domingo, 5 de junio de 2016

Paseos barceloneses



Los domingos, al despertar, siempre quiero estar en otro lugar. No hay nada más difícil que llevar a cabo un retorno con éxito. Domingos desgajados de la semana, ficciones que modelan nuestro tiempo y sin embargo, qué lejos de sentir la felicidad de la consistencia porque el domingo es volátil, se podrían guardar en la misma caja todos los domingos. Salí de casa sin dirigirme a sitio alguno, tomé un autobús que me dejó en el Paseo Fabra y Puig, miré la gente endomingada, porque en aquel barrio las mujeres y hombres de mi edad se visten de domingo, me dio pereza bajar caminando hasta la plaza Virrey Amat y sin embargo seguí caminando hasta que entré en la Iglesia. Había un Cristo clavado en la cruz de madera. Mujeres que besaban sus pies llagados. Se acercaba una, miraba la imagen y después de pronunciar en voz muy baja no se sábe qué deseo, besaba aquella imagen. La esperanza y la fe andan juntas a medida que miraba como si no me afectase, la hilera de mujeres que esperaban pacientemente para la petición a aquel Cristo. Una enfermedad, un hijo, una nieta, no me imagino más que plegarias pidiendo salud y dinero. Salí pensando en otra iglesia en la población de Azul, en la provincia de Buenos Aires. A las diez de la noche se celebraba una misa y la gente cantaba feliz, se miraba a los ojos mientras el sacerdote invitaba a que todos nos diésemos la mano. La iglesia cumple con el requisito de proyectar en la gente una esperanza, un más allá. Tomé un autobús de nuevo y me senté mientras llegábamos a Ciudad Meridiana. A mi lado un hombre lucía satisfecho sus credenciales que le salían del bolsillo enamorado.

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