miércoles, 1 de agosto de 2012

Paseos



Me acabo de cruzar con ellos. Ella le reñía inquiriéndole para que tomasen otra ruta. Ambos tenían anillado en el brazo izquierdo un cuentakilómetros. La dimensión del mismo ocupaba la quinta parte del brazo, ajustados al mismo por una estrecha faja negra. Vi como se alejaban moviendo torpemente las caderas y dejando en esos movimientos unos tristes culos demasiado anchos. Subo hasta la panadería por la Calle Mayor, una madre muy delgada, deja caer su melena hasta los hombros y da la mano a su pequeño hijo vestido con una camiseta que reivindica la independencia. Sostiene su pequeño cuerpo una bandera que acentúa aún más la obsesión que le transmite su progenitora, que a la vez forma parte de un conjunto más extenso que baja por toda la red de calles hasta recabar en la Plaza. La música que el ayuntamiento deja sonar para que se oiga en toda la pequeña población repite machaconamente un estribillo que alecciona a “sentirse en casa” y ese sentimiento parece excluir a los “otros”. Extrañamientos entre la marea de símbolos que aparecen unidos. Las pequeñas violencias cotidianas ofrecen un argumento para volver a sospechar del extranjero, el que viene de países más pobres.  La pareja que se ha quitado ya el voluminoso cuentakilómetros está sentada frente a una mesa donde el camarero acaba de dejar dos jarras de cerveza. No han corrido demasiado. La gente se aglutina. Me inquieta. A modo de cerco mágico recuerdo que no soy de allí. 

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