sábado, 20 de febrero de 2016

Delicuescencia





Una vez resueltas las necesidades básicas:  comer, dormir bajo un techo, disponer de una red de gente con la que compartir la vida y los afectos, no hay que preocuparse más que de mantener ese estatus, esa básica premisa para vivir. Aspiramos a vidas felices, o al menos, simétricas, sin grandes vuelcos que nos desmoralicen como las guerras, los estados de melancolía, muertes, enfermedades; en fin, todo eso que también forma parte de la existencia. Si no contamos con un número determinado de endorfinas podemos tender a la tristeza profunda, si no contamos con un número indeterminado de deseo, podemos tender al hastío. Sabemos que gozar de objetos de consumo no nos satisface, vemos a los jóvenes perdidos en una absurda fiesta que los enajena. Se creen valientes, se muestran arrogantes, maleducados, si pudieran hasta te podrían dejar tirada en una esquina. Vemos cómo el avance del capitalismo arrasa con miradas que podrían cruzarse, embelesadas ante las minúsculas pantallas de los teléfonos móviles, y ya no nos miramos. Sentimos la fobia a otros cuerpos, la instauración de un nuevo legado que consiste en cultivar el propio cuerpo llenándolo de tatuajes –que es una forma atávica de añorar un pasado lejano, y ellos no lo saben-. La arrogancia de la belleza huera, vacía, ensimismada, capaz de producir seres solitarios, el colmo de la materialidad en uno mismo. En realidad nada ha cambiado, solo que hemos ido destruyendo la Naturaleza poco a poco, naturaleza no es solo la tierra, también somos nosotros, amarnos a nosotros mismos es una fuente de rencor e insatisfacción. Como dijo Pasolini, las luciérnagas han desaparecido, la cultura se ha convertido en un instrumento de barbarie totalitaria, el hombre, la mujer, con capacidad de consumir –no hablo de los millones de desterrados y pobres que posiblemente quintupliquen en número la población satisfecha- producimos soledad sin experiencia, es la soledad fosilizada, inane. Como observó Françoise Giroud, ha desaparecido la autoridad y eso ha hecho que las personas no tengan superyo. En términos freudianos eso quiere decir que no hay referentes ni culturales ni éticos. Esa mayoría estupidizada abruma porque crece y crece; pero por una ley de paridad universal, otros, otras, se apartan de ese escenario donde todo refulge tanto que no deja ver, como ya he dicho, el brillo de las luciérnagas. Ahora brillan seres opacos, que salen de sus escondites, que no se relacionan con la palabra ni con el cuerpo, que aparecen como muertos vivientes, sin embargo, no se puede estar muerto y vivo. ¿O sí?




3 comentarios:

  1. La globalización abrió una brecha entre tecnología y creatividad.

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  2. Tenía la convicción contraria: que las nuevas generaciones tenían un exceso de referentes culturales y "éticos", aunque sería difícil poder encajarlos en nuestra idea de "cultura" o de "ética". Si miras la historia, no hay lugar que no contenga su propia barbarie. Las luciérnagas anidaban en nuestros sueños, no en la realidad.

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    1. Cierto, no hay lugar que no contenga su propia barbarie, todo está dentro y fuera, formamos parte de ella.

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