domingo, 13 de enero de 2013

lunes, 7 de enero de 2013

Paseos napolitanos





Leo las páginas que Goethe le dedica a Nápoles en su viaje a Italia en 1787, al escritor alemán  le impresionó el torbellino de gente constante en la ciudad,  además del paisaje,  su suelo fértil y el Vesubio que entonces estaba encendido. Hace más de doscientos años dejó escritas sus experiencias e impresiones y algunas todavía son vigentes. Aquí estoy, leyendo su diario en el café Gambrinus,  después de “flanear” por la calle Toledo y  pasar por un curioso lugar que no ha dejado de impresionarme. Pasear por Nápoles produce el efecto de un ejercicio espiritual.
Ha sido así. He caminado por la zona que se construyó en el siglo XVI para albergar a las tropas españolas, el barrio se llama Quartieri Spagnoli,  se llega bajando por Toledo hacia la plaza Trieste Trento, en la parte  derecha  se alza el barrio en  forma de damero. Ahora mismo está muy deprimido, hay que pasear por las callejuelas estrechas llenas de basura y la ropa tendida de pared a pared como pidiendo un poco del escaso sol que entra en estas calles.  Me detengo ante un edificio donde una placa informa que estoy ante la  “Casa di s. Maria Francesca ove ha visuto gli ultimi 38 anni di sua vita”.  Subo las tres plantas del antiguo edificio. Se trata de la casa de una monja franciscana nacida en 1715 a la que canonizaron en el siglo XVIII si no me equivoco.  Para llegar hasta la habitación donde vivió los últimos años de su vida hay que subir por  una escalera angosta e iluminada por pequeñas ventanas que dan a la estrecha calle desde donde se puede ver ropa tendida en algunas ventanas de enfrente. Al llegar al habitáculo encuentro un grupo de mujeres esperando la bendición que una monja,  desde una esquina y junto a un sillón antiguo donde se sienta la persona que pide la bendición,  empuña un relicario que hace besar cuando el sujeto queda bendecido. La cama donde murió la santa está protegida por una urna de metacrilato transparente que deja ver un colchón viejo sobre el que hay algunos ramos de flores. A la derecha observo una vitrina rectangular provista de velas eléctricas con una pequeña hucha en la parte inferior. En una de las paredes puedes ver objetos varios que pertenecieron a  la santa  como un abanico, un rosario, prendas de vestir, así como un camisón de franela blanca, todo ello enmarcado como si de obras de arte se tratara. Una estatua de la monja sosteniendo la cruz impone por su severidad casi amenazante, tras la figura la pared está inundada de ex votos. Veo otra urna que guarda un pequeño muñeco de trapo, no encuentro el sentido y supongo que debe ser una representación del niño Jesús. El lugar no carece de magnetismo por la fuerza que todo ese repertorio de fetiches lleva imantado con el paso de los años. Me coloco,  esperando turno,  tras una mujer que espera ser bendecida. El efecto, después de que la monja me bendiga me parece beneficioso. Casi todo es mental y si la conciencia es dirigida hacia  un acto cuyas consecuencias puedes pre-ver, se llega a un arrobamiento efímero. Es tan energética la presencia  de los objetos que acaba por hacer desaparecer el espacio vacío que daría verdadero sentido a un sitio  para re-encontrarte. Sin embargo, hay algo siniestro en todo el conjunto. Las fuerzas que otorgué a aquellos fetiches  se desvanecieron en cuanto salí a la calle. El efecto llegó antes que la causa y continué callejeando. Ahora siento como se disuelve mi alma en el capucchino delicioso que sorbo a sorbo vacía la taza.