sábado, 31 de marzo de 2018

Taller de la poeta Gema Albornoz






Acerca del yo en el poema


Miles de veces al día quiero llegar a mi centro, a mi inicio. Ahí es donde creo que está mi YO. Como Descartes, busco mis inicios en ese YO moldeado por el tiempo, por las vivencias, percepciones y por la propia personalidad.
Cuando escribo desde ese YO puedo incluir todos los elementos que están dentro de él, desde mis gustos, mi perspectiva de lo que me rodea, mi fantasía e imaginaciones o deducciones lógicas o ilógicas. Porque ese YO divaga, en muchas ocasiones, de un punto a otro sin lógica aparente. En esas ocasiones, los enlaces que hace mi mente entre uno y otro son únicos, dentro de ese tiempo, ese espacio y esa persona que soy en ese tiempo y espacio.
De alguna forma, identifico ese YO con la conciencia de mí misma. Tiene el poder, incluso, de variar las realidades que vivimos, percibiéndolas de otra forma.
Cuando me adentro para conversar con mi YO, reflexiono desde lo más profundo de mí; esa persona con experiencias, vivencias y conceptos aprehendidos piensa, habla y desarrolla un nuevo estado, pensamiento, realidad. Porque realmente pienso que las experiencias nos modelan. Nadie ha pasado, sufrido, disfrutado, las mismas vivencias que nosotros. En unos momentos somos UNOS y tras esas situaciones somos OTROS. El tiempo cumple un factor primordial, ya que nos enseña cuáles serán las relaciones, emociones y sentimientos duraderos y los que son pasajeros. Es por eso que aceptamos los YOES de los demás, acercándolos a nosotros, queriendo ser como ellos en algún aspecto, forma, detalle. Pero nada permanente.
Del ensayo de Diana Bellessi que estoy leyendo he extraído una cita que dice: «el habla sería el artista y el poema el artesano, y a la voz podríamos llamarla Dios, o mejor, todo lo que existe». Me hace pensar de la búsqueda de esas conversaciones diarias en las que me encuentro con mi YO, mi Dios interno de todo lo que existe y veo y siento y me adolece.
Miles de veces al día quiero llegar a mi centro, escudriñarme, escarbarme, descubrirme, hablarme desde ese minuto en que sitúo como punto de partida.

viernes, 23 de marzo de 2018

Venecia











La llegada a una ciudad donde solo has estado en secuencias imaginadas, nunca nos devuelve la imagen que teníamos de ella. La mente hace trampas, por mucho que hayas visto fotografías, leído reportajes y libros, y de rechazarla tantas veces como amarla, solo con el cuerpo puedes disfrutarla.  Rechacé Venecia muchas veces. La rechacé por demasiado hermosa, porque todos hablaban muy bien de ella, porque la suponía inundada de masas y ella misma una masa de islas sobre una laguna llena de puentes y palacios bordeado de gente. Pero nuestra llegada a Venecia fue en un día de lluvia. Empezaba el carnaval, hace apenas un  mes.
Cerca del aeropuerto esperamos el vaporetti, largas colas de gente esperando diferentes líneas, el frío hacía desear que llegara lo antes posible. El vaporetti a lo lejos, emergía del agua ofreciendo un aspecto fantasmagórico. La cristalera de la nave estaba demasiado alta sobre los asientos y sólo se podían ver  las gotas de lluvia chocar contra ellas, la ciudad se escondía a medida que avanzábamos hasta que llegamos a la Madonna dell’Orto apenas seis personas descendimos atravesando un pequeño muelle flotante. Todo era para ser mirado, ni una ventana, ni una esquina del barrio Canareggio,  podía ser desdeñado. Al encontrarnos con el primer puente, sentí la extrañeza que emanan los lugares donde el tiempo no ha pasado tan deprisa devorándolo casi todo. Somos tiempo y vida.  El silencio –ni un motor, solo el de algunas barcazas- ni una bicicleta, ni objeto con ruedas para transporte se permitía en aquella magica isla superficie construida sobre una laguna hace siglos. La plaza de Nuestra señora del orto vacía, caminamos por la fondamenta Contarini, hasta una ostería también vacía, silencio absoluto, ni siquiera había turistas. Después de comer atravesamos otro pequeño puente y caminamos por la Fondamenta del Ormesini. Las puertas, las casas, las ventanas, todo parece doble reflejadas en el agua. Goethe ya dijo hace dos siglos que Venecia solo era comparable a sí misma. No encuentro analogías, solo fragmentos de lo que miro que regresan de nuevo a mi memoria sin orden alguno. Ya no queda más remedio que callejear, atravesar algunos de los puentes de esta ciudad que me recuerda el principio de alguna película de Antonioni, la niebla levantándose, la ropa oreándose en tendederos que abarcan toda la calle, tan parecidos a los de Nápoles y otras ciudades italianas. La falta de espacio se nota, pero qué importa,  no soy yo quien tiene que tender esas sábanas y arrastrarlas por un canalillo hasta completar la cuerda, aunque me gustaría serlo. Me permito soñar,  habitar donde no estoy, imaginando que soy otra, es la manera de no juzgar nada. Recuerdo una pintura de Monet, el Palacio de la Mula, el agua y el palacio se funden en una impresión, el edificio hundiéndose entero en las aguas azuladas. Las ventanas góticas y las puertas que dan al agua no prfecen reales, solo puedes salir si tienes una pequeña embarcación. La ficción no iguala la realidad. Los viajes, en la era del capitalismo, están concebidos para marcar un territorio de productos consumibles, nada más extranjero que los turistas. No quiero culparme, formo parte de ellos. Los pilotes de madera (briccolas)  que salen del agua parecen dedos erguidos que señalan los canales de navegación. No pienso en poetas sino en pintores, en herreros, en yeseros, en máscaras, muchas máscaras son las que hay en todas partes, la mayoría de fabricación china, pero cuando te encuentras con máscaras configurando la figura humana entonces el traslado es aún más potente. No pensar en lo que cada día piensas es una manera de ejercer la potencia del pensamiento, puede que si solo te recreas en la belleza acabes interrogándote cuánto costó que aquél palacio terminara construyéndose, la vida se agita y se muere, nace de buevo y vuelve a desaparecer, Venecia convoca la continuidad de la vida, no hace falta que estemos presentes, solo para disfrutar, por ejemplo, de un sabroso trago de Spritz,  en una cafetería, bajo el puente de Rialto, dos hombres entran, padre e hijo, tienen el mismo perfil de rostro, recuerda tanto algunas pinturas , parecen judíos, piden dos spritz y un pastel de chocolate con nata, sus rostros podrían ser los mismos de dos hombres hace trescientos años, nos reencontramos los mismos rostros ¿a qué me recuerda? Sí, ya sé que es narcisista buscarte en las ciudades donde no has estado, pero es que en Venecia ya estuve. Continuaremos el viaje.




