domingo, 8 de julio de 2018

lunes, 25 de junio de 2018

Olga Orozco












Señora tomando sopa

Detrás del vaho blanco está el orden, la invitación o el ruego,
cada uno encendiendo sus señales,
centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.
Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino,
por una pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.
Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento:
rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.
Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:
se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,
y sola en lo más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos
y donde no es posible encontrar la salida.

Ahora que no hay nadie,
pienso que las cucharas quizás se hicieron remos para llegar muy lejos.
Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,
hasta el último invierno, hasta la otra orilla.
Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,
la que traga este fuego,
esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,
nada más que por puro acatamiento,
para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,
como si fuera tiempo todavía,
como si atrás del humo estuviera la orden, la invitación, el ruego.


(Fotos tomadas en Toay, Casa Natal de Olga Orozco, Concha García)
POEMA SIGUIENTE 

jueves, 7 de junio de 2018

Alejandra Pizarnik y su tumba en La Tablada, Buenos Aires




Para llegar a la Tablada, población situada en el distrito de la Matanza, al oeste de Buenos Aires, hay que tomar dos autobuses y un tren, atravesar una infinidad de barrios observados a través de la ventanilla, casi todos iguales, casas bajas, comercios, aceras resquebrajadas y arboledas, mucho más difíciles de encontrar en la ciudad de Buenos Aires. Algunas casas están muy viejas, las calzadas no se han remozado desde hace años, la vía del tren la atraviesa sin cortarla porque toda ella está hecha a retazos. Decidimos ir a La Tablada, con la poeta Bárbara Belloc, uno de los días más lluviosos de mayo. La lluvia no iba a impedir la excursión que nos llevaría a verla tumba de la poeta Alejandra Pizarnik. El cementerio israelita de la Tablada es el más grande de Latinoamérica. Al llegar a la población, tristemente también conocida por el asalto al cuartel militarde la Tablada en 1989, con la lluvia calándonos, nos acercamos a una remisería –un coche de alquiler- para que nos llevara el cementerio. El conductor se sorprendió al proponerle el trayecto, no tenía ni idea de quién era Pizarnik, le interesaba hablar de la situación política en Argentina y comenzó a darnos datos que compartíamos.  El dólar había subido el día anterior lo suficiente como para provocar una inflación que ni el Fondo Monetario Internacional iban a impedir, todo lo contrario, los ajustes que suele pedir ese Fondo son mortíferos para la población.
Llovía tanto que apenas pudimos atravesar la acera sin mojarnos bajo un paraguas. Mientras recorríamos el largo paredón con inscripciones judaicas, no dejaba de asombrarme. Un empleado apellidado Meizón, nos ayudó a encontrar donde estaba la tumba de la poeta mediante un archivo virtual –hay más de 15.000 tumbas en La Tablada. En un ordenador tecleé su apellido. Había que recorrer un pasillo central y girar a la derecha y otra vez a la izquierda, pero la lluvia formaba un cortinaje tanespeso que se nos hacía difícil llegar. Alejandra Pizarnik se suicidó con 36 años en Buenos Aires. Nació el 29 de abril de 1936, provenía de una familia judía polaca que tuvo que huir hacia la Argentina como tantos otros. Admiramos su obra, su poesía se extiende desde la mente al cuerpo, es lúcida y dolorosa, te puede absorber hasta quedarte dentro, entre sus versos y la lectura está Alejandra. Pocas escritoras han llegado a comunicar la soledad y el desamparo como ella, sin artificios, a cuerpo descubierto. Lo que atrae es precisamente esa desnudez que nos atraviesa.
Bárbara me dice que la poesía de Pizarnik, en Argentina,  a temporadas es más o menos leída. No se mantiene un interés lineal. De repente, irrumpe de nuevo. No depende de nada, porque es palabra viva . La impresora saca un plano a color de la ubicación de las tumbas en el cementerio. Sector azul, Manzana 21. El predio, es decir, los terrenos para construir el cementerio fueron comprados en el año 1936, pero la primera piedra se colocó en 1950. El cementerio tiene tres partes, en una están enterrados la rama asquenazí, de procedencia europea oriental y central, en otra, los sefardíes, de procedencia portuguesa y española. Recientemente se inauguró otra zona para quienes resolvieron convertirse al judaísmo, pero no lo hicieron por los ritos y conducción de rabinos ortodoxos.
Ante la insistencia de la lluvia un operario llamado Marcelo llega con un carrito como los de golf y nos acompaña amablemente a la tumba de Alejandra bajo la lluvia. Estábamos solas, y el momento no carecía de cierta emoción. En la lápida una foto de ella junto a su padre, -con quien tuvo muy mala relación-. Bárbara me cuenta que los caminos de la poesía son curiosos. Una vez vio a un muchacho que leía un poemario suyo en una plaza en Villa Devoto, alguien le explicó que ese libro fue robado por otra persona que, aprovechando un descuido del lector, salió raudo para sustraerlo.
Mi primer recuerdo de Alejandra  esuna fotografía que me enseñó el pintor Antonio Beneyto, en Barcelona y acababa de publicar –en 1975-  una antología de su obra por primera vez en España la editorial Ocnos. Comenzamos a leerla poco a poco, cuando EstherTusquets decidió editar su poesía completa, sin ese temor que tienen los editores a que alguien desconocido no sea leído y por ello nada rentable. Fue una buena sugerencia de Ana María Moix y Ana Becciu.
El paisaje se extendía bajo la lluvia y las lápidas de mármol oscuras, sin apenas flores, resonancias con el nombre de la poeta que en realidad se llamaba Flora Alejandra.

