viernes, 23 de marzo de 2018

Venecia











La llegada a una ciudad donde solo has estado en secuencias imaginadas, nunca nos devuelve la imagen que teníamos de ella. La mente hace trampas, por mucho que hayas visto fotografías, leído reportajes y libros, y de rechazarla tantas veces como amarla, solo con el cuerpo puedes disfrutarla.  Rechacé Venecia muchas veces. La rechacé por demasiado hermosa, porque todos hablaban muy bien de ella, porque la suponía inundada de masas y ella misma una masa de islas sobre una laguna llena de puentes y palacios bordeado de gente. Pero nuestra llegada a Venecia fue en un día de lluvia. Empezaba el carnaval, hace apenas un  mes.
Cerca del aeropuerto esperamos el vaporetti, largas colas de gente esperando diferentes líneas, el frío hacía desear que llegara lo antes posible. El vaporetti a lo lejos, emergía del agua ofreciendo un aspecto fantasmagórico. La cristalera de la nave estaba demasiado alta sobre los asientos y sólo se podían ver  las gotas de lluvia chocar contra ellas, la ciudad se escondía a medida que avanzábamos hasta que llegamos a la Madonna dell’Orto apenas seis personas descendimos atravesando un pequeño muelle flotante. Todo era para ser mirado, ni una ventana, ni una esquina del barrio Canareggio,  podía ser desdeñado. Al encontrarnos con el primer puente, sentí la extrañeza que emanan los lugares donde el tiempo no ha pasado tan deprisa devorándolo casi todo. Somos tiempo y vida.  El silencio –ni un motor, solo el de algunas barcazas- ni una bicicleta, ni objeto con ruedas para transporte se permitía en aquella magica isla superficie construida sobre una laguna hace siglos. La plaza de Nuestra señora del orto vacía, caminamos por la fondamenta Contarini, hasta una ostería también vacía, silencio absoluto, ni siquiera había turistas. Después de comer atravesamos otro pequeño puente y caminamos por la Fondamenta del Ormesini. Las puertas, las casas, las ventanas, todo parece doble reflejadas en el agua. Goethe ya dijo hace dos siglos que Venecia solo era comparable a sí misma. No encuentro analogías, solo fragmentos de lo que miro que regresan de nuevo a mi memoria sin orden alguno. Ya no queda más remedio que callejear, atravesar algunos de los puentes de esta ciudad que me recuerda el principio de alguna película de Antonioni, la niebla levantándose, la ropa oreándose en tendederos que abarcan toda la calle, tan parecidos a los de Nápoles y otras ciudades italianas. La falta de espacio se nota, pero qué importa,  no soy yo quien tiene que tender esas sábanas y arrastrarlas por un canalillo hasta completar la cuerda, aunque me gustaría serlo. Me permito soñar,  habitar donde no estoy, imaginando que soy otra, es la manera de no juzgar nada. Recuerdo una pintura de Monet, el Palacio de la Mula, el agua y el palacio se funden en una impresión, el edificio hundiéndose entero en las aguas azuladas. Las ventanas góticas y las puertas que dan al agua no prfecen reales, solo puedes salir si tienes una pequeña embarcación. La ficción no iguala la realidad. Los viajes, en la era del capitalismo, están concebidos para marcar un territorio de productos consumibles, nada más extranjero que los turistas. No quiero culparme, formo parte de ellos. Los pilotes de madera (briccolas)  que salen del agua parecen dedos erguidos que señalan los canales de navegación. No pienso en poetas sino en pintores, en herreros, en yeseros, en máscaras, muchas máscaras son las que hay en todas partes, la mayoría de fabricación china, pero cuando te encuentras con máscaras configurando la figura humana entonces el traslado es aún más potente. No pensar en lo que cada día piensas es una manera de ejercer la potencia del pensamiento, puede que si solo te recreas en la belleza acabes interrogándote cuánto costó que aquél palacio terminara construyéndose, la vida se agita y se muere, nace de buevo y vuelve a desaparecer, Venecia convoca la continuidad de la vida, no hace falta que estemos presentes, solo para disfrutar, por ejemplo, de un sabroso trago de Spritz,  en una cafetería, bajo el puente de Rialto, dos hombres entran, padre e hijo, tienen el mismo perfil de rostro, recuerda tanto algunas pinturas , parecen judíos, piden dos spritz y un pastel de chocolate con nata, sus rostros podrían ser los mismos de dos hombres hace trescientos años, nos reencontramos los mismos rostros ¿a qué me recuerda? Sí, ya sé que es narcisista buscarte en las ciudades donde no has estado, pero es que en Venecia ya estuve. Continuaremos el viaje.




(Publicado en Aladar. El Correo de Andalucía. 17 abril 2018
Fotografías de C. García - derechos reservados






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