(Publicado en Aladar. El Correo de Andalucía. 17 abril 2018
Fotografías de C. García - derechos reservados






miércoles, 14 de marzo de 2018

Taller de la poeta con Cecilia Silveira







Reflexión acerca del Yo en el poema

Cuando me hago la pregunta sobre el yo en el poema, la sola idea de pensarlo me produce
una sensación de simetría, o quizás de lateralidad. Me veo al lado del yo, y al mismo tiempo
me siento como la parte complementaria de ese yo, como si esa otra parte fuera muda, y el
mí tuviera la voz. Pero al tener la voz, lo que dice ese yo pasa por mi garganta, y eso la
convierte en mi voz, quizá en un altavoz de lo que dice ese yo.
Muchas veces ese yo nos dicta lo que hay que decir, pero nosotros tenemos un filtro, y no
queremos o no podemos decir o nombrar algunas cosas, y digo nosotros, porque ni el yo en
el poema es uno solo, ni cuando le damos voz somos en singular, es un juego de espejos
múltiples, y al final una de las facetas toma protagonismo, y dirige el poema.
Cuando se logra que el protagonismo tenga un tono común en un conjunto de poemas, se
consigue contar una historia, con su idea original, su desarrollo, y su cierre, aunque no sea
en una cronología lineal, sino en varios niveles, y con desarrollo tangencial.
En el momento de escribir, esto no se tiene en cuenta, yo no lo hago mientras escribo,
necesito que me llegue el mensaje del yo, y poder exponerlo dejándolo pasar por mi cuerpo.
Ahí se incorpora el tema del cuerpo, que se relaciona con el verbo ser, y el yo en poesía
con el verbo estar. Somos cuerpo, y estamos en él a través del yo . En inglés el ser y estar
se confunden en el “ to be”, y siempre me llamó la atención cómo se perdía esa dualidad. La
poesía conecta esos dos estados del verbo, quizás esto ocurre en todos los verbos. Eso es
lo que estoy investigando, sobre lo que escribo ahora.
Creo que los verbos son el entorno natural para el yo, y que por medio de las conjugaciones
y las personas se crean las facetas múltiples que se van a reflejar en el poema.

domingo, 11 de marzo de 2018

del diario (López Velarde)



Esta es la mesa preparada para comer, era de la familia del poeta mexicano Ramón López Velarde. La mesa está detenida hace muchos años, así como los platos y cubiertos, las flores,  cambiadas de tanto en tanto, son los únicos elementos vivos que darían cuenta del paso del tiempo si no se cambiasen,  y convertirían esta mesa en un bloque de muerte,  aún sintiendo la vida. Los objetos nos anteceden y nos preceden. No sé qué sentido tiene la vida.Los libros dejan huella de una escritura que no siempre satisface la voracidad de este agujero que,  mirando la mesa en Jerez, cerca de Zacatecas, me conmovió hasta hacerme llorar, pero lloraba porque no encontraba al poeta, ni me encontraba a mi. Todo era pura escena.

sábado, 3 de marzo de 2018

Rae Armantrout (poema)




Espónsor

Condujimos hasta el cenagal y caminamos un rato
por el sendero irregular.

Aquí crecen plantas
que no se ven en ninguna otra parte,
dijiste.

¿Salicornia? ¿Lentejas de agua?

Pipetas con ramificaciones.

*

Entre veinte colinas pardas
lo único que se movia
era el camión de la Coca Cola.

(Trad. Natalia Carbajosa)

Un paseo por mi alma

Pensantes que no se ven porque la rareza de verlos provocaría un estallido de animadversión.