Concha García
Publicado en Aladar (Correo de Andalucía)









sábado, 21 de abril de 2018

Poema de Teresa Arijón





Si fuera hombre usaría
la navaja de mi abuelo para afeitarme-
rozaría lentamente el hueco del mentón,
trazaría los ángulos del rostro con precisión de esteta.
Ha de ser un magnífico ejercicio de conciencia y de pulso
mirarse cada día al espejo,
navaja en mano.

viernes, 13 de abril de 2018

VENECIA MIRADA DESDE LA ACERA







VENECIA MIRADA DESDE LA ACERA

Me permito continuar escribiendo de Venecia, ciudad sobre la que tantos escritores, y pocas escritoras,  también han hablado. Me sumo con la intención de que en algún momento os pueda ofrecer un libro, la tentación es poderosa. El nombre de Venecia me lleva a la metáfora de un baúl imaginario. Cada vez que lo abro aparecen inusitados objetos. No puedo imaginarme un ordenador, donde caben muchísimas más cosas, sin embargo aparece precintado para el tacto.
Venecia está formada por cien islas agrupadas y rodeadas de centenares de otras. Los antiguos habitantes de la laguna se apoderaron de los puntos más altos y de esa obra de ingeniería el resultado dio una visión absolutamente diferente a lo que solemos mirar cuando vives en una gran ciudad con su monótonos semáforos a la espera de que cambien para cruzar la calle y los ruidos constantes. El Gran Canal tiene forma de interrogante a vista de mapa. Cuenta Goethe que Tiziano y Veronés plasmaban magistralmente la claridad de la ciudad porque era todo luz. No hay más que mirar sus pinturas.

Me detengo en los pequeños detalles mientras paseo hacia el Guetto, no puedo dejar de observar las figuras incrustadas en la piedra con cabezas leonadas humanizadas, cuando avanzas o retrocedes siempre hay algo que mirar, un dintel ladeado de madera, una fotografía del lugar cincuenta años antes, el brocado de un pozo de mármol, hay decenas de ellos. Veo una cabeza de piedra diminuta incrustada en la pared, un pomo en forma de león, unas bisagras centenarias. No es minimalista, se trata de fragmentos, de incrustaciones, de señales que en el camino encuentras tratando de no detenerte ante atractivos escaparates con bellos objetos fabricados en cristal de Murano. A nuestra vista también los menús de restaurantes y los tenderetes con máscaras, metáforas del goce del instante, en las claves ideológicas del pensamiento, tras las cuales se oculta el hombre con el fin de no asomarse a las profundidades de su ser. El agua quieta de algunos canales refleja las puertas y ventanas de las casas, las más altas de la ciudad que se encuentran en el Guetto de Venecia. El Guetto era una isla en el distrito de Canareggio a la que se accedía por dos puentes en el s. XV, cuando  judíos de distintos lugares de Europa fueron a refugiarse. Todavía se puede ver en el callejón que da acceso las letras pintadas: Calle Guetto novíssimo. Me atrae el aire de estrechez de  sus callejones. Es sábado, estamos buscando un restaurante para tomar pizza pero en este barrio las familias están reunidas y algunos hombres tienen en la cabeza la kipá, casi de uso exclusivo para varones, la cabeza se cubre y recuerda que no somos tan grandes como el ego. No nos atrevemos a entrar y miramos tras la cristalera. Vemos una celebración donde la gente baila,  ríe, es una escuela de rabinos. Atravesamos la plaza Campo di gueto nuovo sin dejar de pensar en el memorial que acabamos de ver en las paredes de la Casa di Reposo, se trata de un homenaje a los deportados a los campos de concentración. La plaza alberga el museo hebraico. Queremos captar el instante con las fotos, pero no se puede. Me gustaría hablar de la belleza y no puedo, no tengo palabras. ¿Cómo describir lo que se percibe en un instante? Solo la poesía puede acercarse. ¿Qué poema? Y pienso en Ezra Pound. Vivió en un callejón junto a su compañera, la violinista Olga Rudge, que sacrificó su carrera musical para irse con él. Con ella también pasó los últimos años de su vida. Los panfletos antisemitas en plena segunda guerra mundial transmitidas por la emisora fascista Radio Roma hizo que fuese repudiado. Pound culpó a la usura del cáncer del siglo y a los banqueros judíos de Europa y Norteamérica de ser los responsables de ese cáncer. Tiempo después lo procesaron por traición a la patria. Seguiremos.

