sábado, 30 de noviembre de 2013

Afectos



Existe una cosa vaga y misteriosa llamada actitud vital. Si por un momento saltamos de la literatura a la vida, todos conocemos a personas que están enfrentadas con la existencia; personas infelices que nunca consiguen lo que quieren; que están frustradas, quejosas, plantadas en un ángulo incómodo desde donde lo ven todo ligeramente torcido. También hay otros que, aunque se muestran del todo satisfechos, parecen haber perdido todo contacto con la realidad y les prodigan todos sus afectos a perritos y porcelanas antiguas. No se interesan por nada aparte de las vicisitudes de su propia salud y los altibajos del esnobismo social. Sin embargo, hay otros que nos llaman la atención –el motivo preciso sería difícil de decir- por estar ya seda por naturaleza o por las circunstancias en una posición en la que pueden emplear sus facultades al máximo en cosas importantes. No son necesariamente felices o afortunados, pero hay un entusiasmo en su presencia, interés en sus actuaciones. Parecen vivos en todos los aspectos. Esto puede ser resultado en parte de las circunstancias –han nacido en un ambiente apropiado-  pero es mucho más resultado de un equilibrio afortunado de cualidades personales por el que no ven las cosas desde un ángulo incómodo, torcido del todo; ni distorsionado por una neblina sino nítidas y proporcionadas; están sujetos a algo firme; cuando entran en acción, impresionan.

Virginia Woolf

Traducción de M. Ángel MartínezCabeza





Foto: en la librería Linardi y Risso de Montevideo

lunes, 18 de noviembre de 2013

Hotel en Viedma




Me muestra una página y digo que no, que no es así. Luego saca otra y le aseguro que tampoco. Acabamos compartiendo una caminata de unos dos kilómetros. Al principio era agradable, luego fue haciéndose mejor. Salimos rumbo al Este. Un perro se cruzó y se nos quedó mirando. Pelo muy negro, joven, parecía excitado . No quería jugar ni acompañarnos para que lo adoptásemos. Sus ojos eran humanos, parecían ojos de un hombre que te provoca para que te apartes, para que te quites del medio, para que te largues. Mi acompañante no reparó en la cuestión y continuaba con sus argumentos para convencerme de lo que era un poema bien escrito. Caminábamos tranquilamente, el viento no era demasiado fuerte. Miré hacia atrás para ver si el perro se había ido. El pequeño embarcadero estaba lejos, podía divisar la pequeña barca cruzando el río Negro, su recorrido era siempre el  mismo, pasar de Carmen de Patagones a Viedma. Carmen de Patagones fue fundada por gente de España, gallegos y maragatos, hace más de un siglo, en realidad poco tiempo. El cielo corre y desplaza las nubes con sus grandes soplidos. No diviso el perro. Continuamos el paseo hasta llegar a una pequeña playa, bajamos hasta la misma y nos sentamos sobre el tronco de un árbol. A la derecha veo tres perros más, luego observo que tras ellos llegan otros dos. Me inquieto. Es una manada, una manada de perros, perros  sin dueño, algo raro.  El perro negro reaparece , es el rey, los otros obedecen. Mi acompañante los mira sin inquietud y me muestra otra página con ejemplos. La mirada del perro negro me inquieta. Siento deseos de situarme frente a él, ladrarle, señalar mi territorio.  Tomo una piedra y se la tiro, ladran, ladran mucho. Mi acompañante agarra una rama seca y con un gesto amenazante los espanta. El perro negro me mira sin moverse del sitio, no me gusta ni su lengua ni su babeo constante. He pasado la noche tratando de hacer encajar qué rostro me recordaba aquel perro negro. Qué rostricidad regresaba y cuál era su amenaza. La habitación del hotel tiene un ventanal por donde veo el embarcadero mucho más cerca y hasta puedo distinguir el rostro del barquero. Un hombre bastante mayor, con la cara surcada, no sonríe. Cruza el río una vez y otra durante toda la jornada. Al entrar al hotel hay una fotografía tomada hace años,  cuando allí no había nada.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Albergue transitorio en Montevideo










Cerca de la Plaza Independencia, tras el palacio Salvo, en la calle Andes número  1206, la casa donde mataron a Delmira Agustini está en venta.  De noche, en invierno, pasar por ese lugar te sobrecoge. Algún peatón con la cabeza mirando al suelo pasa fugaz, de una puerta sale un joven mirando hacia un lado y otro como a la espera de que suceda algo. No parece muy seguro dejarse deslumbrar en ese momento. La luz casi a oscuras, me devuelve algunos versos:
Bajo los grandes cielos
afelpados de sombra o dorados soles
arropada en el manto
pálido y torrencial de mi melancolía,
con una astral indiferencia miro
pasar las intemperies.

Delmira Agustini, de quien dijo  Alfonsina Storni  que en ninguna literatura había visto ella interpretado de manera tan profunda, tan subjetiva “la inmovilidad del mármol”, pasó allí las últimas horas de su vida.   Era una pensión donde también se alquilaban habitaciones para “hacer el amor”. Un “albergue transitorio” es el nombre que adquieren esos lugares en el Río de la Plata. Alguien escuchó alrededor de las cuatro de la tarde del 6 de julio de 1914, pleno invierno, dos detonaciones provenientes de una de las habitaciones vecinas. Reyes, el marido de la poeta uruguaya primero la mató a ella y después se suicidó. Entonces no existía el eufemismo “violencia de género”. Una interesante biografía de la poeta titulada DELMIRA de Omar Prego, editada en Montevideo, relata con pasmoso realismo aquel instante.  La fotografía no me ha salido muy bien, apenas el reflejo de las luces que dan relieve al balcón perfilando la puertas y la barandilla de hierro forjado.  El paso del tiempo se olvidó de ser notado . 

viernes, 8 de noviembre de 2013

El poema llega





Cuando se viene conmigo y las rarezas
de las calles nos parecen una inusitada
percepción del futuro, cuando se acomoda
junto a mí, en el coche, yendo hacia Lyon
o  pensando en regresar a Buenos Aires,
y me entretienen los pájaros rasantes
el mundo hacia adentro forma un agujero
brillante, de pequeño diámetro,
mi capacidad de pensar en lo inaprensible
se distrae dándole forma
a posibles inicios.



de El día anterior al momento de quererle. Editorial Calambur, Madrid, 2013


lunes, 4 de noviembre de 2013

Y lo peor es que sobrevivimos (Selva Casal)





Suelen dejarme sola algunas cosas
el viento entonces entra
las ventanas cerradas
se desploman
las sombras gritan
alguien empuja el miedo
cae un sendero, abril.
Es un instante apenas
pero llega.
Oh no miedo mi miedo
estos días exhaustos
las cosas desde donde vivimos
ni siquiera eso importa.
Ahora recuerdo como
me morí en la penumbra de aquel cuarto.
Ya nunca podré detenerme,
decir, domingo, vienes, el curso está completo
6000 hombres de sueño,
o ésta mañana se quedó sin tiempo.
suelen abandonarme ciertas cosas.
Otra vez y otra vez me voy a despertar así.
Ah cómo nos devoramos
cuantos nombres de amigos inconclusos
de días calcinados por la furia
se desgajan y caen como las hojas ínfimas.




LO PEOR ES QUE SOBREVIVIMOS, Amargord (en prensa)

Fotografía: alfarería San José, en La Rambla (Córdoba)