domingo, 29 de diciembre de 2013

Aquí y allá (poética)




Las calles de Montevideo me trasladan a un espacio imaginario donde la memoria y el efecto de la realidad confluyen en una sensación que recuerda, trae a la piel,   alguno de mis poemas de Acontecimiento. Dejándome llevar de la rapidez existencial con la que gozo del recorrido,  nunca previsto en esta ciudad,  siento la ligereza que tanta falta hace y no suelo sentir en Barcelona. Vivir en el mismo lugar me pesa, lo sé aquí. Había perdido la costumbre de pasear, o mejor dicho:  de callejear. Estreno otra piel, otro lenguaje. La poesía es un viaje interior y en Montevideo se experimenta  constantemente, desde los accidentes de  su luz cambiante reflejos de un cielo abarcador, hasta los libros que me salen al paso con una poesía desenterradora de palabras que ya no se usan y deseo descifrar. Me provocan curiosidad, renuevan los significados, las impresiones y resonancias que traía. La realidad se atomiza extendiéndose en su orden casuístico,  llega de palabras que me reclaman, tomo  conciencia de la lejanía. Me afectan el alma.
Las formas cambiantes de la lengua manifestadas en sintaxis que se abrazan y en la desobediencia al orden lógico temporal - es decir, a tomar la palabra como no llega-,  evocan una poesía de diminutas y violentas apariciones, donde hay puro pensamiento sin impedir  la emoción, destapan una  música familiar que me recuerda otras músicas. Como dice la enorme poeta uruguaya Selva Casal, en el universo  hay mucha poesía pero pocos poemas que la recojan. En Montevideo la mente se vacía sin necesidad de realizar ejercicios de meditación. Deja entrar otras cosas de las que te habías olvidado. Olores, sonidos, el reencuentro conmigo misma, como si fuese otra, en ese juego de espejos que es el poema.
¿Será que atravesar las calles, pasear en ómnibus, o entrar al supermercado,   aquí no tiene el mismo peso de lo cotidiano del allí? El deseo se diluye en minúsculos recuerdos y en sus intermitencias la realidad es una síntesis de lo cotidiano. 
¿Debemos soñar nuestros sueños y además tenerlos? Escribía Elisabeth Bishop hace tiempo.   El orden impuesto, pesado,  que flota en las ciudades donde vivimos,  no es percibido hasta que te alejas de ellas. Conceptos como realidad o experiencia, dan un giro y de repente aparecen otros nuevos en permanente movimiento de significados. Los atardeceres se doblan, las aceras se repiten desdibujándose, las hileras de árboles abrazan la silueta de la gente que pasa bajo ellos.
La lengua articula un espacio vital que se hermana conmigo, cuyos rasgos distintivos,  sutilmente diferentes,  pueden causar ligeros y agradables equívocos. Esta lengua viene de gente que emigró desde Europa y ha formado un castellano de entonación musical, salpicado de palabras francesas, inglesas, judías o portuguesas. Otra de sus riquezas nace de la influencia de los pueblos originarios que habitaron hasta que quedaron prácticamente exterminados. Como una venganza,  sus palabras se extienden hasta lo cotidiano. Lengua criolla que alarga las sílabas y el aliento,  demorando más que el castellano en cerrar la frase.
Decía Roland Barthes que leer un país significa percibirlo según el cuerpo y la memoria. Aquí algo tiende un puente hacia mi infancia que me estremece.  ¿Será real?  Entre deambular y detenerse  un sutil equilibrio me trae la soledad que necesito y la que no necesito. La poesía es una práctica en el caminar que renueva  la imaginación y paso de un estado de extrañamiento a otro de melancolía. No se puede escribir cuando la mirada es tan intensa. La intensidad se despliega y hay que revisar los viejos conceptos  para que sus resonancias no extiendan un manto de repeticiones . El “pensar” renovándose en estos paseos, como se renuevan los cielos cada día. Vuelvo a preguntarme: ¿será real?, y al oído me interroga otro verso de Elisabeth Bishop de nuevo que dice :  ¿Debí quedarme en casa dondequiera que ésta se encuentre? 

CONCHA GARCIA


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