domingo, 15 de octubre de 2017

Sobre Ana Cristina César, poeta brasileña






Mediodía, Medianoche


La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno.
Clarice Lispector


Ana Cristina Cesar nació en Río de Janeiro, Brasil, el 2 de junio de 1952, y murió en la misma ciudad el 29 de octubre de 1983.
En el año 2003, durante un viaje a Buenos Aires, Teresa Arijón me regaló una excelente antología de poesía brasileña y argentina que ella misma había coordinado: Puentes/pontes. En ese libro descubrí la poesía de Ana Cristina Cesar y desde entonces soy una de sus más fervientes admiradoras.
Resulta extraño que la obra de una poeta tan buena haya pasado desapercibida en nuestro país. Hasta ahora, tan solo había una antología de nueve poetas latinoamericanas que contenía algunas traducciones de ACC,  titulada La maldad de escribir y se publicó también en 2003, en una editorial española, con prólogo y selección de María Negroni. También supe,  hace poco,  que en 2006 Angel Guinda seleccionó 30 poemas que también tradujo para la aragonesa editorial Olifante bajo el título de: Forma sin horma.

Preguntándome si escribir era realmente una maldad, llegué, hace mucho tiempo, a la conclusión de que una escritura sin esa maldad no me ha interesado nunca. Quizás, había, en el fondo, un rencor contenido, no por ello menos leve. “Escribir estaba reservado a los elegidos y la escritura hablaba a sus profetas desde una zarza ardiente. Pero se había tenido que decidir que las zarzas no dialogarían con las mujeres” (Hélène Cixous) . Un rencor histórico, por qué no decirlo, que se ha ido diluyendo a través de los años, aunque siempre está latente.

En el lejano horizonte de los años sesenta, comenzó a escribir Ana Cristina César. Había nacido en el seno de una familia de clase media y de tradición protestante. El contexto le favoreció bastante. Por un lado la situación política en Brasil, gobernado por una dictadura militar, hizo que estallasen,  en los 70,  movimientos vaguardistas y marginales;  gente que bebió del Tropicalismo de Caetano Veloso y Gilberto Gil embriagándose de libertad, donde era preciso reinventar un lenguaje poético y artístico despojado de academicismo.  En ese ambiente de represión y deseos de rupturas,  Ana Cristina Cesar comenzó  a escribir y a estudiar en la Pontificia Universidad Católica (PUC) licenciándose en Letras en 1975 .
Hoy, según la que había sido su profesora y amiga , la crítica Heloísa Buarque de Hollanda, la poeta es “añorada y considerada como el personaje más fascinante de su generación, además de ser un referente obligado cuando se piensa en la literatura de los años 70”.  Desde luego su obra se diferencia mucho del poema antiliterario o del artefacto de creación  que ensayaron muchos compañeros de generación,  dentro del movimiento marginal donde se integraron sus discursos. 

Me llamó la atención la rotunda espontaneidad que era capaz de transmitir con el lenguaje Ana Cristina. –contemporánea mía y sin embargo tan lejana en cuanto a los movimientos literarios que brillaban en los ochenta en España, de los que ya no queda casi nada-.
Ninguna reverencia a las formas: escribe lo que quiere y como quiere. Su propuesta es variopinta y política. El discurso no se moldea un una sola dirección, deja secuelas a su paso bajo la sombra de desechos autobiográficos y de ficciones incrustadas en el texto,  para dar forma a un arte poético al margen de todo lugar común. En el decir de Deleuze , su poesía no es una fuga, significa toda una ruptura.
“El tiempo cierra./ Soy fiel a los acontecimientos biográficos/ ¡Más que fiel, oh, tan presa! ¡Esos mosquitos que/ no me dejan en paz!/ ¡Mis nostalgias ensordecidas/ por cigarras! (…)”




