito, ni familias modestas buscando donde sentarse para tomar un vino sin pagar un precio por estar frente a su mar. Esta es la ciudad, este es el territorio. Una mujer, calles adentro, hurgaba en la basura del supermercado masticando alimentos encontrados en los cubos abandonados. La ciudad adquiere un perfil siniestro. Evoco la lejanía y recitamos un verso de Alejandra Pizarnik: Cómo decir en palabras de este mundo que partió de  mí un barco llevándome.

5 comentarios:

  1. Sin aliento. Sin palabras.

    Muchas gracias.


    María

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    1. ¿Sin aliento quiere decir acaso que la impresión, es decir, la huella de la escritura, ha recorrido por un momento tu conciencia?

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  2. Tan real como si lo hubiera vivido...

    Gracias por escribir

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    1. La realidad, eso que sucede cada instante inintermitentemente, puede ser apresada en sus leves modificaciones por la escritura. Como bien sabes.

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  3. Sí, exactamente eso. Y una lee muchas cosas al día... pero no sé qué pasa, si está una ya anestesiada ante muchas cosas, pero no es tan, tan frecuente que un texto, de cuño poético o no, deje esa sensación. Por lo tanto, cuando sucede, cuando el aliento queda suspendido un momento en el mundo, emociones o impresiones del texto, hay que celebrarlo y agradecerlo.

    María.

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