viernes, 13 de abril de 2018

VENECIA MIRADA DESDE LA ACERA







VENECIA MIRADA DESDE LA ACERA

Me permito continuar escribiendo de Venecia, ciudad sobre la que tantos escritores, y pocas escritoras,  también han hablado. Me sumo con la intención de que en algún momento os pueda ofrecer un libro, la tentación es poderosa. El nombre de Venecia me lleva a la metáfora de un baúl imaginario. Cada vez que lo abro aparecen inusitados objetos. No puedo imaginarme un ordenador, donde caben muchísimas más cosas, sin embargo aparece precintado para el tacto.
Venecia está formada por cien islas agrupadas y rodeadas de centenares de otras. Los antiguos habitantes de la laguna se apoderaron de los puntos más altos y de esa obra de ingeniería el resultado dio una visión absolutamente diferente a lo que solemos mirar cuando vives en una gran ciudad con su monótonos semáforos a la espera de que cambien para cruzar la calle y los ruidos constantes. El Gran Canal tiene forma de interrogante a vista de mapa. Cuenta Goethe que Tiziano y Veronés plasmaban magistralmente la claridad de la ciudad porque era todo luz. No hay más que mirar sus pinturas.

Me detengo en los pequeños detalles mientras paseo hacia el Guetto, no puedo dejar de observar las figuras incrustadas en la piedra con cabezas leonadas humanizadas, cuando avanzas o retrocedes siempre hay algo que mirar, un dintel ladeado de madera, una fotografía del lugar cincuenta años antes, el brocado de un pozo de mármol, hay decenas de ellos. Veo una cabeza de piedra diminuta incrustada en la pared, un pomo en forma de león, unas bisagras centenarias. No es minimalista, se trata de fragmentos, de incrustaciones, de señales que en el camino encuentras tratando de no detenerte ante atractivos escaparates con bellos objetos fabricados en cristal de Murano. A nuestra vista también los menús de restaurantes y los tenderetes con máscaras, metáforas del goce del instante, en las claves ideológicas del pensamiento, tras las cuales se oculta el hombre con el fin de no asomarse a las profundidades de su ser. El agua quieta de algunos canales refleja las puertas y ventanas de las casas, las más altas de la ciudad que se encuentran en el Guetto de Venecia. El Guetto era una isla en el distrito de Canareggio a la que se accedía por dos puentes en el s. XV, cuando  judíos de distintos lugares de Europa fueron a refugiarse. Todavía se puede ver en el callejón que da acceso las letras pintadas: Calle Guetto novíssimo. Me atrae el aire de estrechez de  sus callejones. Es sábado, estamos buscando un restaurante para tomar pizza pero en este barrio las familias están reunidas y algunos hombres tienen en la cabeza la kipá, casi de uso exclusivo para varones, la cabeza se cubre y recuerda que no somos tan grandes como el ego. No nos atrevemos a entrar y miramos tras la cristalera. Vemos una celebración donde la gente baila,  ríe, es una escuela de rabinos. Atravesamos la plaza Campo di gueto nuovo sin dejar de pensar en el memorial que acabamos de ver en las paredes de la Casa di Reposo, se trata de un homenaje a los deportados a los campos de concentración. La plaza alberga el museo hebraico. Queremos captar el instante con las fotos, pero no se puede. Me gustaría hablar de la belleza y no puedo, no tengo palabras. ¿Cómo describir lo que se percibe en un instante? Solo la poesía puede acercarse. ¿Qué poema? Y pienso en Ezra Pound. Vivió en un callejón junto a su compañera, la violinista Olga Rudge, que sacrificó su carrera musical para irse con él. Con ella también pasó los últimos años de su vida. Los panfletos antisemitas en plena segunda guerra mundial transmitidas por la emisora fascista Radio Roma hizo que fuese repudiado. Pound culpó a la usura del cáncer del siglo y a los banqueros judíos de Europa y Norteamérica de ser los responsables de ese cáncer. Tiempo después lo procesaron por traición a la patria. Seguiremos.

Concha García
Publicado en Aladar (Correo de Andalucía) 7/4/2018

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