viernes, 22 de febrero de 2013

Escenas barcelonesas









La poesía se muestra cuando alguien quiere verla, sentirla. Puede que la poesía que evocan algunas ciudades esté,  para quien escribe esto,  más lejos de lo poético que nunca, lo cual  no quiere decir que no haya poesía. Me explicaré. Ayer bajaba la calle sin que mis pasos necesariamente tuviesen que conducirme a lugar alguno, simplemente caminaba. La espesa capa de humedad puso el cielo de un raro color a eso de las siete de la tarde, no era ni gris ni azul oscuro,   ni se movía ni parecía que iba a descargar la amenazante tormenta vaticinada por los meteorólogos. Me crucé con muchas personas que portaban un perro o dos atados  al cordel de la mano de su amo. El perro husmeaba y el amo contemplaba los escaparates. Nada parecía alterar el orden de las cosas ya que era la hora de sacar al "animal de compañía"  de paseo. Las panaderías estaban vacías y las tiendas de frutas y verduras lucían melocotones en febrero . Continué bajando y comenzó a llover. Me refugié en un portal. De repente la gente comenzó a correr y solo se veían los autos que cruzaban las calles a toda prisa. Me sentí sola. Del asfalto comenzaron a salir pastines de colores y raros tipos trajeados con aspecto agradable, cada vez salían más y la calle fue ocupada por personas que aparecían de repente con atuendos de distintas épocas. El ayer se consolidó en forma de peatones con prisa y dicharacheros, las ventanas de las casas se encendían, los bares abrían sus puertas y la gente los ocupaba abrazándose fraternalmente. Me sentí querida por la tatarabuela de alguien a quien no había visto nunca, despaché asuntos de índole económica, dejaba billetes en los alféizares y nadie los tomaba para sí. Poco a poco dejaron de existir los misterios y se revelaban incógnitas que ni siquiera me había imaginado que existiesen. Una tía lejana me llevó en barco a una isla griega y vi personas felices sobre hamacas azules. No entendía muchas cosas cuando de repente la lluvia tapó como un manto el trozo de calle y me hundí puertas adentro. Subí en un ascensor del siglo veintidós, un artilugio transparente y sorprendente. Sobre una mesa cuadrangular un libro de Felisberto Hernández abierto por la página catorce. El significado del número todavía no lo  he podido revelar. 

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