lunes, 1 de febrero de 2016

Sobre poesía






Acontecimiento y El día anterior al momento de quererle.

Entre ambos poemarios distan más de cinco años. Hay un engarce, algo que es similar y resuena más en estos libros que en mis anteriores.
No es algo que dependa solamente de las palabras. Las palabras, sin ese engarce con la existencia no hacen lenguaje, no es lengua poética. No digo que sea autobiografía, digo existencia, de velocidades cambiantes:  nada permanece fijo.
Se producen cambios, hay que estar alerta, dejar respirar a las palabras, acaban llegando solas, llegan cuando lo real se cruza con lo simbólico, con lo ancestral, salen del subconsciente, tocan lo mágico –palabra rechazada por los razonadores profesionales-.
Lo mágico cabe en la realidad, forma parte de ella, se ensarta. Como en el sueño, la realidad se bifurca y se amplía dando lugar a situaciones temporales muy condensadas, es decir, instantes.
En estos poemas los instantes parecen fotogramas. Un pequeño vuelo de tiempo, casi imperceptible, ahí está la huella, el negativo. Instantes que provocan extrañamiento. Abundancia de imágenes que traspasan la noción de tiempo donde los barcos entran o salen. El viaje del amor y la conciencia del cuerpo que en su contingencia evocadora de movimientos interpretativos abren el arco de las posibilidades de la realidad, allí donde se sueña esta marcado un territorio, allí donde se escribe, se inicia una ruta.

Si la metáfora de Acontecimiento era ir hacia un no-lugar, en El día anterior al momento de quererle,  la metáfora se produce en el propio viaje. No hay lugar donde llegar,  solo un presente desmenuzado que altera el orden en busca de un territorio habitable simultáneo a la memoria y al recuerdo de lo que todavía no ha sucedido.

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