viernes, 21 de octubre de 2016

Andrea Blanqué






Nació en Montevideo en 1959. En 1981 comenzó sus estudios de Literatura y ese año obtuvo una beca para viajar a Barcelona, Málaga y Madrid. Ha escrito poesía, relatos, novelas y artículos sobre literatura.
La primera novela que leí de Andrea,  la conseguí en Montevideo; me causó gran sorpresa que,  habiendo publicado en Alfaguara,  en España no hubiese ninguna edición de sus novelas. Puede suceder y sucede que muchas veces la literatura no pasa fronteras físicas, pero acaba llegando porque su transmisión corre de voz en voz. A me consta que la obra de Andrea Blanqué bien puede equipararse a la de la mismísima Carmen Laforet o Rosa Montero. En la actualidad no soy muy lectora de novelas, lo confieso, pero cuando he tenido entre las manos las de Andrea Blanqué no he podido dejarlas.

La pasajera (2003) fue su primera obra. El tono desenvuelto en un registro coloquial, a modo de diario,  me gustó mucho. La historia es la de una mujer que cría sola a sus dos hijos,  está divorciada de un hombre que vive en Israel. La manera de fragmentar en 216 párrafos una historia que va dejándote una sensación de familiaridad , aunque no compartamos más que haber nacido en los años cincuenta y ser mujeres, que es bastante.
El tono es el que he utilizado para mis diarios y la única novela que he escrito hasta ahora, es un tono cortante, que desmenuza los hechos cotidianos a una velocidad de lentitud. La protagonista muchas veces menciona que está en lugares donde yo también he estado o he deseado estar. Hay una misteriosa y mágica familiaridad:

Estoy en la  Terminal Tres Cruces y espero mi ómnibus en dirección a Piriápolis. Otra vez Piriápolis.
Tomé un taxi hasta el enorme hotel, cuya mole clara había divisado desde la ventanilla. Una masa de aire caliente me recibió al dejar atrás las escalinatas y traspasar las puertas giratorias (…) Pronto el clima de un gran hotel me ganó y me llenó de entusiasmo. (Las fundas de las almohadas tenía bordadas las iniciales del Argentino Hotel de Piriápolis. Apoyé allí la mejilla e inmediatamente quedé dormida” (La pasajera)

Fui a Piriápolis en 2004,  después de haber visto en Montevideo la película Whisky de Juan Pablo Revella y Pablo Stol. Se trataba de la  triste historia de una trabajadora que pasa sus días laborables en  un taller de confección de calcetines cuyo dueño era judío asentado en Montevideo, residente en el barrio de Pocitos, uno de los mejores de la ciudad del Río de la Plata.
En aquella película vi por primera vez el hotel Argentino,  y al día siguiente me fui a la estación de ómnibus de Tres Cruces, tomé un autobús que en menos de tres horas me dejó en Piriápolis. Allí me alojé durante dos días en dicho hotel. Como era octubre, apenas había tres o cuatro familias en un hotel de más de 500 habitaciones. Recuerdo aquella canción que era también el fondo musical de la película.  Leonardo Favio repetía el escribillo… Hoy corté una flor, y llovía,llovía… que resonaba en mis quince años. Las calles vacías de Montevideo…

La segunda novela fue Fragilidad, se publicó en  2008. Otra afinidad con Andrea, u otro encuentro. La novela comienza con unos versos de Emily Dickinson:
Yo no soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Eres-Nadie-También?
¿Ya somos dos entonces?
¡Ni una palabra! ¡Lo pregonarán, ya sabes!

Se trata de un relato apoyado en la amistad de dos amigas treintañeras:   Anya, casada, cada noche, en la soledad de su cocina, se pone a beber vino barato. Poco a poco la paulatina visibilización del problema –que es lo que me parece tan logrado en su narrativa- va haciéndome entrar en la historia.  Una mujer que se interna en la noche y va a parar a los peores bares. Anya irá descubriendo placeres como el de tocar la guitarra y cantar,   en una historia oscura que se desvela poco a poco embotando la situación vital de la protagonista.
Andrea Blanqué logra hundir el cuchillo en un Uruguay embotado y detenido. Aparece la ciudad desplegada en su deterioro, se notan las resistencias al cambio –lo que me fascinó tanto  y di cuenta de ello en mi Diario de Montevideo- .
Hay muchas fragilidades en el texto y en todas aparece un sub-relato que toca lo real, guiños de malestar polarizados en las incursiones de la protagonista en sus escenas cotidianas, casi al margen de ella. El relato se hunde en las calles de Montevideo y una va reconociendo sus singulares venosidades donde transcurre la historia.
En Atlántico, será la ciudad de Barcelona la que transita la protagonista. Lucía, una becaria que llega de su Montevideo natal a Barcelona ilusionada con una beca para el Conservatorio de Música y que suspende. La novela empieza con la protagonista deambulando entre las calles Bruch y Valencia y una siente su perplejidad porque las calles en realidad son arterias que nos llevan de un lugar a otro de la memoria.
La cualidad de su narrativa es que no solo te perfila los personajes y ambientes donde parece que estás dentro,  sino que los vives, como si tú también estuvieses implicada en la historia. La trama, escrita a dos tiempos, nos hace viajar de un tiempo a otro. En uno,  es Lucia quien escribe el diario. La desolación de la muchacha que deja una hermana en una casona antigua en la ciudad de Montevideo, ambas huérfanas. La historia paralela es narrada en tercera persona. El ambiente de la ciudad de Barcelona: el barrio gótico, el Raval, el Ensanche, la Travesera de Dalt,  cerca de Lesseps, el Parque Güell… y desde su diminuto apartamento de Poble Sec, ella mira desde un ventanuco donde se divisa “el campanario de una Iglesia y más allá,  El Tibidabo”. Ese ventanuco es el espacio vital donde se moverá la protagonista.
Al principio de la novela dice: “Estoy en Barcelona pero no estoy aquí”. En este relato resuena constantemente la novela de Carmen Laforet, Nada. Recordemos que la narración se ubica en un piso de la postguerra española en la calle Aribau, cerca de la plaza Universidad.
No voy a explicar la novela, solo punteo lo que me ha llamado la atención como el inicio y quizás el recorrido de una ruta que amparándose en ciudades como Barcelona y Montevideo, me une a la escritura de Andrea Blanqué por sus recorridos vitales desde la más extrañada mirada. Novelas como las de Andrea Blanqué no dan soluciones para ser más feliz, ni dejan un aroma a romance; tampoco relatan los grandes acontecimientos del pasado explicados por una protagonista desdeñosa. Son experiencias vitales que nos afectan, porque eso es la literatura.

