lunes, 2 de noviembre de 2015

Camino de Santiago/dos




Me desperté a las siete en el hostal de peregrinos de Logroño. La noche fue tranquila. Los ruidos de la calle cesaron pronto, de repente, y quedó despejada de gente.
Antes, todo el centro fue una gran terraza llena de paisanos y paisanas de todas las edades. El centro conserva los comercios de toda la vida. Todavía no ha sido invadido por la homogeneidad que nos arrasa en ciudades grandes:  tiendas de las mismas marcas nos dan la sensación de estar en el mismo lugar. Logroño tiene su propia historia no arrebatada todavía. Pasé por dos librerías grandes, bien surtidas. En una de ellas las novedades de poesía eran recientes y se les dedicaba un buen espacio. Fui a la calle Laurel,  donde los bares  juntos, uno tras otro, resultan irresistibles. No pueden ser más atrayentes. Me tomé algunas tapas regadas con sendas copas de vino joven de la rioja.  !Para eso estaba en el país del vino!
Desayuné en Murrieta, en la cafetería Concordia:  una exquisita tortilla de patata y un cortado en vaso de cristal acampanado. Enfilé con mi mochila a cuestas hasta el parque de San Miguel. Pensé que la mochila tenía demasiadas cosas e hice un paralelismo con la existencia. Me sobraba el libro de 400 páginas de Sebald, un pantalón largo y la mitad del neceser.  Una vez atravesado el parque enfilé, no sin preguntar antes, hacia  el de la Grajera.  Muchos deportistas a pie y en bicicleta, tan abundantes masas haciendo deporte le quitan al camino el encanto de la soledad. Otros peregrinos me adelantaban. Hablaban amigablemente entre ellos. El recorrido,  a medida que te alejabas de Logroño, era cada vez más bello. Llegué al Embalse de la Grajera construido en 1883;  atravesé un pequeño puente de madera donde me detuve apara observar unos barbos amontonados, repugnantes, sacaban la cabeza y abrían la boca como si esperasen que alguien les tirara comida. Había decenas, todos muy gordos nadando en aquella agua turbia. Los patos cohabitaban arrastrándose en la superficie;  las aguas verdosas parecían estancadas. No todos los peces son iguales, como tampoco los pájaros.  Nombrar no designa más que formas.
Después del puente apareció el pantano y el paisaje cambió completamente. La gente que me cruzaba  decía : -Buen camino-. Algunos intentaban acercarse para conversar,  pero yo era reactiva a conversación alguna. ¿En qué pensaba? En nada que no fuera mirar lo que me encontraba. A veces contabilizo el tiempo y me sorprendo de los años que han pasado. Darse cuenta de que la vida es el instante que pasa,  no es una tontería. Las moreras que encontraba me llevaban a moreras de otros días y estaciones, me comí las más negras pensando que era mejor para la salud una mora que un trozo de chorizo y es que la culpa se mete en todas partes. Comía almendras que descascarillaba piedra sobre piedra. Me sentía libre. Marcelino Lobato, un barbudo hombre que tenía un puesto de información en medio del camino, me informó  que el sol siempre debe estar detrás, y que el camino, ante mi pedido de que me informara donde había un lugar para orinar,  me ofrecería lo que necesitase. Bueno, le dije, gracias. Y volví a colocar la mochila sobre mi espalda.




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