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sábado, 9 de abril de 2016

Assorted trivialities (Diversas nimiedades)





Assorted trivialities

Sticking out of the book a strip of paper marks
a paragraph
abandoning idle thoughts, she reads.
Uninvited devastating emptiness intrudes.
She cannot give herself fully to anything.
Not even the book can distract her totally.
Once she thoufht that she had surrendered completely
and it felt as if she had been cheated.
Trough the curtain, she looks onto the street.
School of learning.
Lonely men lonely women hurry past.
Cities have lost the art of leisure.
In appears that everything is limited by ist own nature
which could develop only within an absurd cycle
of comings and goigs,
of time running,
of truth that are silhouettes only.
Even reading, which should be pleasurably slow,  is simply
a storehouse of quotations and information.
Her emotion causes her to withdraw; in another
part of memory lives unfold slowly




Traducción: Alec 0´Sullivan
Autora: Concha García

sábado, 2 de abril de 2016

Estampas barcelonesas







Se apeó del autobús en Vía Layetana. Bajó hasta Correos caminando. Solo unos metros. La puesta de sol se veía abriendo un haz de luz en la estrecha calle. Apenas cuatro metros de ancha y alzar la vista para ver un par de nubes enrojecidas, hinchadas. Un escaparate de pasteles, otro de electrodomésticos. Caminó hasta calle Avignon y se detuvo ante el quiosco de prensa. Titulares que noticiaban catástrofes y corrupciones diversas. Un zapatero escuchaba la radio en su minúsculo local. Giró por la plaza George Orwell. Un establecimiento que exhibía en el escaparate comidas marroquís. Un par de jóvenes dentro, comprando. La tienda de ropa juvenil. Una discoteca que exhibe un cartel con las canciones heavy metal más demandadas. El fondo es rojo y está lleno de taburetes. Caminaba deprisa. Una bodega llena de botellas. Un pakistaní hablando con un colega. Un hotel de dos estrellas. Las Ramblas. Un gentío hacia arriba que se cruza con otro que dirige su marcha hacia abajo. La sensación de que no la conocía nadie. Respiró. El cielo se hizo más amplio. La terraza del Café de la Ópera. Gentes de otros lugares tomando cervezas en grandes copas. Más titulares de prensa. Unaturronería sin clientes. Algarabía. Automóviles que se detienen en el semáforo. Ciclistas atravesando la calle mirando a los peatones como si fuesen de otro planeta. Tres caricaturistas ocupados en reproducir la imagen del cliente que se había sentado para que le dibujen sus rasgos. Un grupo de árabes. Dos mujeres con pantalón corto exhibiendo unas pecheras impresionantes. Cuatro travestis. Una mujer fotografiándolo todo. Un bar de tapas en la calle Hospital esquina Ramblas. Un garaje con tres plantas subterráneas. La vida. Calle Nou de la Rambla. Una tienda de vestidos de novia. No hay de novios. Otra de ropa interior. Un nuevo hotel de tres estrellas. Obras en la fachada de un edificio. El barrio se regenera. Una galería de arte. Una tienda de productos exóticos. El barrio se va regenerando. Una inmobiliaria. Tres metros más allá, en la otra acera, otra inmobiliaria. Un apartamento de treinta y cinco metros cuadrados más treinta de terraza cuesta cuatro mil euros el metro cuadrado, incluidos los que dan al vacío. Una tienda de ropa interior sexy. Calle San Ramón. Varias mujeres jóvenes paseando de arriba abajo. Algunas apostadas en la esquina. Más allá la Filmoteca. Otras, con tipos de aspecto sucio a su lado. El paisaje, pensaba ella, realmente había cambiado. Unos años antes también había mujeres en esa calle. Más viejas, alcohólicas, gordas. Sin duda los clientes salieron ganando. La migración, hermosa palabra, trajo un aire nuevo. Jóvenes hermosas. Hermosas jóvenes rubias con acentos extranjeros. El barrio, sin duda, se estaba regenerando. La farmacia cerrada en la esquina con Sant Pau. Aquel edificio envejecido y sucio. Hermoso y extraño en aquella ciudad con aires tan mundanos. La portería putrefacta. La esquina resquebrajada. Era algo raro en una ciudad con tanta inmobiliaria. ¿O no? Quedaba algo de aquel pasado que no quería ser todavía derribado. Se habían ido las prostitutas mayores dejando paso a aquellas preciosidades vulnerables. La tienda de pollos asados. Cuántos huevos blancos en el escaparate. ¿Serían todavía comestibles? El restaurante caro, en medio de una tienda de pakistanís y una droguería que todavía exhibía en su escaparate herramientas del pasado siglo. Una anciana con pelos en la punta de la nariz. ¿Una bruja? No, una ciudadana con pensión de doscientos cincuenta euros. El recuerdo de una película rodada en el barrio. Lo enorme acontece grande. Lo diminuto, irreal. Se sentó. Buscó entre las tapas del bar gallego unos callos. El camarero estaba mal peinado. Digamos que se parecía a un hombre que se acababa de levantar tras una gran pelea. No era precisamente la imagen de un hombre pulido. Los puso en el microondas en un plato de porcelana blanca. Algo de grasa no se había diluido. Pinchó con el tenedor un amarillento callo. Apartó dos garbanzos. Miró a través de la cristalera manchada hacia su balcón. Por fortuna no había llovido y su ropa se bamboleaba enorme, acaparadora.

Concha García