martes, 28 de julio de 2015

Silvia Castro Méndez (un poema)




Orillas

Pertenecer.
Hacerse uno
indiviso
un enjambre en nosotros.

Nos/otros.

Este río en el medio que no deja.
La amenaza perenne del desborde.

A veces
sobre un puente
alcanzamos los dedos:
fragilidad de isla desde la que tendemos
la ilusión de una dársena.

Y ese yo equidistante,
confuso entre las huellas,
mirando en el espejo plural
donde también respiran
los ausentes,
               
                        allá

donde trazamos
alguna vez
la fuga.

Transeúntes que somos
alertas de otredad
desde cualquier orilla de la ciénaga.

martes, 21 de julio de 2015

Esconderse







Al principio nos escondemos de los demás porque nos parece que su mirada puede dañarnos, luego nos protegemos metiéndonos debajo de la mesa o de la cama porque sus pisadas pueden rodearnos; la tendencia a esconderse nace ya a principios del siglo II a.C. Ademia, que vivía bajo el techo de su progenitor, viendo que una tarde se acercaban varios soldados a caballo hacia su casa, cerró la puerta de golpe y se fue corriendo hasta el gineceo donde también estaban sus hermanas y su madre. Vio pasar a los fornidos hombres desdibujándose en una lejanía de viñas. Se  los imaginó arrasando la cabaña de su maestro, un sabio que se entusiasmaba solo si los pájaros cantaban con sus diferentes trinos al unísono.




viernes, 17 de julio de 2015

Estampas Barcelonesas




 ESTAMPAS BARCELONESAS

Se apeó del autobús en Vía Layetana. Bajó hasta Correos caminando. Solo unos metros. La puesta de sol se veía abriendo un haz de luz en la estrecha calle. Apenas cuatro metros de ancha y alzar la vista para ver un par de nubes enrojecidas, hinchadas. Un escaparate de pasteles, otro de electrodomésticos. Caminó hasta Avignon y se detuvo ante el quiosco de prensa. Titulares que noticiaban catástrofes y corrupciones diversas. Un zapatero escuchaba la radio en su minúsculo local. Giró por la plaza George Orwell. Un establecimiento que exhibía en el escaparate comidas marroquís. Un par de jóvenes dentro, comprando. La tienda de ropa juvenil. Una discoteca que exhibe un cartel con las canciones heavy metal más demandadas. El fondo es rojo y está lleno de taburetes. Caminaba deprisa. Una bodega llena de botellas. Un pakistaní hablando con un colega. Un hotel de dos estrellas. Las Ramblas. Un gentío hacia arriba que se cruza con otro que dirige su marcha hacia abajo. La sensación de que no la conocía nadie. Respiró. El cielo se hizo más amplio. La terraza del Café de la Ópera. Gentes de otros lugares tomando cervezas en grandes copas. Titulares de prensa. Un limpiabotas sin cliente. Algarabía. Automóviles que se detienen en el semáforo. Ciclistas atravesando la calle mirando cuidadosamente a los peatones. Tres caricaturistas ocupados en reproducir la imagen del cliente que se había sentado para que le dibujen sus rasgos. Un grupo de árabes. Dos mujeres con pantalón corto exhibiendo unas pecheras impresionantes. Cuatro travestis. Una mujer fotografiándolo todo. Un bar de tapas en la calle Hospital esquina Ramblas. Un garaje con tres plantas subterráneas. La vida. Calle Nou de la Rambla. Una tienda de vestidos de novia. No hay de novios. Otra de ropa interior. Un nuevo hotel de tres estrellas. Obras en la fachada de un edificio. El barrio se regenera. Una galería de arte. Una tienda de productos exóticos. El barrio se va regenerando. Una inmobiliaria. Tres metros más allá, en la otra acera, otra inmobiliaria. Un apartamento de treinta y cinco metros cuadrados más treinta de terraza cuesta. Seis mil euros el metro cuadrado, incluidos los que dan al vacío. Una tienda de ropa interior sexy. Calle San Ramón. Varias mujeres jóvenes paseando de arriba abajo. Algunas apostadas en la esquina. Más allá la Filmoteca. Otras, con tipos de aspecto sucio a su lado. El paisaje, pensaba ella, realmente había cambiado. Unos años antes también había mujeres en esa calle. Más viejas, alcohólicas, gordas. Sin duda los clientes salieron ganando. La migración, hermosa palabra, trajo un aire nuevo. Jóvenes hermosas. Hermosas jóvenes rubias con acentos extranjeros. El barrio, sin duda, se estaba regenerando. La farmacia cerrada en la esquina con Sant Pau. Aquel edificio envejecido y sucio. Hermoso y extraño en aquella ciudad con aires tan mundanos. La portería putrefacta. La esquina resquebrajada. Era algo raro en una ciudad con tanta inmobiliaria. ¿O no? Quedaba algo de aquel pasado que no quería ser todavía derribado. Se habían ido las prostitutas mayores dejando paso a aquellas preciosidades vulnerables. La tienda de pollos asados. Cuántos huevos blancos en el escaparate. ¿Serían todavía comestibles? El restaurante caro, en medio de una tienda de pakistanís y una droguería que todavía exhibía en su escaparate herramientas del pasado siglo. Una anciana con pelos en la punta de la nariz. ¿Una bruja? No, una ciudadana con pensión de doscientos cincuenta euros. El recuerdo de una película rodada en el barrio. Lo enorme acontece grande. Lo diminuto, irreal. Se sentó. Buscó entre las tapas del bar gallego unos callos. El camarero estaba mal peinado. Digamos que se parecía a un hombre que se acababa de levantar tras una gran pelea. No era precisamente la imagen de un hombre pulido. Los puso en el microondas en un plato de porcelana blanca. Algo de grasa no se había diluido. Pinchó con el tenedor un amarillento callo. Apartó dos garbanzos. Miró a través de la cristalera manchada hacia su balcón. Por fortuna no había llovido y su ropa se bamboleaba enorme, acaparadora.


jueves, 16 de julio de 2015

de Árboles que ya florecerán



La edad son goznes
mirar hacia abajo
ver un fondo donde ardes,
sentimientos de pena
para alcanzar algo mejorable
sin que se sepa definir
esto de aquello, y lo otro,
no cabe así. El día bruto
la luz era maléfica
una religión era necesaria.
Voy a mi extremo
que no tuviera miedo de la noche
ni de repetir la escena.
Desvié mis ojos hacia la cama
no estaba yo tampoco. Treinta años
condensados en el gesto
indefinible, cercano, inalcanzable,
enroscando la cafetera
junto a ningún ser aquí cerca.
Sólo tus muslos húmedos
alcanzan un arco de 48 horas
sin determinar bien
qué emoción antecede a otra
o cuál es el lugar
donde poner las manos ahora.
Tus muslos ardían
dentro del arco
en el que me muevo a tientas,
regalo del tiempo, el acto,
alguien me lo dio todo
en una pensión. La botella
la lámpara, la colcha verde,
recuerdo eso y la luz recogida
tras las cortinas, recuerdo eso,
la televisión, un sutil movimiento
para entrar en cavernas de ansia,
y el trabajo de los días,
de los años, de lo prieto.
Que el amor perdure -decías-
largo instante inscrito aquí
y ahora mismo
en la divisibilidad.
Parece ser que se origina
lo perdurable en el instante
dispersando el escalofrío.
Yo, para ti, tú, para mí.
Resplandor y música
alguien golpeó la pared.



viernes, 10 de julio de 2015

del diario (Tánger)







Todas las cosas están ocultas en sus opuestos –la ganancia en la pérdida, el don en la negativa, el honor en la humillación, la riqueza en la pobreza, la fuerza en la debilidad, la abundancia en la escasez, la elevación en el rebajamiento, la vida en la muerte, la victoria en la derrota, el poder en la impotencia y así sucesivamente-. Por lo tanto, si un hombre desea encontrar, que se conforme con perder; si desea un don, que se contente con una negativa; si desea el honor, debe aceptar la humillación;  y el que desea la riqueza debe satisfacerse con la pobreza; que el que desea ser fuerte se contente con la debilidad; que el que desea la abundancia se resigne con la escasez; el que desea elevarse debe dejar que lo rebajen; el que desea la vida debe aceptar la muerte; el que desea conquistar debe contentarse con la impotencia…
Una ciudad humana, es decir, una ciudad capaz de responder a todas las necesidades fundamentales del hombre: físicas, afectivas y espirituales. La ciudad islámica clásica contienes valiosas enseñanzas. (Titus Burgkhardt)

viernes, 3 de julio de 2015

Momento en Junio







MOMENTO EN JUNIO

Se van.
Hacen cloc clac, como si chocaran.
Crujen dentro y fuera del agua,
están en otra parte: vuelan.
No hay números infinitos
sólo los que dividen unidades.
Mi mejor chaqueta para el espectáculo.
Tú estabas más vieja. No es la edad,
sino las señales. ¿Averiguaste dónde
en qué lugar se forman?
Una dentro de otra, como gemelas,
son agujeros en una vida llana
que pretende altibajos sin emociones.
Parecías una laguna sin vida interior
cuyas ondas te daban un semblante
de ninfa poco aureolada.
Yo me convertí en la pesadilla
y hacía ruido cuando me movía,
hacía clong-clong, y se alejaba
todo lo que tenía ganas de acercarse.
Formé una ladera de restos
como cuando subes a una loma
y encuentras una incineradora de basura
cuyas cimas se dibujan
porque varias gaviotas te inquietan
alineadas sobre los plásticos.
Recordé cómo llegué aquí
y mis pies crecieron. Cómo
no haber llegado. Me fui acercando
a un presente que estuvo presente.

(de Cuántas Llaves, 1998)