Concha García
Publicado en Aladar (Correo de Andalucía) 7/4/2018

sábado, 31 de marzo de 2018

Taller de la poeta Gema Albornoz






Acerca del yo en el poema


Miles de veces al día quiero llegar a mi centro, a mi inicio. Ahí es donde creo que está mi YO. Como Descartes, busco mis inicios en ese YO moldeado por el tiempo, por las vivencias, percepciones y por la propia personalidad.
Cuando escribo desde ese YO puedo incluir todos los elementos que están dentro de él, desde mis gustos, mi perspectiva de lo que me rodea, mi fantasía e imaginaciones o deducciones lógicas o ilógicas. Porque ese YO divaga, en muchas ocasiones, de un punto a otro sin lógica aparente. En esas ocasiones, los enlaces que hace mi mente entre uno y otro son únicos, dentro de ese tiempo, ese espacio y esa persona que soy en ese tiempo y espacio.
De alguna forma, identifico ese YO con la conciencia de mí misma. Tiene el poder, incluso, de variar las realidades que vivimos, percibiéndolas de otra forma.
Cuando me adentro para conversar con mi YO, reflexiono desde lo más profundo de mí; esa persona con experiencias, vivencias y conceptos aprehendidos piensa, habla y desarrolla un nuevo estado, pensamiento, realidad. Porque realmente pienso que las experiencias nos modelan. Nadie ha pasado, sufrido, disfrutado, las mismas vivencias que nosotros. En unos momentos somos UNOS y tras esas situaciones somos OTROS. El tiempo cumple un factor primordial, ya que nos enseña cuáles serán las relaciones, emociones y sentimientos duraderos y los que son pasajeros. Es por eso que aceptamos los YOES de los demás, acercándolos a nosotros, queriendo ser como ellos en algún aspecto, forma, detalle. Pero nada permanente.
Del ensayo de Diana Bellessi que estoy leyendo he extraído una cita que dice: «el habla sería el artista y el poema el artesano, y a la voz podríamos llamarla Dios, o mejor, todo lo que existe». Me hace pensar de la búsqueda de esas conversaciones diarias en las que me encuentro con mi YO, mi Dios interno de todo lo que existe y veo y siento y me adolece.
Miles de veces al día quiero llegar a mi centro, escudriñarme, escarbarme, descubrirme, hablarme desde ese minuto en que sitúo como punto de partida.

