viernes, 26 de enero de 2018

Zacatecas y la poesía




Zacatecas
Llegué a Ciudad de México a las 5 de la mañana del 4 de diciembre pasado,  y en el aeropuerto me dije:  ¿qué hago a estas horas? Tomé un taxi desde la propia terminal y le pedí que me llevara al hotel situado en Colonia Roma. No tenía ni idea de la distancia que había entre un lugar y otro. El taxi recorría calles muy mal alumbradas y entre aquella oscuridad urbana no podía adivinar si me gustaba o no la ciudad. En el hotel, el recepcionista,  con mucha calma me dijo que hasta las ocho no podía entrar en la habitación y le rogué disponer de ella antes. Miró parsimoniosamente varias fichas, luego un largo listado y me dijo:  ¿es usted una de las poetas invitadas, cierto? Sí, -le dije-  y tuvo consideración dándome una habitación en la primera planta desde donde solo se veía un patio con más habitaciones.  Me eché sobre la cama hasta que adiviné que había amanecido a las ocho de la mañana.  Colonia Roma es uno de los barrios más dañados por los terremotos que asolan la ciudad. También es un barrio moderno, lleno de cafés y librerías. La avenida Álvaro Obregón lo divide en dos. Está lleno de casas catalogadas, en ruinas algunas. Aquí se encuentra la casa donde vivió el poeta Ramón López Velarde durante los tres últimos años de su vida. Ahora es la Casa del Poeta. Como todo tenía que verlo a golpe de instante apenas pude recrearme en cada uno de los edificios o cafés vistos a vuela pluma con el poeta panameño Javier Alvarado y la directora de la Casa, también poeta. Nada más lejos que la imagen de una directora es la que tiene Carmen Maza, que se fue a vivir a México desde su Gijón natal. Se me iban cayendo los estereotipos a medida que pasaban las horas y era tanto el estímulo que recibía que comencé a ser otra. Recordé el relato Borges y yo: “Yo camino por Buenos aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas…”, y así hasta que nos fuimos encontrando en la Casa del Poeta un número considerable de quienes nos íbamos a reunir al día siguiente en Zacatecas. Que nadie piense que un poeta es igual a todos. Ninguna palabra puede generalizar a nadie ni nada.
Cuando me bajé del autobús después de casi nueve horas de viaje desde México DF, tenía una sensación moviente en mi cuerpo y pensé:  ¿y si no vuelvo a recuperar la estabilidad? Llegamos a un hotel muy lujoso a las afueras de Zacatecas. La ciudad,  situada a 2.400 metros sobre el nivel del mar, en la época colonial española fue uno de los mayores centros de extracción de plata;  queda la huella en sus edificios coloniales. Me abstengo de comentarios acerca de la ambición europea que ha recorrido todos los siglos. En el último tramo del viaje podía divisar algunas torres y cúpulas. Las construcciones se adaptan a su accidentado relieve,  y como siempre que llego a una ciudad desconocida,  me dieron ganas de recorrerla entera. Había dos grandes inconvenientes. La peligrosidad de la misma a aquellas horas -no es un mito la pobreza de México-, tampoco lo era la extrema belleza que guardaba la ciudad  y mi imposibilidad de desviarme del grupo de poetas.

Nos bajamos todos los poetas y nos agolpamos en la recepción, hacia tanto frío que no apetecía dar una vuelta para descubrir el entorno. Mi habitación era una suite, mucho más grande que el apartamento donde he vivido varios años. Desde la ventana, al fondo, vi pasar un tren de mercancías y me detuve a contemplarlo antes de abrir la maleta. En unos minutos pasaron de nuevo a recogernos para llevarnos al centro de la ciudad, a la casa del poeta Abel García Guizar. Era una casa muy decorada al estilo mexicano, decenas de figuras de barro e ilustraciones riéndose de la muerte.  Al fondo, junto a la cocina,  una escalera de caracol conducía a su salón privado llamado Pulgatorio, escrito con una cuidada caligrafía. Cuando miré hacia arriba estaba tan mareada que no tenía cuerpo para ascender,  por lo que me ofrecieron una plataforma, donde me acomodé acompañada por el atento fotógrafo Pascual Borzelli . La sala estaba llena y Leticia Luna leyó sus poemas. Su voz me acogió. 
Contemplaba la preparación de una bebida que nos ofrecerían al final. La bebida era dulce. Bajamos poco a poco con Humberto Avilés, Antonio Rodríguez Jiménez,  Carmen Nozal, Mohamed Ahmed Bennis, Federico Bonasso, Guadalupe Ángeles, Minerva Margarita Villarreal, Ulises Córdova, Margarita Laso… entre muchos más,  y el poeta zacatecano José Jesús Sampedro, que organiza el festival de poesía “Ramón López Velarde”  desde el año 1988 y dirige dos revistas, siendo él mismo un gran poeta. No todo era poesía, pero sí resultaba muy poético.
La noche cerrada no me dejaba ver Zacatecas mientras comencé a ganar estabilidad física imaginándome la ciudad  por la ruta que ofrecen las titilantes luces lejanas. Por la mañana nos fuimos todos de nuevo a la explanada de la Alameda para una ofrenda floral al político Francisco García Salinas (1786-1841). Pude ver el amplio paseo, y las construcciones blancas en planta baja que me retrotrajeron a algunos pueblos españoles. El día era muy hermoso y tras la ofrenda pude escaparme un rato –muchas veces pienso que los encuentros de poetas son parecidos a los grupos de turistas agrupados en torno a monumentos o restaurantes-. Me esperaban quince mesas de lectura y un viaje a Jerez que relataré en la próxima entrega.

Concha García
(Publicado en Aladar, el Correo de Andalucía 13/1/2018)



lunes, 15 de enero de 2018

Estela Figueroa






A cinco meses de la inundación



A la mañana
maté una cucaracha.

Luego vi otra
veloz
por la pared.
¿Dónde estaban?

Por la tarde
vi muchas moscas
en el patio
¿Dónde estaban?

¿Y dónde estaba yo?

Por un momento me pareció
que todo
era como antes.

domingo, 7 de enero de 2018

Inger Chiristensen





Mientras escucho un cedé de sonidos de pájaros para  sobrellevar  el ruido de la  ciudad que llega tras la ventana, abro el poemario de Inger Christensen recordando su afable rostro sonriente en Barcelona,  hace ya unos cuantos años. Recuerdo su cuerpo menudo y su potente voz enunciando sus acompasados versos. Entonces ella  tenía  cincuenta y siete años. Nació en Vejle, Dinamarca en 1935, y murió en 2009 en Copenhague. Su obra es considerada cumbre de la poesía danesa. Ha sido candidata al premio Nobel. Traducida a más de treinta lenguas,  recibió  numerosos premios, entre ellos el Premio Nórdico de la Academia Sueca. La editorial Sexto Piso inaugura colección de poesía,  y lo hace editando Alfabeto, que todavía no había sido traducido al castellano.
Según Octavio Paz, la poesía moderna se mueve entre dos polos, que él llama lo mágico y lo revolucionario. Lo mágico consiste en un deseo de regresar a la naturaleza mediante la disolución de la conciencia de uno mismo, que nos separa de ella. Lo revolucionario exige “la conquista del mundo histórico y de la naturaleza. Ambos fundamentos convergen en la poesía de la poeta danesa.
Alfabeto es uno de los libros esenciales de la poesía europea del S. XX. Se trata de un largo poema inspirado en las reglas que rigen la naturaleza y las matemáticas (era profesora de matemáticas). “Las proporciones numéricas están en la naturaleza, como la forma en que un puerro se envuelve a sí mismo desde dentro”, dijo al publicar Alphabet en 1981. Se basó en dos principios de composición. El primero es la secuencia de Fibonacci. El primer poema de la serie tiene un verso, el segundo dos, el tercero tres, el cuarto, cinco, y así sucesivamente. El segundo es el alfabeto. Cada poema y las palabras que utiliza, sigue el orden de las letras: a, b, c, d, e. Sin embargo, bajo esa forma aparentemente estricta, hay lugar para el azar. La autora emprende un viaje paradisíaco, donde poeta y lenguaje se fundan en unión. La lógica,  en el poema no existe. Solo aquello que ocurre en la poliédrica dimensión de la realidad. Hay algo extraordinario/ en la manera en que las palomas/ viven mi vida/ como una evidencia”.
La cadencia con su fuerza enumeradora dotan a la obra de una estructura sistemática que abre la conciencia de quien lo lee por todos lados. El poema parece estar escrito desde la cocina de su casa, una casa rodeada de árboles en cuyo exterior los animales, las plantas, el movimiento de las nubes, en fin, todo lo que existe porque lo vemos deja una evanescente impresión de visibilidad de lo invisible. El paso del tiempo sin que nadie se aferre al su detención melancólica, se mueve con una asombrosa precisión en el nombrar constante de todo lo que existe. Sentimos el oído, la voz, el olfato, el tacto, miramos con la lectura pero el poema se va introduciendo como una música lejana que envuelve y acerca su melodía hasta inundarte. Para Christensen, el lenguaje es directa emanación de la naturaleza, y los primeros versos de Alfabeto parecen brotar de la misma: Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen. Es su ojo quien nombra y quien mira: los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras/ y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno. El hidrógeno que posibilita que la bomba de cobalto exista, y que exista el poder destructivo del odio, pero también existen los niños que aseguran la continuidad del alfabeto, del mundo: Como si alguien hubiese/ juntado el tiempo/ y lo hubiese empujado/ a través de la puerta de/ una habitación”. Sin la traducción excelente de Francisco J. Uriz, que ha hecho concondar el vocabulario danés con el castellano respetando los 386 versos que forman Alfabeto.
Otros poemarios suyos son: Lys (Luz) 1962, Graes (Hierba) 1963, Det (Esto), 1969 y la colección de sonetos Sommerjugledalen (El valle de las mariposas)

ALFABETO
Inger Christensen
Traducción de Francisco J. Uriz


VENECIA MIRADA DESDE LA ACERA

VENECIA MIRADA DESDE LA ACERA Me permito continuar escribiendo de Venecia, ciudad sobre la que tantos escritores, y pocas ...