viernes, 12 de diciembre de 2014

del diario



Cuando llega el dulce otoño me gusta regalar hojas de papel con frases que durante el año me han impresionado. Me refiero no solo a la impresión que produce en la memoria que una reflexión anotada por otro te conmueva, sino que la capacidad de conmoverme con los años es mucho más honda, cómo decirlo, más poderosa y es capaz de captar muchos más detalles que cuando era más joven. Pienso que posiblemente mi yo infantil se ha colocado en un lugar menos predominante y ahora las cosas no me afectan tanto. Al menos eso creo. He regalado reflexiones breves de Pascal, Séneca, Dante y Freud. Elegí cada una de las frases para cada una de las personas a quienes se las he dejado en un sobre, al lado de una figura del ángel de la guarda. Si lo pienso con frialdad es algo totalmente absurdo, carente de sentido: una frase y el ángel de la guarda. Por alguna razón,  yo deseo que a esas personas las frases les conmueva algo de su ser y además, menuda pretensión, las quiero proteger de la intemperie emocional, como si yo tuviese poder para ello. Me pregunto demasiado las cosas y no es conveniente abordar un mismo asunto desde varias perspectivas. 




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