viernes, 23 de marzo de 2018

Venecia











La llegada a una ciudad donde solo has estado en secuencias imaginadas, nunca nos devuelve la imagen que teníamos de ella. La mente hace trampas, por mucho que hayas visto fotografías, leído reportajes y libros, y de rechazarla tantas veces como amarla, solo con el cuerpo puedes disfrutarla.  Rechacé Venecia muchas veces. La rechacé por demasiado hermosa, porque todos hablaban muy bien de ella, porque la suponía inundada de masas y ella misma una masa de islas sobre una laguna llena de puentes y palacios bordeado de gente. Pero nuestra llegada a Venecia fue en un día de lluvia. Empezaba el carnaval, hace apenas un  mes.
Cerca del aeropuerto esperamos el vaporetti, largas colas de gente esperando diferentes líneas, el frío hacía desear que llegara lo antes posible. El vaporetti a lo lejos, emergía del agua ofreciendo un aspecto fantasmagórico. La cristalera de la nave estaba demasiado alta sobre los asientos y sólo se podían ver  las gotas de lluvia chocar contra ellas, la ciudad se escondía a medida que avanzábamos hasta que llegamos a la Madonna dell’Orto apenas seis personas descendimos atravesando un pequeño muelle flotante. Todo era para ser mirado, ni una ventana, ni una esquina del barrio Canareggio,  podía ser desdeñado. Al encontrarnos con el primer puente, sentí la extrañeza que emanan los lugares donde el tiempo no ha pasado tan deprisa devorándolo casi todo. Somos tiempo y vida.  El silencio –ni un motor, solo el de algunas barcazas- ni una bicicleta, ni objeto con ruedas para transporte se permitía en aquella magica isla superficie construida sobre una laguna hace siglos. La plaza de Nuestra señora del orto vacía, caminamos por la fondamenta Contarini, hasta una ostería también vacía, silencio absoluto, ni siquiera había turistas. Después de comer atravesamos otro pequeño puente y caminamos por la Fondamenta del Ormesini. Las puertas, las casas, las ventanas, todo parece doble reflejadas en el agua. Goethe ya dijo hace dos siglos que Venecia solo era comparable a sí misma. No encuentro analogías, solo fragmentos de lo que miro que regresan de nuevo a mi memoria sin orden alguno. Ya no queda más remedio que callejear, atravesar algunos de los puentes de esta ciudad que me recuerda el principio de alguna película de Antonioni, la niebla levantándose, la ropa oreándose en tendederos que abarcan toda la calle, tan parecidos a los de Nápoles y otras ciudades italianas. La falta de espacio se nota, pero qué importa,  no soy yo quien tiene que tender esas sábanas y arrastrarlas por un canalillo hasta completar la cuerda, aunque me gustaría serlo. Me permito soñar,  habitar donde no estoy, imaginando que soy otra, es la manera de no juzgar nada. Recuerdo una pintura de Monet, el Palacio de la Mula, el agua y el palacio se funden en una impresión, el edificio hundiéndose entero en las aguas azuladas. Las ventanas góticas y las puertas que dan al agua no prfecen reales, solo puedes salir si tienes una pequeña embarcación. La ficción no iguala la realidad. Los viajes, en la era del capitalismo, están concebidos para marcar un territorio de productos consumibles, nada más extranjero que los turistas. No quiero culparme, formo parte de ellos. Los pilotes de madera (briccolas)  que salen del agua parecen dedos erguidos que señalan los canales de navegación. No pienso en poetas sino en pintores, en herreros, en yeseros, en máscaras, muchas máscaras son las que hay en todas partes, la mayoría de fabricación china, pero cuando te encuentras con máscaras configurando la figura humana entonces el traslado es aún más potente. No pensar en lo que cada día piensas es una manera de ejercer la potencia del pensamiento, puede que si solo te recreas en la belleza acabes interrogándote cuánto costó que aquél palacio terminara construyéndose, la vida se agita y se muere, nace de buevo y vuelve a desaparecer, Venecia convoca la continuidad de la vida, no hace falta que estemos presentes, solo para disfrutar, por ejemplo, de un sabroso trago de Spritz,  en una cafetería, bajo el puente de Rialto, dos hombres entran, padre e hijo, tienen el mismo perfil de rostro, recuerda tanto algunas pinturas , parecen judíos, piden dos spritz y un pastel de chocolate con nata, sus rostros podrían ser los mismos de dos hombres hace trescientos años, nos reencontramos los mismos rostros ¿a qué me recuerda? Sí, ya sé que es narcisista buscarte en las ciudades donde no has estado, pero es que en Venecia ya estuve. Continuaremos el viaje.




(Publicado en Aladar. El Correo de Andalucía. 17 abril 2018
Fotografías de C. García - derechos reservados






miércoles, 14 de marzo de 2018

Taller de la poeta con Cecilia Silveira







Reflexión acerca del Yo en el poema

Cuando me hago la pregunta sobre el yo en el poema, la sola idea de pensarlo me produce
una sensación de simetría, o quizás de lateralidad. Me veo al lado del yo, y al mismo tiempo
me siento como la parte complementaria de ese yo, como si esa otra parte fuera muda, y el
mí tuviera la voz. Pero al tener la voz, lo que dice ese yo pasa por mi garganta, y eso la
convierte en mi voz, quizá en un altavoz de lo que dice ese yo.
Muchas veces ese yo nos dicta lo que hay que decir, pero nosotros tenemos un filtro, y no
queremos o no podemos decir o nombrar algunas cosas, y digo nosotros, porque ni el yo en
el poema es uno solo, ni cuando le damos voz somos en singular, es un juego de espejos
múltiples, y al final una de las facetas toma protagonismo, y dirige el poema.
Cuando se logra que el protagonismo tenga un tono común en un conjunto de poemas, se
consigue contar una historia, con su idea original, su desarrollo, y su cierre, aunque no sea
en una cronología lineal, sino en varios niveles, y con desarrollo tangencial.
En el momento de escribir, esto no se tiene en cuenta, yo no lo hago mientras escribo,
necesito que me llegue el mensaje del yo, y poder exponerlo dejándolo pasar por mi cuerpo.
Ahí se incorpora el tema del cuerpo, que se relaciona con el verbo ser, y el yo en poesía
con el verbo estar. Somos cuerpo, y estamos en él a través del yo . En inglés el ser y estar
se confunden en el “ to be”, y siempre me llamó la atención cómo se perdía esa dualidad. La
poesía conecta esos dos estados del verbo, quizás esto ocurre en todos los verbos. Eso es
lo que estoy investigando, sobre lo que escribo ahora.
Creo que los verbos son el entorno natural para el yo, y que por medio de las conjugaciones
y las personas se crean las facetas múltiples que se van a reflejar en el poema.

domingo, 11 de marzo de 2018

del diario (López Velarde)



Esta es la mesa preparada para comer, era de la familia del poeta mexicano Ramón López Velarde. La mesa está detenida hace muchos años, así como los platos y cubiertos, las flores,  cambiadas de tanto en tanto, son los únicos elementos vivos que darían cuenta del paso del tiempo si no se cambiasen,  y convertirían esta mesa en un bloque de muerte,  aún sintiendo la vida. Los objetos nos anteceden y nos preceden. No sé qué sentido tiene la vida.Los libros dejan huella de una escritura que no siempre satisface la voracidad de este agujero que,  mirando la mesa en Jerez, cerca de Zacatecas, me conmovió hasta hacerme llorar, pero lloraba porque no encontraba al poeta, ni me encontraba a mi. Todo era pura escena.

sábado, 3 de marzo de 2018

Rae Armantrout (poema)




Espónsor

Condujimos hasta el cenagal y caminamos un rato
por el sendero irregular.

Aquí crecen plantas
que no se ven en ninguna otra parte,
dijiste.

¿Salicornia? ¿Lentejas de agua?

Pipetas con ramificaciones.

*

Entre veinte colinas pardas
lo único que se movia
era el camión de la Coca Cola.

(Trad. Natalia Carbajosa)

lunes, 19 de febrero de 2018

un poema (Concha García)






Salimos del cuarto
era un hotel
el día caracoleaba
te entregaron
una fotografía
de las antiguas.
Soportar
la imagen
en ambas
direcciones.