Hay una pintura de William Hugarth, de la que gustaba Ana Cristina Cesar, titulada: Perspectival Absurdities. En su largo y magnífico poema “Luvas de pelica (Guantes de gamuza)” (1980), en unos versos hace referencia a dicha obra, y después de enumerar los detalles del cuadro, advierte que los fragmentos del paisaje son correctos, pero la perspectiva errada.
Haciendo un paralelismo, sus poemas alcanzan la misma visión que desencaja el orden de aparición, sus retahílas de frases disparan a matar cualquier atisbo de argumento convencional. “¿Por qué esa falta de concentración? / Si me amas ¿por qué no te concentras?”
La perspectiva es precisamente lo que más estremece. El cuidado desorden produce placer estético, pero antes necesita una voluntad de acomodación a esa nueva propuesta, o mejor, horma; de ahí el interés que todavía mantiene su escritura. Mueve. No importa hacia dónde va dicho movimiento.
Sabemos que en la obra de muchos poetas, si no es acompañada o retroalimentada del contexto donde fue escrita, se produce una pérdida de valor que sólo mantiene aquella poesía que sale a flote del tiempo que fue escrita. Esa es la razón por la que muchos poemas caducan y son barridos por el tiempo. Estoy convencida de que quienes se empeñan en considerar la poesía tan solo como un género literario, ayudan a que se descomponga  con mayor rapidez, sobre todo, si a los poemas les falta un vuelo de “vida”.



La mayoría de los escritos de Ana Cristina constituye “un cuaderno terapéutico” donde el sentido, desde el plano más convencional, se dinamita, porque lo que da sentido es la saturación de escritura. Todo le es útil. Desde diarios rebosantes de acontecimientos y reflexiones, a diálogos y discursos dentro de cartas o tarjetas postales, que, además, no concluyen nunca. (¿Acaso finaliza un poema?) Las misivas forman el tronco de su escritura fabulado en su vida. Imbricación necesaria: vida y escritura.
Sus tarjetas postales conmueven  tanto como los diarios:  despliegues de pensamientos interiorizados estallando en el papel. Leer esta poesía te hace cómplice, y a veces, zarandea;  es como recibir notas de alguien que sientes en la lejanía. Su presencia, un eco brumoso donde la realidad abre su imagen poderosa para fijarla en la inmediatez de sus destellos. Un rastro de impresiones, historias de paso carentes de principio y fin, alcanzan el nudo de un sentimiento afín. El sentimiento de sabernos también solos.
“miro mucho tiempo el cuerpo de un poema
hasta perder de vista lo que no sea cuerpo
y sentir separado entre los dientes
un hilo de sangre
en las encías”



Ana Cristina tensa la escritura para no acabar. Su obra resulta una suerte de summa literaria, en un efecto de escritura infinita y mutante que gira y gira,  para que en el movimiento caigamos en la cuenta de que eso “yo también lo he sentido”. Ya lo dijo Gombrowicz, la literatura está más bien al lado de lo informe y lo inacabado. Ninguna metáfora al uso puede sobrevivir en estos textos, sólo asociaciones, palabras vaciadas de su sentido anterior que llegan a la consagración del instante.


La poesía es tiempo detenido, condensado en una emoción o en la representación de la misma mediante el uso de la metáfora. Se puede llegar a prescindir de ella, entonces sólo sale el grito, el gemido,  Acaso no siempre sea tan intenso ese ejercicio.
Se puede ir de un lado a otro, imbricarse, el adentro y el afuera dentro del mismo texto, salir y entrar. Abrir la brecha temporal en palabras hechas de “instantes-ya”, se escurren en una agobiante sucesión de imágenes que transmiten trozos de vida. Multiplicidad en varios planos, agónicas conclusiones, destellos de un discurso resquebrajado sostenido en el pensamiento que no cesa: “me acuerdo de la radio a mil dentro del auto/ y de una saudade innata” .
Estoy de acuerdo con Teresa Arijón, creo que Ana Cristina es una “de las poetas brasileñas que merece mayor atención, creadora de un estilo en la secuencia de las palabras, investigadora constante del idioma que la preocupó y la formó –el inglés, del cual fue traductora notable- como parte integrante de su poesía”. 


