martes, 19 de marzo de 2013

Jules Supervielle







Jules Supervielle nació en Montevideo, en 1887. A los ocho meses se quedó sin padres, morirían en Olorón Saint Marie, población del pirineo francés donde descansa también el poeta. Al parecer,  murieron porque la cañería del grifo donde bebieron agua estaba contaminada de cardenillo porque no se había usado en muchos años.  Los tíos de Supervielle se hicieron cargo del niño y se lo llevaron a Montevideo. Eran personas acaudaladas. Fundaron un banco en el tiempo que cualquiera,  con cierto poder adquisitivo,  podía fundar un banco. Ahora mismo no se puede fundar  ni una fundación. El niño se enteró de su orfandad con nueve años. Comenzó a escribir a tan temprana edad y no dejará de hacerlo hasta su muerte en 1960. Los detalles biográficos del poeta uruguayo- francés se pueden consultar en cualquier página de “google”. Lo que me interesa es sacarlo de las frías marañas de la red para darle un poco de vida a su poesía. “El poeta vive en un gran bosque donde el cuco del reloj canta a unas horas insensatas. (…) En mis escritos yo tengo, sucesiva o conjuntamente, quince, veinte, treinta años y así hasta los setenta y tres”. Siguiendo la estela de su contemporáneo Jorge Luís Borges, nacido doce años después, no le da importancia alguna al hecho de tener una edad que junte todas las edades a la vez porque el ser humano está hecho de tiempo y aunque el tiempo deba contabilizarse no existe ninguna razón para que se fragmente. Es como si un poeta no pudiera regresar a su niñez o alcanzar en un instante la edad que todavía no tiene. Al autor, la poesía le llevaba del sueño, y las razones del sueño eran las que daban a su poesía ese grado de verosimilitud que no caduca con los años. Maurice Blanchot dijo de él que era el poeta que hablaba sin acordarse, y uno de sus mejores amigos, Henri Michaux dijo que sus poemas estaban hechos para expresar esa cosa extraña: la Vida.  Propongo releer a Supervielle antes de un telediario, o mejor,  dejar de ver el telediario y adentrarse en su prosa extraña y no extranjera.

Un día la tierra no será más
Que un ciego espacio que gira
Confundiendo el día y la noche.
Bajo el cielo inmenso de los Andes
No le quedarán montañas.
Ni el más mínimo barranco.
De todas las casas del mundo
Sólo se mantendrá un balcón
Y del humano mapamundi
Una tristeza sin fin (…)


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