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martes, 18 de julio de 2017

Sobre Julia Uceda





La poesía de Julia Uceda (Sevilla, 1925) -sobradamente conocida sobre todo desde que se le concediera el premio Nacional de Poesía en 2003 por la publicación de sus obras completas -, nos ofrece el recuento de una serie de emociones sentidas de verdad,  que después de ser interiorizadas,  traen a la memoria un haz luminoso de palabras resonando en los tejidos más hondos. Allí donde podríamos ubicar imaginariamente la memoria afectiva: “cuchillos de madres como palabras, ecos/ de palabras dichas o no dichas pero/ oídas, siempre oídas”. Eso es el poema. Mostrar un reguero de posibilidades y de in-certezas.
Progresivamente la autora ha ido incorporando nuevos puntos de vista en sus textos y diversas referencias que tienden más hacia el hermetismo simbolista que hacia la anécdota de sus primeros libros. Lectora incansable no ha cerrado las puertas del saber y la curiosidad y por ello cada libro nuevo plantea una interrogación acerca del sentido de la existencia. El resultado es notorio, pues su escritura,  con cada libro,  da un paso más hacia la indagación, lejos de la mística y cualquier atisbo de religiosidad , nos arroja en un adentro. Como ha escrito Jacobo Cortines, intercala espacios de la intimidad para escuchar la voz de la memoria, sueños que son eco de otros sueños, vacíos donde se esfuma el cuerpo, territorios donde dialoga la sombra de lo que fuimos.
“Tampoco los espacios perdidos/ pesaban como ahora, calle pretérita,/ en camino a tu imagen de esta tarde./ en que veo a una yo dentro de yo sentada en la butaca/ -que entonces no veía: la madera/ muy clara de la mesa brilla bajo la luz. Fuera,/ los monjes del invierno que ya sabes...-/ cerrando un libro que nunca acabaría de leer”.
No sin cierto gusto por lo enigmático, en este poemario Julia Uceda ordena los poemas por orden alfabético. Pero el orden no marca el ritmo hacia ningún lado. Lo puedes abrir al azar.  En realidad, los poemas,  forman un círculo. Vemos que la influencia oriental acerca de la concepción del tiempo y el espacio (sincronicidad, circularidad) en la obra de Julia Uceda, cada vez más afianzada,  muestran pensamiento poético distinto al de otros compañeros de generación, lo que hace que su poesía se aleje de la tradición más castiza, algo gastada ya bajo mi punto de vista, de tanto uso, y sobre todo, porque al lector o lectora contemporáneos le pedimos a la poesía un sentido que no cuelgue tanto del tendedero de lo estético.
“Ni siquiera la memoria restos de un juego efímero/ en el que ya nada nos puede acontecer”. Las interrogaciones sobre el ser,  sobre los sueños o los recuerdos, sobre el olvido y la mirada, siempre mucho más intensa y profunda, de la poeta, dialogan  con el haya de su infancia, ahora convertido en un fuerte árbol. Es una hermosa metáfora del paso de los días, de esta manera la poesía llega de extraños lugares sin fecha y sin tiempo. “Vuelve la sombra antigua y sin sentido/ cuando la noche se despide: siempre/ la misma hora, desde hace tantos años/ la misma visitante/ ¿Ordené yo la muerte?/ Andes de despertar, dorados ojos enigmáticos / me miran con reproche, con tristeza. / Y en vano les pregunto”. El paso del tiempo posiblemente en algunos poetas convierta sus textos en logros filosóficos, porque ciertos aspectos de la realidad no carecen de poesía. La comprensión vital y generosa acerca del sentido de la existencia, eso es lo que han buscado muchos filósofos y en la poesía de Julia Uceda se extiende,  como un manto de palabras, una zona de la que nunca ha prescindido la autora de origen andaluz.  “El poeta es un ser molesto para el hombre que, simplemente, vive, porque es un ser que se adelanta a su tiempo y, en contraste, forma parte de la activa conciencia de él. Y mientras más honda es esa conciencia, más molesta para los demás”, escribió hace muchos años. 

Concha García

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