miércoles, 20 de junio de 2012

Escenas barcelonesas


Oye sin escuchar. Se sitúa tras la pequeña barra que cada tarde convierte en un púlpito,  sin dejar de mirar la hoja de papel donde anota los asientos contables correspondientes a la consumición de cada parroquiano. Ayer hablaba del fin del mundo, y sentenciaba el final de varias relaciones amorosas en 2012 porque Júpiter iba a poner el ojo en todo lo que se puede destruir para provocar la desaparición de lo estable. El otro día vaticinaba sobre la caducidad del amor y se reía de quienes andaban emparejados. Sin dejar de contar las monedas , miraba de soslayo a quienes entraban al local con aspecto apesadumbrado. Habla del amor sin  conocer ese sentimiento y la carencia le ha dibujado un rictus de bebé insatisfecho, como si la madre le hubiese retirado el pezón de golpe y ahora, décadas después, conserva el signo de ausencia en una boca amarga de donde las sentencias se caen en cascada formando un montículo de desagradables emociones alrededor de sí mismos. Estos nuevos agoreros del mal agüero confunden  codicia y deseo;   lealtad con fidelidad;  monedas por amor;  tiempo por rígidos instantes de vacío;  el futuro con el presente;  la amistad en intercambio;  la conversación en monólogo;  y las relaciones,  con un impenetrable solipsismo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario