jueves, 27 de agosto de 2015

Poética








La poesía no es un ejercicio contra el olvido, todo lo contrario, la poesía exhibe con toda su fuerza la pérdida. Si no se perdiera nada, poco habría que evocar. Dos temas han acudido a mis poemarios siempre, el paso del tiempo y el paso del deseo, desde la conciencia de lo efímero. Hay una novela de Clarice Lispector: La hora de la estrella. Tiene varios títulos: La culpa es mía, o Ella que se apañe, o El derecho al grito, o Clarice Lispector, o En cuanto al futuro, o Ella no sabe gritar, o Una sensación de pédida, o No puedo hacer nada, o Salida discreta por la puerta del fondo. Tengo, como ella, la duda de un título (poética) entre un infinito número de poéticas. La versatilidad de la poesía no me lo permite ya que afortunadamente no es una ciencia exacta. Tener que elegir es un acto extraño y violento porque descartas otras posibilidades. No me escudo en el titubeo, sino en lo ancho y profundo de la certeza.


lunes, 17 de agosto de 2015

Juana Bignozzi, dos poemas

lo vi comprando reproducciones de Renoir
a una edad en la que yo aún no había salido
de la niña de las cerezas en el almanaque de la cocina
cuando ya en la muerte para nada sirve el entendimiento
tantos años después supe que era un desamparado
cuando lo vi comprando esa lámina de la mujer del sombrero.






2
Otra vez nos vi caminando por ese lugar que nunca conoceremos
había libros sucios y viejos y manchados por el suelo
con el nombre de la gente de toda nuestra vida y con mi nombre
y otra vez caminábamos felices tratando de no mancharnos
por ese lugar que tanto conocimos sin saber donde está.

viernes, 14 de agosto de 2015

A Juana Bignozzi, con mi admiración




Me entero de la muerte de Juana Bignozzi en Oporto a través del Facebook, me paraliza pensar en que ya se ha ido, que ya no está Juana. A Juana le agradezco haberme enseñado tanto de poesía argentina. Ella misma una gran poeta. La conocí en 1992;  vivía en un piso de su propiedad en la calle Provenza, cerca del Hospital Clínico, junto a su marido Hugo. Me recibió en su salón con una botella de vino blanco del Penedés muy frío –entonces también tomaba la misma marca y me gustó la coincidencia-. Su aspecto, de mujer grande y con un cabello largo y lacio, y la inconfundible peca en la comisura de su labio, me impresionó. Llegué a ella gracias a la sugerencia del también desaparecido escritor Horacio Vázquez Rial, como una de las mejores conocedoras de la poesía argentina en Barcelona. En efecto, comenzamos a quedar un par de tardes a la semana. Yo llegaba a su casa y bebía con ella el vino blanco que entraba con los poemas que me iba leyendo. Allí conocí la colección de poesía donde publicó la mayor parte de sus libros y que dirigía José Luis Mangieri (Libros de la Tierra Firme). Juana tenía cierta tirria a la prepotencia española, de hecho cuando pudo se fue para Buenos Aires decía que de Barcelona solo echaba de menos el Corte Inglés y las traducciones al italiano. Ella misma fue una excelente traductora. Treinta años vivió en Barcelona ganándose la vida como traductora. No le gustaba la manera de relacionarnos, la encontraba seca y poco afectiva. Decía que en España perdíamos la memoria y no nos consideraba un país muy culto. No quiso nunca leer en público su magnífica poesía. Se fue en 2004 para Buenos Aires, me dejó una colección de poemarios y el vacío de su presencia. Ahora, en la Plaza de la Virreina del barrio barcelonés de Gracia la recuerdo, bajando ambas hacia el desaparecido restaurante Tastavins, donde éramos capaces de pasar casi la tarde entera hablando de poesía. Nadie se ha acordado de ella en Barcelona, tan cubierta de su propia cultura elitista y olvidadiza.