viernes, 16 de octubre de 2015

Camino de Santiago/uno







Acabo de llegar a Logroño. He tenido suerte ya que al internarme en el Casco Viejo, en la calle Bretón de los Herreros, he encontrado una pensión de peregrinos. Entro y subo amplios escalones de madera hasta la segunda planta. No hay ascensor. Pido una habitación para mi sola, me dan la 606, en el cuarto casi todas las paredes consisten en  grandes ventanales con marcos de madera. Es un edificio viejo desde donde veo la calle y oigo el ruido que produce la misma. Cuando llego a estas ciudades del Norte de España, como también Tudela,  Pamplona, Vitoria… hay algo que me resulta muy ajeno, no sé si es la arquitectura y las plazas rectangulares con grandes estatuas en medio , o la gente, que en su mayoría va muy arreglada y parece conocerse toda;  o la desolación de la ciudad a ciertas horas. Por ejemplo a mediodía. De cuatro a seis la ciudad está prácticamente vacía, después vuelven a salir sus habitantes y llenan las terrazas, las calles, los bares. El cielo es azul y de tanto en tanto lo atraviesan espumas de nubes. También las veo desde mi dormitorio que más bien parece el salón de una casa burguesa solo que la estancia es ocupada por dos grandes camas.

Salgo a caminar, la gente pasea agrupada, casi todo son familias, muchos niños correteando, mujeres mayores muy bien vestidas con gestos hieráticos, alguna parece un personaje de novela de Galdós. Voy hasta el Museo de la Rioja, me lo encuentro paseando y entro. Está en la Plaza San Agustín, piedras pulidas, todo está impecable. Se trata de un Palacio que perteneció a Pedro Ruiz, aunque le llamaban La casa de Espartero. Sorprende la fotografía que hay a la entrada de la que fue la mujer del dueño Jacinta Martínez Sicilia. Muy morena, nariz curvada, labios finos, frente amplia, grandes cejas, sonrisa forzada. Una mujer con cara de hombre. Las manos regordetas se ven claramente. Una cara desafiante y desagradable.

El museo te muestra un recorrido muy completo que nace en la prehistoria, lo miro todo sin detenerme, mucha vasija rota, puntas de lanzas que apenas me interesan. Mapas del territorio dibujando la presencia de los primeros “homo sapiens”. Me voy a la sala de la romanización de la zona, y lo mismo, paso sin detenerme apenas. Llego a la de la Edad Media y miro las vírgenes románicas con aspecto de muñecas, sin expresión alguna. Según el museo,  que te va contando la historia de Logroño, en el s. XVI comenzó a ser ciudad de peregrinación y se estableció en el Camino de Santiago. Los retablos no me interesan demasiado, las escenas religiosas me producen hastío. Paso por el renacimiento y el barroco con sus escuelas madrileñas, castellanas y andaluzas, se trata de pinturas de alumnos bien dotados para copiar, sin una pizca de alma. El s. XIX y comienzos del XX son más interesantes gracias a las pinturas que reflejan instantáneas de la sociedad de aquel tiempo. La de una boda interrumpida por una mujer que al parecer tenía un hijo del novio, da cuenta de la injusticia hacia la mujer de clase baja;  otra pintura de un asilo de ancianas con una monja de aspecto severo leyendo la Biblia, en ellas los rostros hablan  por sí solos. Me ha gustado un paisaje primaveral por la luz que emitía. Paso de largo los retratos de la burguesía, petrificadas caras con gesto de pose. Una imagen de mujer joven cubierta con un velo negro me hace pensar en lo siniestro.


Hay una pequeña escultura de San Millan de la Cogolla del s. XV:  La misa de san Gregorio. Es terrible. El sacerdote de espaldas levanta la Eucaristía.  La casulla con la cruz bordada en la espalda ocupa gran parte de la escena. Dos monaguillos, solo se les ve la cara de perfil,  miran arrobados el gesto del obispo. La sumisión de ambos ante el mismo clarifica el papel que la iglesia ha ejercido durante siglos.
Una sala llena de esculturas de santos de tamaño natural irrumpe y me sobrecojo. Tantos santos juntos con caras muy desagradables y gestos amenazantes, me hacen salir de allí sin deleitarme. Es una escena perfecta para una película de terror.  Me detengo ante una Santa Lucía que porta una bandeja donde dos ojos pegados a ella, como dos almejas, me hace sonreír.  Se trata de una talla del año 1580 que pertenece al monasterio de Suso,  en San Millán de la Cogolla.  No quiero seguir mirando tanta talla y tanto santo, así que salgo a la calle abriéndome paso entre desconocidos. Aquí el casco viejo se recorre en poco tiempo;  he ido hasta el puente de hierro que atraviesa el Ebro y he regresado por el puente de piedra, todo ello no me ha llevado más de veinte minutos. Un grupo de mujeres pasea lentamente, están contentas, se detienen, comentan algo y continúan. Me voy hasta la calle Portales donde de repente me encuentro mirando los ventanales de mi habitación desde la esquina. La hostelera ha sellado mi carnet de peregrina. Un golpe seco y una sonrisa. Ya está. El primer sello lo conseguí en Roncesvalles seis años antes.





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