Concha García




sábado, 15 de octubre de 2016

Alfabeto (Inger Christensen)






Mientras escucho un cedé de sonidos de pájaros para  sobrellevar  el ruido de la  ciudad que llega tras la ventana, abro el poemario de Inger Christensen recordando su afable rostro sonriente en Barcelona,  hace ya unos cuantos años. Recuerdo su cuerpo menudo y su potente voz enunciando sus acompasados versos. Entonces ella  tenía  cincuenta y siete años. Nació en Vejle, Dinamarca en 1935, y murió en 2009 en Copenhague. Su obra es considerada cumbre de la poesía danesa. Ha sido candidata al premio Nobel. Traducida a más de treinta lenguas,  recibió  numerosos premios, entre ellos el Premio Nórdico de la Academia Sueca. La editorial Sexto Piso inaugura colección de poesía,  y lo hace editando Alfabeto, que todavía no había sido traducido al castellano.
Según Octavio Paz, la poesía moderna se mueve entre dos polos, que él llama lo mágico y lo revolucionario. Lo mágico consiste en un deseo de regresar a la naturaleza mediante la disolución de la conciencia de uno mismo, que nos separa de ella. Lo revolucionario exige “la conquista del mundo histórico y de la naturaleza. Ambos fundamentos convergen en la poesía de la poeta danesa.
Alfabeto es uno de los libros esenciales de la poesía europea del S. XX. Se trata de un largo poema inspirado en las reglas que rigen la naturaleza y las matemáticas (era profesora de matemáticas). “Las proporciones numéricas están en la naturaleza, como la forma en que un puerro se envuelve a sí mismo desde dentro”, dijo al publicar Alphabet en 1981. Se basó en dos principios de composición. El primero es la secuencia de Fibonacci. El primer poema de la serie tiene un verso, el segundo dos, el tercero tres, el cuarto, cinco, y así sucesivamente. El segundo es el alfabeto. Cada poema y las palabras que utiliza, sigue el orden de las letras: a, b, c, d, e. Sin embargo, bajo esa forma aparentemente estricta, hay lugar para el azar. La autora emprende un viaje paradisíaco, donde poeta y lenguaje se fundan en unión. La lógica,  en el poema no existe. Solo aquello que ocurre en la poliédrica dimensión de la realidad. Hay algo extraordinario/ en la manera en que las palomas/ viven mi vida/ como una evidencia”.
La cadencia con su fuerza enumeradora dotan a la obra de una estructura sistemática que abre la conciencia de quien lo lee por todos lados. El poema parece estar escrito desde la cocina de su casa, una casa rodeada de árboles en cuyo exterior los animales, las plantas, el movimiento de las nubes, en fin, todo lo que existe porque lo vemos deja una evanescente impresión de visibilidad de lo invisible. El paso del tiempo sin que nadie se aferre al su detención melancólica, se mueve con una asombrosa precisión en el nombrar constante de todo lo que existe. Sentimos el oído, la voz, el olfato, el tacto, miramos con la lectura pero el poema se va introduciendo como una música lejana que envuelve y acerca su melodía hasta inundarte. Para Christensen, el lenguaje es directa emanación de la naturaleza, y los primeros versos de Alfabeto parecen brotar de la misma: Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen. Es su ojo quien nombra y quien mira: los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras/ y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno. El hidrógeno que posibilita que la bomba de cobalto exista, y que exista el poder destructivo del odio, pero también existen los niños que aseguran la continuidad del alfabeto, del mundo: Como si alguien hubiese/ juntado el tiempo/ y lo hubiese empujado/ a través de la puerta de/ una habitación”. Sin la traducción excelente de Francisco J. Uriz, que ha hecho concondar el vocabulario danés con el castellano respetando los 386 versos que forman Alfabeto.



sábado, 8 de octubre de 2016

del diario



No alcanzaba a ver si lo que sucedía era cierto. Había encontrado en el suelo un par de lápices, el lugar era muy pobre, devastado casi, las gallinas en la calle solían cruzar delante de la casa donde pasaba todas las estaciones del año. Hundí mi sentimiento en aquella luz y salimos para abrazar el aire. Todo aquello que parecía imposible sucedió estando sentada.