lunes, 12 de febrero de 2018

Paseos barceloneses







STREET ART/MODULACIONES URBANAS

Hace unos días la televisión mostraba a un empleado del metro en Madrid intentando disuadir con un extintor a unos jóvenes que estaban pintando unos grafittis en el vagón. La escena era violenta, y si en un primer momento piensas que la acción suponía un peligro para los chicos a la vez que acto de vandalismo cívico, casi simultáneamente te preguntabas: ¿Por qué así? ¿Nos dan la noticia para que nos produzca un primer instante de rechazo?
Caminar en grupo bajo la dirección de Gabriela Berti, autora de “Pioneros del graffiti en España” nos ayuda a comprender el fenómeno grafittero en las grandes ciudades. Comenzamos la ruta en la Fábrica Lehman, en el ensanche izquierdo barcelonés, un barrio de moda donde cada vez es más cara la vivienda. La Fábrica se había instalado en 1891. Era de una familia judía alemana, tenían la sede en Nuremberg. Trataban de abrir mercado poniendo su interés en la clase social más modesta. Las muñecas de porcelana que fabricaban necesitaban una elaboración que ocupaba a bastantes trabajadores y trabajadoras –la familia Lehmann fue aniquilada por los nazis alemanes y quienes quedaron en Barcelona huyeron por miedo al dictador Franco- . El recinto se conserva como hace años. Recuerdo haber pasado por el mismo hace poco, todavía encontrabas talleres sobrevivientes al desarrollo industrial.   Ahora el espacio se ha gentrificado y ofrece alquileres para artistas y arquitectos. Las ciudades cambian y la modulación urbana está en constante movimiento. Gabriela Berti nos invita a caminar por las calles colindantes para apreciar los abundantes graftitis.
Caminar es muy saludable, sobre todo si no tienes prisa y cambias la mirada de los lugares acostumbrados. Recordé haber leído que Virginia Woof , paseando por Tavistock Square,  encontró la inspiración para escribir Al Faro;  Baudelaire paseaba por los pasajes parisinos. La ciudad está llena de códigos, de pistas, de trazos que apenas vislumbramos. Nos dirigimos de un lugar a otro sin pensar donde estamos. Creemos que la obra de arte debe estar encerrada en un espacio, que los cuadros deben estar pintados dentro de un marco, que los árboles alguien pensó en ponerlos y nos olvidamos de su necesaria presencia. Lo que pensamos genera nuestra realidad pero no es la única. A través de las vanguardias rusas   -el poeta Mayakovski fue el creador de eslóganes breves y directos en los espacios-  supimos que el arte debía salir de lo museos.
El arte era un bien concebido para la burguesía. Ahora es para las multitudes y se ha convertido en un fenómeno de masas. Pero continuando con lo que decía, comenzaron a surgir grandes murales con claras consignas políticas, los murales en Cuba o en la Ciudad de México fueron un capital ideológico de primera magnitud. Acostumbrados a los grandes carteles publicitarios no nos damos cuenta de la constante emisión de mensajes que nos invaden cada día. En las paredes de las ciudades encontramos murales no solo publicitarios, son consignas dirigidas a la clase política. Cada vez hay más artistas de lo efímero. Los grafittis dejan la señal de su autor o autora, hay que saberla reconocer, puede llegar otro y pintar encima mejorando el anterior, existe un código que se respeta. Nacieron a contracorriente de las vanguardias neoyorquinas  a finales de la era Reagan,  en los años setenta en Estados Unidos junto al Hip Hop,  en los barrios más pobres.  Los jóvenes sin formación académica comenzaron a dejar sus señales con la voluntad de visualizar su descontecto. Es una llamada de atención,  una manera de decir: estamos aquí.
A España llegaron más tarde, en la década de los ochenta. Podemos verlos en muchos formatos. Hay firmas anónimas en las paredes que dejan como señal un círculo o flechas en cualquier dirección, sin inencionalidad alguna, solo la de dejar la huella y jugando con la identidad puesto que suelen ser efímeras y se crean en los lugares más degradados y en soportes móviles como el tren, el metro, o cualquier camioneta. Los escritores graffiteros no actúan  por una misma razón, utilizan sus firmas (tag) para identificarse, pueden también ser letras o muñecos. Como dice Gabriela,  hay gente que piensa que los graffitis son vandalismo sin cuestionarse si las publicidades de tamaños bestiales en el espacio público, o la publicidad de las mismas instituciones públicas, ejercen una violencia visual e imperativa sobre los ciudadanos.
Los grafittis nos increpan, nos mueven para decirnos que en la ciudad existen,  que no están dispuestas a mantener el orden impuesto bajo la idea de una ciudad higienista, un arma de doble filo. Varias iniciativas cuyo objetivo es la gentrificación del barrio hacen todo lo contrario –ha sucedido en el Raval, en Poble Nou, o en Lavapiés y Malasaña en Madrid-. La denuncia contra el capitalismo y las desigualdades sociales que reflejan los grafittis, es un arma política para los excluidos, pero también es utilizada por los especuladores. El propio ayuntamiento en alianza con empresas interesadas  llaman a grafitteros que convertirán las paredes en piezas que deben ser remodeladas y romantizadas,  además  decoran puertas, persianas comerciales, escaparates.  El barrio se va llenando de peluquerias hipster, tiendas de alimentos  ecológicos, negocios vintage, a la vez que los vecinos de toda la vida tienen que irse a barrios más lejanos, si es que pueden, para dejar sus casas a los siguientes inquilinos de amplio poder adquisitivo. Después llegará la inversión pública y donde había un descampado con jeringuillas veremos un huerto ecológico.

Publicado en Aladar, el 3 de febrero de 2028
Concha García








jueves, 8 de febrero de 2018

del diario







La casa del amor no es una casa. La palabra amor me disgusta, habría que pensar en “otra cosa”, tan real, tan certera. Sin embargo, no puedo sentirte “todo el tiempo”.

Algo así, algo así, mueve al mundo.

C.G.

