lunes, 2 de julio de 2012

Incendios




Agasajando el cuerpo con la durmiente tarea de olvidarlo casi todo me dejo caer entre las sábanas mientras arde parte de una región de este país. Las secuencias que me llegan tratando de acomodarme al silencio interior son de una luminosidad destructora. Un feo hombre que da órdenes sin saber cómo coordinar tanta desgracia se fuma un cigarrillo mirando por el ventanal de su bien amueblada oficina. Ayer cenó parrilla de mariscos y sangría. Baja la mano para buscar algo en el cajón, unos papeles que le comprometen. Más allá unas familias salen corriendo mientras giran la cabeza como la mujer de Lot temiendo que todo lo que tienen quede arrasado por las llamas. La naturaleza se ceba de nuevo donde la sal cayó hace tiempo, la que vertieron “ellos”. Comienzo a sentir una profunda tristeza por los pinos que no volverán a crecer, ni las orugas que se arrastraban sobre sus rasposos troncos. Miro de cerca las mariposas que ayer volaban y ya no están. Siento la brisa de un intenso volar de pájaros a lo lejos. Los hombres que custodian la ciudad se precipitan para apagar las llamas pero el incendio camina hacia nuestros corazones.  Un soplo de todos nosotros bastaría para alejarlos, para que las llamas se inclinasen del otro lado y ardiesen del revés.

1 comentario:

  1. Magnífico texto, Concha, refleja el sentir de tantos de nosotros. Gracias

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