Sin ser confesional extiende un manto de reflexiones autorreferenciales que se contradicen, mezcla los significantes, y las sensaciones son mostradas mediante otros idiomas que chocan con las intertextualidades literarias que aparecen en forma de citas ocultas. Volvemos a la imbricación de la que hablaba. Sus autores adorados habitan los textos mimetizados: Mansfield, Pessoa, Plath, Dickinson, Baudelaire, Kafka,  Gertrude Stein, Bishop, Kerouak,  Foucault, Benjamin….( a todos ellos  admiraba y estudiaba) o de conceptos e ideas. La temporalidad en ella va a ciento cincuenta kilómetros hora, de tanto en tanto se detiene, bruscamente, obligando a quien la lee (ella no sugiere) a efectuar un trabajo de ensamblaje, como en una pintura neorrealista, no hay representación mimética, no copia el mundo, le quita la perspectiva a la que estamos habituados,  hace sentir que la trepidante fuerza de sus imágenes también nos pertenecen.


Pero sin duda, y me remito a una expresión de Clarice Lispector, a quien admiraba Ana Cristina, “la mejor crítica es la que entra en contacto con la obra del autor casi telepáticamente”. No pararía de decirlo. Nada que objetar si el texto te llega, nada que añadir si el reborde está seco y en una estría sangra. Gusta o no gusta.
En los poemas que recoge esta antología, traducida y seleccionada por las poetas argentinas  Teresa Arijón y Bárbara Belloc, entras y te quedas. Se deconstruye un orden  (al que sin embargo estás habituada);  un orden preciso formado por un hondo charco a fuerza del goteo constante de la costumbre. Algo se altera cuando entro en estos textos.  Ana Cristina no susurra, el poema lleva, con bastante ironía en muchos casos, a un pliegue, a un lugar donde ella sabe que todo lo que existe no es enunciable.
Virginia Woolf, a aquellos que le preguntaban en qué consistía la escritura, respondía: “¿Quién les habla de escribir? El escritor no habla de eso, está preocupado por otra cosa”.
¿Qué le preocupaba a Ana Cristina?  Se tiró por la ventana del apartamento de sus padres, con poco más de treinta y un años.  Durante casi un año, pero aún en sus primeros textos, forjó suicidios cotidianos al mismo tiempo sinceros y fraudulentos como sus confesiones poéticas. “Estaba el diario – escribió en una de sus cartas- , donde yo podía escribir mis verdades. Mis inquietudes, mis aflicciones personales (…) y estaba la poesía, que era otra cosa, y que yo no entendía bien qué era. Hasta que empezaron los dos a aproximarse. (…) La poesía quería revelar, y el diario no conseguía revelar”.

Esta antología contiene poemas de sus libros: Cenas de abril (1979); A teus pés (1980); y Luvas de Peluca (1982);  así como poemas dispersos, no publicados en vida de la autora (fechados para la edición). El orden de los poemas no es cronológico  -un orden obvio en todas las antologías y que no obedece habitualmente a la fluidez de la escritura-. Hemos querido priorizar el caudal emocional e histórico de lo que dejó escrito. Las traductoras han respetado esa corriente interna que no tiene nada que ver con cronologías al uso.
 Por último queremos añadir, y estoy convencida de ello, que Ana Cristina Cesar es la Alejandra Pizarnik de Brasil. Mujeres,  que,  como ángeles caídos,  han dejado a su paso un impulso, una razón, un discurso, absolutamente des-interesado que arrastra un contenido que nos afecta de una manera o de otra,  porque en su escritura el significado siempre está en movimiento, como el vuelo que hizo posible el nacimiento de estos textos.


(Prólogo a Mediodía Medianoche. Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc. Amargord, Madrid 2012)






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