jueves, 19 de mayo de 2016

del Diario











Me ha dado una llave pequeña después de haber tomado nota de mi nombre y nacionalidad. He subido hasta la habitación del quinto piso en un ascensor estrecho cuya botonera está brillante. Ha frenado con brusquedad y he salido con la maleta de ruedas arrastrándola por una vieja alfombra de color ocre hasta la habitación 508. Al abrirla he sentido una cierta familiaridad con algo, no sé muy bien con qué.

He dejado sobre la cama la ropa y me he asomado a la ventana. Hay dos. Por una se ve la calle y una hilera de árboles que ocultan parte de las aceras. El viento las sacude. Lo miro todo sin  curiosidad. La otra ventana da a la escalera, al abrirla me ha sorprendido ver a una mujer bajándola lentamente. Escucho sus pasos y también el runrún de una televisión que no debe estar lejos. Cierro las ventanas y observo la ropa. Después me miro ante un espejo que hay en la cabecera de la cama. Es rectangular y puedo ver la pared de enfrente donde hay una ilustración de unos pájaros sobre unas ramas muy delgadas con una montaña nevada al fondo.

Abro la puerta del baño. Una pequeña ducha resguardada por unas cortinas de plástico bastante sucias. En la jabonera no hay nada. La taza del wáter está limpia. Me siento sobre ella inspeccionando el receptáculo. Se escucha el goteo del grifo. Lo aprieto pero no deja de gotear. Hay dos toallas blancas bastante gastadas por el uso y limpias,  colgadas cerca de la ducha. Un ventanuco negro da a un patio desde donde entra un poco de luz , como si estuviese reservada a la oscuridad,  dan ganas de gozarla. Es una luz que no ilumina ni alumbra, solo deja constancia de su cualidad aminorada por la lejanía de la que procede su fuente.

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