viernes, 26 de enero de 2018

Zacatecas y la poesía




Zacatecas
Llegué a Ciudad de México a las 5 de la mañana del 4 de diciembre pasado,  y en el aeropuerto me dije:  ¿qué hago a estas horas? Tomé un taxi desde la propia terminal y le pedí que me llevara al hotel situado en Colonia Roma. No tenía ni idea de la distancia que había entre un lugar y otro. El taxi recorría calles muy mal alumbradas y entre aquella oscuridad urbana no podía adivinar si me gustaba o no la ciudad. En el hotel, el recepcionista,  con mucha calma me dijo que hasta las ocho no podía entrar en la habitación y le rogué disponer de ella antes. Miró parsimoniosamente varias fichas, luego un largo listado y me dijo:  ¿es usted una de las poetas invitadas, cierto? Sí, -le dije-  y tuvo consideración dándome una habitación en la primera planta desde donde solo se veía un patio con más habitaciones.  Me eché sobre la cama hasta que adiviné que había amanecido a las ocho de la mañana.  Colonia Roma es uno de los barrios más dañados por los terremotos que asolan la ciudad. También es un barrio moderno, lleno de cafés y librerías. La avenida Álvaro Obregón lo divide en dos. Está lleno de casas catalogadas, en ruinas algunas. Aquí se encuentra la casa donde vivió el poeta Ramón López Velarde durante los tres últimos años de su vida. Ahora es la Casa del Poeta. Como todo tenía que verlo a golpe de instante apenas pude recrearme en cada uno de los edificios o cafés vistos a vuela pluma con el poeta panameño Javier Alvarado y la directora de la Casa, también poeta. Nada más lejos que la imagen de una directora es la que tiene Carmen Maza, que se fue a vivir a México desde su Gijón natal. Se me iban cayendo los estereotipos a medida que pasaban las horas y era tanto el estímulo que recibía que comencé a ser otra. Recordé el relato Borges y yo: “Yo camino por Buenos aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas…”, y así hasta que nos fuimos encontrando en la Casa del Poeta un número considerable de quienes nos íbamos a reunir al día siguiente en Zacatecas. Que nadie piense que un poeta es igual a todos. Ninguna palabra puede generalizar a nadie ni nada.
Cuando me bajé del autobús después de casi nueve horas de viaje desde México DF, tenía una sensación moviente en mi cuerpo y pensé:  ¿y si no vuelvo a recuperar la estabilidad? Llegamos a un hotel muy lujoso a las afueras de Zacatecas. La ciudad,  situada a 2.400 metros sobre el nivel del mar, en la época colonial española fue uno de los mayores centros de extracción de plata;  queda la huella en sus edificios coloniales. Me abstengo de comentarios acerca de la ambición europea que ha recorrido todos los siglos. En el último tramo del viaje podía divisar algunas torres y cúpulas. Las construcciones se adaptan a su accidentado relieve,  y como siempre que llego a una ciudad desconocida,  me dieron ganas de recorrerla entera. Había dos grandes inconvenientes. La peligrosidad de la misma a aquellas horas -no es un mito la pobreza de México-, tampoco lo era la extrema belleza que guardaba la ciudad  y mi imposibilidad de desviarme del grupo de poetas.

Nos bajamos todos los poetas y nos agolpamos en la recepción, hacia tanto frío que no apetecía dar una vuelta para descubrir el entorno. Mi habitación era una suite, mucho más grande que el apartamento donde he vivido varios años. Desde la ventana, al fondo, vi pasar un tren de mercancías y me detuve a contemplarlo antes de abrir la maleta. En unos minutos pasaron de nuevo a recogernos para llevarnos al centro de la ciudad, a la casa del poeta Abel García Guizar. Era una casa muy decorada al estilo mexicano, decenas de figuras de barro e ilustraciones riéndose de la muerte.  Al fondo, junto a la cocina,  una escalera de caracol conducía a su salón privado llamado Pulgatorio, escrito con una cuidada caligrafía. Cuando miré hacia arriba estaba tan mareada que no tenía cuerpo para ascender,  por lo que me ofrecieron una plataforma, donde me acomodé acompañada por el atento fotógrafo Pascual Borzelli . La sala estaba llena y Leticia Luna leyó sus poemas. Su voz me acogió. 
Contemplaba la preparación de una bebida que nos ofrecerían al final. La bebida era dulce. Bajamos poco a poco con Humberto Avilés, Antonio Rodríguez Jiménez,  Carmen Nozal, Mohamed Ahmed Bennis, Federico Bonasso, Guadalupe Ángeles, Minerva Margarita Villarreal, Ulises Córdova, Margarita Laso… entre muchos más,  y el poeta zacatecano José Jesús Sampedro, que organiza el festival de poesía “Ramón López Velarde”  desde el año 1988 y dirige dos revistas, siendo él mismo un gran poeta. No todo era poesía, pero sí resultaba muy poético.
La noche cerrada no me dejaba ver Zacatecas mientras comencé a ganar estabilidad física imaginándome la ciudad  por la ruta que ofrecen las titilantes luces lejanas. Por la mañana nos fuimos todos de nuevo a la explanada de la Alameda para una ofrenda floral al político Francisco García Salinas (1786-1841). Pude ver el amplio paseo, y las construcciones blancas en planta baja que me retrotrajeron a algunos pueblos españoles. El día era muy hermoso y tras la ofrenda pude escaparme un rato –muchas veces pienso que los encuentros de poetas son parecidos a los grupos de turistas agrupados en torno a monumentos o restaurantes-. Me esperaban quince mesas de lectura y un viaje a Jerez que relataré en la próxima entrega.

