miércoles, 16 de marzo de 2016

Sobre la dificultad de escribir un poema





En este escritorio he preparado algunas clases de introducción a la poesía a sabiendas de que la poesía no puede enseñarse. Fue en Belalcázar hace unos veranos. La pasada semana regresé al mismo pueblo situado al norte de Córdoba, antiguamente pertenecía al condado de Belalcázar y en los últimos años, por cuestiones administrativas, la población pertenece a la comarca de los Pedroches. Cada tarde iba caminando hasta el antiguo claustro del convento de clarisas y allí nos reuníamos un grupo de unas doce personas con interés por saber qué era eso de la poesía. Durante aquellos días no escribí un solo poema, estaba tan entusiasmada con los atardeceres y el canto de los gorriones que no necesitaba la poesía. Mejor dicho, no necesitaba escribir nada puesto que aquellos atardeceres se han quedado grabados en mi memoria con la intensidad de la imagen que te envuelve, donde no llegan las palabras. He sentido el mismo placer estético de entonces;  el tiempo no pasa para la belleza. Las personas sí pasan, pasan con muy diferente paso con el que llegaron, unas sigilosas, otras apresuradas. Acontecimientos constantes varían las intensidades de las emociones para unos y otros. Ante la belleza de estos paisajes la gente que se cae no puede sostenerse, yo estoy entre ellos, la que fui hace años, la que estuvo hace tiempo. Pasan muchos seres que vienen de otros mundos, unos hacen rizoma y no se pueden entender sin ese mapa. No puedo definirlos, solo permanecen por los afectos que me pudieron dar, los afectos como una relación de fuerza y de deseo. 


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