jueves, 29 de marzo de 2012

Presunción


El hombre  tiende generalmente a considerar que el orden en que se vive es natural. Las casas que ve cuando va a trabajar le parecen más bien unas rocas que han surgido de la misma tierra que una obra de la mente y las manos del hombre. Las actividades que lleva a cabo en su empresa o en su oficina las juzga importantes y considera que son parte del funcionamiento armónico del mundo. La ropa, tanto la que él lleva como la que ve a su alrededor, es en su opinión la que debería ser, y pensar que tanto él como sus amigos podrían llevar igualmente túnicas romanas o armaduras medievales le provoca risa. La posición social de un ministro o del director de un banco le parece algo importante y digno de envidia, y considera que poseer una considerable cantidad de dinero es una garantía de seguridad. No cree que en una calle que no conoce bien, en la que duermen los gatos y se divierten los niños, pueda aparecer un jinete con un lazo y que empiece a perseguir a los transeúntes y los arrastre hasta el matadero donde los matarán al acto y los colgarán de unos ganchos. También está acostumbrado a satisfacer sus necesidades fisiológicas, que se consideran íntimas, de la manera más discreta posible, lejos de las miradas de la gente, sin pararse a pensar demasiado en esa costumbre que no es en absoluto propia de todas las sociedades. En una palabra, se comporta un poco como Chaplin En la fiebre del oro, que trajina en su cabaña sin sospechar que está al borde de un precipicio.

 Occidente (fragmento).  Czeslaw Milosz (trad. Xavier Farré)


domingo, 25 de marzo de 2012

Más, sobre la pérdida


La lógica en la que nos parece que se ordena el mundo llega hasta la conciencia y la mente reprime que  la sensación del  dejà vu abra paso a las realidades encerradas en las cajas de los días,  sin dejarlas salir en un vuelo libre de prejuicios. Pero a veces se produce el milagro: lo que llamamos presente se refleja de un modo tan exacto en el pasado que la percepción retorna instantáneamente a sí misma en forma de recuerdo. 

Constaté,  ante la visión de algunas fotografías,  la extraña movilidad sujeta a cambios incesantes en la que transcurre nuestra vida. De alguna manera,  gracias a la poesía,  yo quería detener el tiempo, más bien exorcizarlo de su inmediatez. El poema se convertía en una instantánea del estado del alma.

Roland Barthes dejó escrito que la fotografía repite mecánicamente lo que nunca podrá repetirse existencialmente. En su ensayo sobre la fotografía hace referencia  a las fotos que aparentemente no tienen nada sorpresivo excepto el lógico paso del tiempo,  y lo que más le sorprendía, lo que de alguna manera veía que transmitían algunas fotos,  era algo que se escapaba a la lógica. Es lo que él llama la punzada. Una especie de pinchazo, de mini herida que se desvela al mirar la fotografía, como si un detalle aparentemente nimio contuviese lo sorprendente e inaudito, dejando la realidad a contraluz en una “esto fue y no fue”, como si sacásemos el envoltorio de un paquete que dejamos olvidado en algún lugar tiempo atrás.



(fragmento del artículo”Sobre la pérdida”  publicado en Cuadernos de Aldeu, Spanish Professionals in America, Inc, 2011, California North)

jueves, 22 de marzo de 2012

Pérdida


Llamamos tiempo a un transcurrir que se percibe porque los objetos se ajan.
No llamamos tiempo al dolor ni a la esperanza. Es curioso. Tampoco se puede contabilizar por minutos la pérdida. La pérdida carece de suceso, de repente un día te das cuenta de que aquello ya no está. 

martes, 13 de marzo de 2012

El gesto mío




Fulgura tal cantidad de estrellas esta noche, que
me pregunto cómo puede haber en el cielo espacio
para tanto lunar de oro. Tal vez por eso, a ratos,
algunas se desprenden, quizás empujadas por las
otras, que quieren sitio y cruzan la alta sombra como
una larga flecha rubia. Yo no me canso de mirar y
mirar el cielo esta noche. E inconscientemente, cuando
veo desprenderse una estrella, alargo la mano con
la absurda pretensión de apresar a la vagabunda.
¡Ay! ¡Es un gesto muy mío este de tender siempre
Las manos hacia las cosas más imposibles!

Juana de Ibarbourou
El Cántaro fresco, Editorial Acacia, Montevideo, 1958

domingo, 11 de marzo de 2012

Fez




Las más de nueve mil callejuelas de la medina no puedes recorrerlas porque la mayoría están vedadas por la miseria. Sin embargo, entre las arterias principales abarrotadas de objetos y de gente se siente la vida en su dimensión más real. Pasar entre tantísimas almas durante toda la mañana;  los burros cargados abriéndose paso, los vociferantes cargadores arrastrando carretillas llenas de mercancías, la mirada bondadosa y resignada – adjetivos que mi pensamiento pone. No sé si son verdad-  de quienes piden sentados casi a ras de suelo;  el repiqueteo de los martillos de los hojalateros, las cabezas de animales sacrificados para el guiso con garbanzos que se comen tras los diminutos mostradores que guardan en una vitrina mugrienta otras carnes sazonadas, el olor de las especias y el del perfume denso que se ponen las mujeres, y los baños, en cada barrio,  separados por sexo. La mercancía no acaba de terminarse nunca y por mucho que camines esta se extiende a lo largo de los dédalos de calles custodiada por expectantes vendedores. Una parada para tomar un té con Mohamed en la Foundouk Al Attar, en la linde del barrio andaluz, donde no llegan los turistas. Habitaciones con un camastro maloliente y sin ventilación albergan cada noche a seres casi espíritu. La llamada al rezo sagrado del Mulhacín desde los altavoces de las mezquitas donde nadie que no sea musulmán puede entrar. Una emoción roza lo sagrado.  Regreso a la vida que perdí. Mi cuerpo tiene el mismo dibujo venoso de la medina. Las arterias principales llevan la sangre a las venitas minúsculas para que sea posible el pálpito. Siento una profunda vergüenza ante tal realidad. Miro hacia arriba y las ventanas me muestran otro mundo. Un muchacho pela una gallina en agua hirviendo sin observar a nadie. Yo lo miro intensamente sin desear estar en su lugar. Esa es la cuestión.

domingo, 4 de marzo de 2012

Unde Malum (Milosz)


                                                                       De dónde proviene el mal?
                                                                                              Cómo que de dónde
                                                                                              Del hombre
                                                                                              Siempre del hombre
                                                                                              Y sólo del hombre (Tadeusz Rözewicz)

Señor Tadeusz, por desgracia
la buena naturaleza y el hombre malo
son inventos del romanticismo
si fuese así
podríamos soportarlo
de esta manera usted muestra la hondura
de su pesimismo

basta con permitir al hombre
exterminar a su especie
y las salidas de sol inocentes tendrán lugar
sobre la flora y fauna liberadas

en los despoblados de las fábricas
crecerán los robledales
la sangre de un ciervo despedazado
por un lobo no será vista por nadie
el azor caerá sobre la liebre
sin testigos

desaparecerá el mal del mundo
cuando desaparezca la conciencia

Señor Tadeusz efectivamente
el mal (y el bien) provienen del hombre




trad. Xavier Farré