Concha García
(Publicado en Aladar, el Correo de Andalucía 13/1/2018)



lunes, 15 de enero de 2018

Estela Figueroa






A cinco meses de la inundación



A la mañana
maté una cucaracha.

Luego vi otra
veloz
por la pared.
¿Dónde estaban?

Por la tarde
vi muchas moscas
en el patio
¿Dónde estaban?

¿Y dónde estaba yo?

Por un momento me pareció
que todo
era como antes.

domingo, 7 de enero de 2018

Inger Chiristensen





Mientras escucho un cedé de sonidos de pájaros para  sobrellevar  el ruido de la  ciudad que llega tras la ventana, abro el poemario de Inger Christensen recordando su afable rostro sonriente en Barcelona,  hace ya unos cuantos años. Recuerdo su cuerpo menudo y su potente voz enunciando sus acompasados versos. Entonces ella  tenía  cincuenta y siete años. Nació en Vejle, Dinamarca en 1935, y murió en 2009 en Copenhague. Su obra es considerada cumbre de la poesía danesa. Ha sido candidata al premio Nobel. Traducida a más de treinta lenguas,  recibió  numerosos premios, entre ellos el Premio Nórdico de la Academia Sueca. La editorial Sexto Piso inaugura colección de poesía,  y lo hace editando Alfabeto, que todavía no había sido traducido al castellano.
Según Octavio Paz, la poesía moderna se mueve entre dos polos, que él llama lo mágico y lo revolucionario. Lo mágico consiste en un deseo de regresar a la naturaleza mediante la disolución de la conciencia de uno mismo, que nos separa de ella. Lo revolucionario exige “la conquista del mundo histórico y de la naturaleza. Ambos fundamentos convergen en la poesía de la poeta danesa.
Alfabeto es uno de los libros esenciales de la poesía europea del S. XX. Se trata de un largo poema inspirado en las reglas que rigen la naturaleza y las matemáticas (era profesora de matemáticas). “Las proporciones numéricas están en la naturaleza, como la forma en que un puerro se envuelve a sí mismo desde dentro”, dijo al publicar Alphabet en 1981. Se basó en dos principios de composición. El primero es la secuencia de Fibonacci. El primer poema de la serie tiene un verso, el segundo dos, el tercero tres, el cuarto, cinco, y así sucesivamente. El segundo es el alfabeto. Cada poema y las palabras que utiliza, sigue el orden de las letras: a, b, c, d, e. Sin embargo, bajo esa forma aparentemente estricta, hay lugar para el azar. La autora emprende un viaje paradisíaco, donde poeta y lenguaje se fundan en unión. La lógica,  en el poema no existe. Solo aquello que ocurre en la poliédrica dimensión de la realidad. Hay algo extraordinario/ en la manera en que las palomas/ viven mi vida/ como una evidencia”.
La cadencia con su fuerza enumeradora dotan a la obra de una estructura sistemática que abre la conciencia de quien lo lee por todos lados. El poema parece estar escrito desde la cocina de su casa, una casa rodeada de árboles en cuyo exterior los animales, las plantas, el movimiento de las nubes, en fin, todo lo que existe porque lo vemos deja una evanescente impresión de visibilidad de lo invisible. El paso del tiempo sin que nadie se aferre al su detención melancólica, se mueve con una asombrosa precisión en el nombrar constante de todo lo que existe. Sentimos el oído, la voz, el olfato, el tacto, miramos con la lectura pero el poema se va introduciendo como una música lejana que envuelve y acerca su melodía hasta inundarte. Para Christensen, el lenguaje es directa emanación de la naturaleza, y los primeros versos de Alfabeto parecen brotar de la misma: Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen. Es su ojo quien nombra y quien mira: los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras/ y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno. El hidrógeno que posibilita que la bomba de cobalto exista, y que exista el poder destructivo del odio, pero también existen los niños que aseguran la continuidad del alfabeto, del mundo: Como si alguien hubiese/ juntado el tiempo/ y lo hubiese empujado/ a través de la puerta de/ una habitación”. Sin la traducción excelente de Francisco J. Uriz, que ha hecho concondar el vocabulario danés con el castellano respetando los 386 versos que forman Alfabeto.
Otros poemarios suyos son: Lys (Luz) 1962, Graes (Hierba) 1963, Det (Esto), 1969 y la colección de sonetos Sommerjugledalen (El valle de las mariposas)

ALFABETO
Inger Christensen
Traducción de Francisco J. Uriz


Un paseo por mi alma

Pensantes que no se ven porque la rareza de verlos provocaría un estallido de animadversión.